La llave maestra de la profecía

La llave maestra de la PROFECÍA

por

Herbert W. Armstrong

Los pasajes bíblicos citados en este libro fueron tomados de la versión Reina-Valera, revisión de 1977.

Las mentes más brillantes del mundo ignoran totalmente el cataclismo sin precedentes que se cierne sobre la humanidad. ¿Por qué no han entendido ni creído las claras advertencias de la profecía? Porque la llave maestra que abre la puerta del panorama profético, haciéndolo comprensible para noso­tros, ha estado perdida. Ahora esa llave ¡ha sido hallada! La presentamos en este libro, para aquellos que estén dispuestos a ver sin prejuicios.

Contenido

Introducción

Capítulo I

LA LLAVE MAESTRA HA SIDO HALLADA

Capítulo II

PROFECIAS SELLADAS HASTA AHORA

Capítulo III

¿POR QUE LOS JUDÍOS NUNCA HEREDARON LA GRANDEZA NACIONAL PROMETIDA A ISRAEL?

Capítulo IV

LA IMPORTANTE DISTINCIÓN ENTRE LA PRIMOGENITURA Y EL CETRO

Capítulo V

EL PACTO DAVÍDICO

Capítulo VI

LOS HIJOS DE ISRAEL FORMAN DOS NACIONES

Capítulo VII

LA MISTERIOSA COMISIÓN DE JEREMÍAS

Capítulo VIII

LA “ROTURA” MISTERIOSA

Capítulo IX

LA NUEVA TIERRA DE ISRAEL

Capítulo X

LA PRIMOGENITURA FUE RETENIDA DURANTE 2520 AÑOS

Capítulo XI

¿POR QUE ISRAEL PERDIO SU IDENTIDAD?

Capítulo XII

LA PROMESA DE LA PRIMOGENITURA EN SU CENIT

Capítulo XIII

LAS PROFECIAS PARA EL FUTURO INMEDIATO

Capítulo XIV

LO QUE ESTÁ PROFETIZADO PARA GRAN BRETAÑA, ESTADOS UNIDOS Y EL MUNDO ENTERO

INTRODUCCIÓN

Un trastorno dramático está a punto de efectuarse en el Oriente Medio y también, necesariamente, en las

demás naciones de la tierra. ¡Ya es bastante tarde para que el mundo despierte de su letargo y se dé cuenta del significado real de los acontecimientos que a diario suceden en el mundo! ¿Por qué los dirigentes mundiales no ven lo que se avecina? ¿Por qué las mentes más brillantes del mundo están obnubiladas? ¿Por qué los jefes de estado, los científicos, los educadores, los escritores, analistas de las noticias, banqueros, industriales, dirigentes del mundo de los negocios y el comercio, ignoran totalmente lo que está por suceder?

Porque han sido víctimas de una educación falsa. Engañados, han cerrado sus mentes para que no disciernan las verdaderas causas que actúan para producir los acontecimien­tos y las tendencias del mundo. La humanidad ha recibido una educación falsa que le lleva a atacar los efectos sin buscar las causas. Todos los problemas y los males del mundo obedecen a la ley de causa y efecto. Hay una causa que ha producido los conflictos y la guerra; la pobreza, la miseria y la desigualdad; el crimen, la enfermedad y las aberraciones mentales. ¡Pero los dirigentes no lo saben!

Trastorno mundial

Los líderes mundiales son la élite educada, pero no fueron educados en las verdades básicas, en el fundamento del saber. Lo más necesario e importante, ¡sencillamente no se

enseña! Ellos no saben lo que es el hombre ni cuál es el propósito de su existencia. No conocen el propósito ni el significado de la vida. No aprendieron a distinguir entre los valores verdaderos y los falsos. Nunca se enteraron de las causas: el camino de la paz, la felicidad, la abundancia universal; y por otra parte, el camino de la guerra, la infelicidad, la desigualdad y el caos mundial.

Desconocen por completo el gran propósito que se está desarrollando aquí en la Tierra. Por consiguiente, guían a la humanidad por un camino errado, contrario a ese propósito, y al hacerlo están causando destrozos a una humanidad desorientada, infeliz y sin esperanza. El mundo no tiene paz porque no conoce el camino de la paz. Los dirigentes hablan de paz, la proclaman y dicen esforzarse por conseguirla. A voz en cuello piden la paz… y al mismo tiempo ¡aprueban y aceptan ciegamente el camino que les conduce a la guerra!

El mundo sencillamente ha estado andando por el camino errado. Nuestras sociedades adoptan, aceptan y dan el visto bueno a los caminos que están causando todos sus males.

Ahora nos acercamos rápidamente a la grande y estruendosa explosión final, la cual va a sacudir a los hombres más allá de los límites de la locura. Hay fuerzas que están desarrollando planes, programas, conspiraciones y movimien­tos que pronto culminarán en una explosión mundial de violencia y caos tal como jamás hubo antes ni volverá a haber después. Los seres humanos están jugando con fuerzas de la naturaleza que no podrán controlar porque ellos mismos carecen de la prudencia, el conocimiento, la capacidad y la sabiduría para hacerlo.

En la insensatez de la ignorancia educada, se ha puesto de moda negar la gran causa básica de todas las cosas. Produce satisfacción intelectual hacer de lado el propósito que se está llevando a cabo en la Tierra, así como el plan maestro para su desarrollo, y menospreciar al Poder Supremo invisible que, sin embargo, pronto va a intervenir para alterar drásticamente el curso de la historia … como la única forma de impedir que la humanidad se borre a sí misma de sobre la faz del planeta.

Para los que están muy influenciados por las super­cherías de la educación moderna, resulta imposible creer que hace 2500 años el Poder Supremo del universo haya dicho (por medio del profeta Isaías): “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mis planes permanecerán, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:9-10). Las grandes potencias mundiales formulan sus políticas y diseñan sus planes, pero a la vuelta de la esquina viene una serie de acontecimientos que ocurrirán de manera muy distinta a lo que han planeado esas naciones. ¿Por qué?

Nunca falla

Existe un gran Dios, quien dice: “El Eterno frustra el plan de las naciones, y anula las maquinaciones de los pueblos. Pero el consejo del Eterno permanecerá para siempre; los designios de su corazón por todas las generaciones … Desde lo alto de los cielos mira el Eterno; ve a todos los hijos de los hombres; desde el lugar de su morada observa a todos los moradores de la tierra. El modeló el corazón de cada uno, y conoce a fondo todas sus acciones” (Salmos 33:10-15).

El mismo Dios Eterno dijo: “¿A quién, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad: ¿quién creó estas cosas?” Y también: “He aquí que las naciones le son como la gota de agua de un cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estima­das … Como nada son todas las naciones delante de él” (Isaías 40:25-26, 15, 17).

Mediante sus inspirados profetas, Dios hizo escribir hace unos 2500 años y conservar por escrito hasta nuestros días, profecías que llenan aproximadamente un tercio de la Biblia. En ellas nombró todas las ciudades importantes de aquella época y también todas las naciones. Predijo exactamente lo que ocurriría a cada ciudad y a cada nación a lo largo de los años. En todos los casos, ¡esas profecías se cumplieron!

Lo profetizado efectivamente aconteció a Babilonia, Tiro, Sidón, Ascalón, Asdod, Egipto, Asiría, Caldea, Persia, Grecia y Roma. ¡Nunca ha fallado! Esas profecías fueron precisas.

Asimismo, en otras profecías, el mismo Dios Supremo ha predicho exactamente lo que ocurrirá a los Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, las naciones de Europa Occidental, del Medio Oriente y otras.

Las mentes más brillantes lo Ignoran

Sin embargo, las mentes más brillantes del mundo ignoran totalmente el cataclismo sin precedentes que se cierne sobre el globo. ¿Por qué no han entendido ni creído estas profecías? Porque la llave maestra que abre la puerta del panorama profético, haciéndolo comprensible para nosotros, ha estado perdida. Esa llave es la identidad de los pueblos de los Estados Unidos e Inglaterra dentro de la profecía.

Ahora ¡esa llave ha sido hallada! La presentamos en este libro, para aquellos que estén dispuestos a ver sin prejui­cios.

Los hechos profetizados para los pueblos de Norte­américa e Inglaterra en los próximos años, ¡ocurrirán con absoluta seguridad!

Dios dice: “No hará nada el Señor Eterno, sin que revele su designio a sus siervos los profetas” (Amos 3:7). Estos acontecimientos colosales, que dejarán completamente en la sombra a las dos guerras mundiales, sucederán … pero sólo después de que se haya publicado la advertencia para aquellos ojos que estén dispuestos a ver.

Capítulo I

LA LLAVE MAESTRA HA SIDO HALLADA

Aunque suene como algo inconcebible, es la verdad: Los directores de la prensa, los periodistas y los corresponsales internacionales ignoran el verdadero significado de las noticias que escriben, analizan y evalúan. Los jefes de gobierno no tienen la menor idea de lo que significan los acontecimientos internacionales en que ellos mismos partici­pan. No tienen la más remota idea del desenlace final que tendrán tales acontecimientos. ¿Increíble? Tal vez. ¡Pero cierto!

Ante el congreso de los Estados Unidos, el gran estadista británico Sir Winston Churchill declaró: “Ciertamente, muy ciega debe tener el alma aquel que no vea que aquí en la Tierra se está desarrollando un gran propósito y designio, del cual nosotros tenemos el honor de ser los fieles servidores”. Pero ni él mismo comprendía ese propósito. Es un propósito que fue diseñado hace muchísimo tiempo por la Mente Maestra del universo.

Hay un propósito

Esta es una verdad, aunque casi nadie la reconozca: El ser humano fue colocado en la Tierra para un propósito, y el Hacedor del hombre envió con él un “libro de instrucciones” que revela ese propósito y orienta al hombre para que lo cumpla. Pero el hombre ha rechazado la revelación y la guía divinas, y ha preferido seguir tropezando en la oscuridad de sus propios e inútiles razonamientos.

Aproximadamente la tercera parte de este libro de instrucciones está dedicada a la enseñanza básica, es decir, revela al hombre los fundamentos del conocimiento que le son necesarios y que de otra manera no podría saber: conoci­miento de lo que es el hombre, por qué existe, a dónde lo puede llevar su destino, cómo alcanzarlo y cómo vivir felizmente mientras tanto. Revela el conocimiento de los valores verdaderos en contraposición con los falsos. Revela el camino de la paz, la felicidad, el bienestar y la abundancia. En otras palabras, revela el conocimiento más necesario de todos, aquel que forma la base sobre la cual se pueden estructurar los demás conocimientos que el hombre sí descubre por sí mismo.

Otra tercera parte, aproximadamente, está dedicada a la historia: los hechos y las experiencias en el cumplimiento del plan maestro durante los primeros cuatro milenios de la era del hombre mortal, como ejemplos para orientarnos y advertirnos hoy.

Luego queda aproximadamente una tercera parte — ¡entiéndase bien! — una tercera parte de la revelación del Hacedor para la humanidad, dedicada a la profecía, que es la historia de acontecimientos futuros, escrita antes de que éstos ocurran. Estos hechos pronosticados revelan el gran propósito que se está desarrollando, que se está cumpliendo en este momento.

¿Por qué hay tanta ignorancia?

Ahora veamos por qué los jefes de estado, los analistas de noticias y las mentes más brillantes de nuestros tiempos fallan tanto al tratar de comprender el significado de los hechos mundiales que van tomando forma día a día.

El que pretenda entender el verdadero significado y las implicaciones de las noticias actuales necesita tener como base para esa comprensión el conocimiento racional y correcto del gran propósito, del plan maestro del Creador, del punto en que nos hallamos hoy dentro de este acontecer gradual y predestinado, y de los principales hechos que, según la profecía, están aún por cumplirse. El que carezca de este conocimiento básico y vital, ya sea alguien en el mundo de las noticias o en los círculos gubernamentales, no podrá entender los hechos que ocurren hoy en el mundo ni mucho menos a dónde éstos nos llevan. De las personas que llevan sobre sus hombros la administración de los gobiernos y la difusión de las noticias, ¡ni uno solo tiene ese conocimiento! ¿Por qué?

Por dos razones primordiales: 1) Han caído bajo el engaño de la educación errónea que apela a la vanidad intelectual y fomenta el rechazo desdeñoso y parcializado de esa revelación divina, la única que puede impartir esta clase de conocimiento; y 2) la llave maestra para abrir las puertas cerradas de la profecía bíblica, ha estado perdida.

Las grandes potencias mundiales de nuestra época han sido y son los Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética, Alemania, Francia y otros países de Europa Occidental. La llave perdida es simplemente la identidad de estas grandes potencias mundiales dentro de la profecía bíblica. Los acontecimientos cataclísmicos que pronto sacudirán al mundo y lo dejarán atónito, desconcertado y sobrecogido, se relacionan directa y estrechamente con los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Europa Occidental y la Unión Soviética.

Ignorantes de cómo y dónde aparecen mencionadas específicamente dichas naciones, los círculos de la élite educada del mundo se hallan totalmente ciegos, incapacitados para entender el significado simple y llano de la profecía. Esta llave perdida, más que cualquier otra cosa, ha sido la causa de que la Biblia cayera en descrédito y fuera rechazada por el sistema educativo del mundo. La teoría de la evolución, que no ha sido ni puede ser comprobada, ocupó su lugar como el concepto fundamental para lo que se considera el enfoque racional del pensamiento.

¡Es una tragedia colosal! En esta era de supuesto racionalismo y progreso del pensamiento universal, los pueblos, educados dentro de la falsedad y el engaño, se encuentran tanteando y vacilando en la oscuridad de la ignorancia, el equívoco y la confusión, fatalmente desconoce­dores del cataclismo global hacia el cual el mundo se dirige vertiginosamente.

Así, los pueblos de la tierra han olvidado a su Hacedor; se han alejado de Él. Han cerrado sus ojos y dado oídos sordos a su dinámica revelación que, para aquellos que sí la oyen, es una clara advertencia a los que ocupan las posiciones de mando y poder.

¿Es demasiado tarde? ¿Están nuestros dirigentes tan ciegos e imbuidos en su educación falsa, tan adormecidos que no pueden despertarse? ¡Dios nos ayude ahora! ¡El tiempo se está acabando aceleradamente!

Pero la llave perdida ha sido hallada. Esta llave es el conocimiento de la identidad de los pueblos de Inglaterra, Norteamérica, Alemania y otros en las profecías bíblicas. Esta identidad pasmosa es una prueba contundente de la inspiración y autoridad de la Santa Biblia. Al mismo tiempo, es una demostración clarísima de la existencia y actividad del Dios vivo.

Una tercera parte de la Biblia es profecía, y aproxi­madamente el 90 por ciento de esa profecía se refiere a nuestros días, a nuestra segunda mitad del siglo 20.

Es una advertencia para los pueblos de la tierra, una advertencia de vida o muerte. Una vez abierta la puerta de la profecía con esta llave maestra, ella cobra una vida palpitante. Este libro abrirá, ante los ojos dispuestos, esa tercera parte de la Biblia que hasta ahora era imposible de comprender. Ninguna historia de ficción fue jamás tan extraña, tan fascinante, tan absorbente, tan rebosante de interés y suspenso como esta historia insólita sobre la identidad y el ancestro de los pueblos occidentales.

En esta profecía, el Dios Todopoderoso hace una advertencia formidable. Los que lean y hagan caso podrán salvarse de la tragedia cataclísmica sin precedentes que pronto azotará al mundo. Si los pueblos de la tierra y sus gobiernos despiertan, hacen caso y vuelven nuevamente a su Dios, entonces las naciones podrán salvarse. ¡Dios nos ayude a comprender!

Capítulo II

PROFECÍAS SELLADAS HASTA AHORA

Cabe preguntar si las profecías bíblicas no estaban cerradas y selladas. Ciertamente lo estaban … ¡hasta ahora! Y aun ahora, solamente pueden entenderlas aquellos que posean la llave maestra. Pero nos acercamos ya al final de seis mil años de historia bíblica, al final de una era. Estamos en los comienzos de la crisis mundial que dará fin a la civilización actual. Estamos afrontando hoy condiciones que nunca antes habían existido en el mundo. Nuestro gran problema, en esencia, es cómo sobrevivir. Por primera vez en la historia del mundo, existen armas de destrucción masiva capaces de borrar toda vida de nuestro planeta. Hemos escuchado a jefes de gobierno y a científicos destacados decir públicamente que el hombre tiene que adaptarse a vivir bajo la sombra amenazante de las armas aniquilantes … ¡sin que haya solución a la vista!

A aquellos que menosprecian y están llenos de prejuicios contra la Biblia, decimos: ¡Esta ofrece la única esperanza! La ciencia no ofrece soluciones; los políticos y jefes de gobierno no tienen respuesta; solamente en la Biblia encontramos las noticias, dadas por anticipado, de lo que ciertamente va a ocurrir … ¡y ocurrirá antes de que la humanidad se aniquile por completo!

Quizá otro pregunte: ¿No son la mayoría de las profecías simplemente viejos escritos del Antiguo Testamento, dirigidos exclusivamente a la Israel de antaño? ¿No son cosas pasadas que no nos interesan ni nos atañen a nosotros? La respuesta es un ¡no! enfático. La mayor parte de estas palpitantes profecías no fueron dadas a la antigua Israel.

Un libro clave

La verdad es que estas profecías fueron escritas para nuestros tiempos, de modo que se refieren a las condiciones del mundo actual. Nunca antes se habían podido entender.

Uno de los libros proféticos claves es el de Daniel. En realidad, el profeta Daniel no fue el autor del libro que lleva su nombre. ¡El autor fue Dios! El mensaje fue transmitido a Daniel por un ángel de Dios, y Daniel lo puso por escrito para conservar hasta nuestros días lo que él escuchó.

Al final del libro, Daniel escribió: “Y yo oí, mas no entendí. Y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas? Él respondió: Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin … y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán” (Daniel 12:8-10).

De manera que las profecías de Daniel estaban cerradas y selladas hasta ahora. Ahora sí estamos en “el tiempo del fin”. Hoy los “entendidos” sí comprenden. ¿Quiénes son los “entendidos”? Solamente aquellos que temen y obedecen a Dios, y que tienen la llave maestra para abrir las profecías cerradas. Dios dice: “El principio de la sabiduría es el temor del Eterno; buen discernimiento tienen todos los que practican sus mandamientos” (Salmos 111:10). La mayor parte de los que se dicen “cristianos” se niegan rotundamente a hacer eso. ¡Con razón no entienden! Y no olvidemos: la llave específica que abre la profecía es el conocimiento definitivo de cuál es la identidad real de las naciones británica y norteamericana tal como se mencionan en estas profecías.

Detengámonos a pensar un momento.

Si Daniel no pudo comprender las profecías que él mismo escribió, si estaban “cerradas y selladas hasta el tiempo del fin”, hasta la segunda mitad del siglo 20, tal como lo dijo el ángel, entonces estaban selladas también para los antiguos israelitas de esa época. No contenían mensaje alguno para los tiempos de Daniel.

Pensemos un poco más.

Estas profecías no podían ser para el antiguo reino de

Israel, ya que ese pueblo ni siquiera pudo conocerlas. Daniel escribió durante la época de la invasión y el cautiverio del reino de Judá por el rey caldeo Nabucodonosor (604 a 585 A.C.). Pero el reino de Israel había sido destruido 117 a 133 años antes de que Daniel escribiera, pues había sido invadido y conquistado, y sus habitantes sacados de Palestina y transportados como esclavos a Asiría, entre los años 721 y 718

A.C. (II Reyes 17:18, 23-24). Años antes de que Daniel escribiera su libro, la mayor parte de los asirios habían emigrado de su país hacia el noroccidente, rumbo a Europa, llevando consigo a aquellos esclavos israelitas. ¿Hasta dónde llegaron? ¿Dónde se asentaron finalmente? Esto no se sabía entonces, y se hablaba de estos israelitas como las 10 tribus perdidas.

Mas hoy sí lo sabemos. Hoy, tal como escribió Daniel (12:4), la ciencia [el conocimiento] ha ido en aumento. El paradero de las 10 tribus perdidas es uno de los antiguos misterios que hoy ya está descifrado. Pero en tiempos de Daniel ellas habían desaparecido, como si se las hubiera tragado la tierra.

No para el Israel del Antiguo Testamento

La profecía de Daniel no fue, pues, un mensaje para el antiguo reino de Israel.

Pensemos más.

Tampoco fue un mensaje para el antiguo reino de Judá. Cuando Daniel escribió, los judíos ya eran esclavos en Babilonia. Daniel era uno de los destacados príncipes de Judá, escogidos especialmente para servir en el palacio real en Babilonia (Daniel 1:3-6). La pesada carga de trabajo que tenía que desempeñar Daniel al servicio del rey gentil no le permitía llevar este mensaje cerrado y sellado a los judíos esclavizados y dispersos. Los judíos, reducidos a la esclavitud, no tenían ningún sistema de reunión religiosa, no tenían sacerdotes, la imprenta no existía y no había manera de distribuir literatura; además, Dios había cerrado y sellado la profecía hasta el tiempo del fin: hasta nuestros días, ¡ahora! El libro de Daniel no era un mensaje para los judíos del Antiguo Testamento.

Por último, comprendamos: Es claro que estas profecías no se refieren a ninguna época fuera de la nuestra, este siglo 20.

El libro más misterioso de toda la Biblia ha sido, para la mayoría de las personas, el libro de Apocalipsis. Pero el libro de Daniel es la llave que abre el entendimiento del Apocalipsis. Este último es el único libro que nos presenta los acontecimientos mundiales mencionados en otras profecías, correlacionados en orden, siguiendo una secuencia crono­

lógica. El libro de Apocalipsis, pues, contiene la clave para unir todas estas profecías en su correcto orden cronológico. Pero este libro también estaba cerrado y sellado hasta nuestros días. Debemos entender que Jesucristo es el Revelador, que El ha quitado los sellos y ha abierto este libro misterioso para que podamos comprenderlo.

Para resumir, la profecía fue escrita y conservada para nuestros días. Aproximadamente el 90 por ciento de las profecías se refieren realmente a esta segunda mitad del siglo 20, y la clave para entenderlas es la identidad de los Estados Unidos y Gran Bretaña en la profecía.

¿Se podrían pasar por alto?

La Gran Bretaña y los Estados Unidos no llegaron a ser grandes potencias mundiales hasta el siglo 19. De repente, a comienzos de aquel siglo, las dos naciones que hasta entonces eran pequeñas y de menor importancia, tuvieron un auge vertiginoso, multiplicando su riqueza, sus recursos y su poderío como ninguna otra nación.

En 1804 Londres era ya el eje financiero del mundo. Los Estados Unidos habían salido súbitamente de su período infantil (las 13 colonias originales), habían adquirido el enorme territorio de Luisiana y habían emprendido un desarrollo veloz que los llevaría a ser la nación más fuerte y poderosa de todos los tiempos. Inglaterra alcanzó su grandeza primero, y hasta las dos guerras mundiales fue el imperio o mancomunidad de naciones más grande de toda la historia.

Juntas, las naciones británica y norteamericana habían adquirido más de las dos terceras partes (casi las tres cuartas partes) de todos los recursos cultivados y la riqueza de la tierra. Las demás naciones en conjunto poseían apenas poco más de un cuarto. Gran Bretaña era reina de los mares, y el comercio del mundo se llevaba a cabo por el mar. El Sol nunca se ponía en las posesiones británicas.

Ahora reflexionemos.

Si la tercera parte de la Biblia consiste en profecías acerca de las situaciones mundiales, y si cerca del 90 por ciento de esas profecías se refieren a acontecimientos nacionales e internacionales de nuestra época, ¿es lógico pensar que en ellas se dejen de mencionar las principales potencias de hoy?

¿Asombroso? Ciertamente. Sin embargo, el sol británico ya se ha ocultado tal como fue profetizado. Los mismos escritos que predijeron la grandeza de Inglaterra hablaron también de lo que le ocurriría en seguida. Y efectivamente, Inglaterra ya ha quedado reducida a una potencia de segunda o tercera categoría.

¿Y los Estados Unidos? Hoy ese país se encuentra tratando de hacer frente a prácticamente todos los dolores de cabeza y los problemas de este caótico y violento mundo de la posguerra. Los Estados Unidos han ganado su última guerra. El pequeño Vietnam del Norte los tuvo a raya y otros países también contribuyen a menoscabar su fuerza, pero el coloso de América ni siquiera se da cuenta de ello … ¡tal como Dios lo pronosticó!

En el panorama mundial, nada hay tan importante ahora como saber a cuáles naciones modernas se refieren los centenares de profecías bíblicas, y particularmente cuáles hablan de los pueblos británico y norteamericano, describien­do vívidamente su auge repentino como potencias y revelando las causas de esa grandeza. Estas son profecías que describen con absoluta claridad el actual dilema internacional y abren los ojos del lector para ver lo que depara el futuro inmediato a los distintos países del mundo … y cuál será su fin.

Capítulo III

¿POR QUE LOS JUDÍOS NUNCA HEREDARON LA GRANDEZA NACIONAL PROMETIDA A ISRAEL?

Antes de la Segunda Guerra Mundial, los pueblos británico y norteamericano habían adquirido más de las dos terceras partes de las riquezas y los recursos cultivados del globo. Y todo esto lo adquirieron con una increíble rapidez, a partir del año 1800. Nunca antes en la historia había ocurrido algo semejante. Nunca antes un pueblo o una nación se había extendido ni había crecido tan rápida y repentinamente hasta alcanzar semejante poderío y magnitud.

Sin embargo, vemos ante nuestros ojos el empequeñeci­miento y la desaparición de esta grandeza, esta riqueza y este poderío. En el caso de Gran Bretaña, ¡el país se está desintegrando aun más rápidamente de lo que se desarrolló! Casi de la noche a la mañana ha quedado privado de sus colonias, sus posesiones y sus fuentes de riqueza, y ha quedado reducido a una potencia de segunda o tercera categoría. ¿Por qué? ¡Hay una razón! Una razón que tiene mucho que ver con la historia y con las promesas divinas dadas a Israel, promesas que el pueblo judío no ha heredado.

Ahora, si el pueblo y el gobierno de los Estados Unidos no hacen caso y actúan inmediata y drásticamente, ese país está destinado a caer aun más rápidamente en la ignominia, perdiendo todo su poderío, grandeza y riqueza nacional. ¡Y por la misma razón!

Por nuestro propio bien, debemos leer y entender esa historia y abrir nuestros ojos a las promesas y las advertencias divinas que han pasado inadvertidas a los pueblos de la tierra. Esta historia bíblica es clara y sencilla, y lleva al conocimiento del ancestro y la identidad de los pueblos modernos. Es una historia más pasmosa, más fascinante y más extraña que cualquier obra de ficción. ¡Pero es verdad!

El libro sagrado de Israel

Aunque pocos se han dado cuenta al leer las Sagradas Escrituras, hace siglos esa misma grandeza, riqueza y poderío fueron prometidos por el Todopoderoso a Abraham. Es preciso que entendamos el hecho de que la Sagrada Biblia es el libro peculiar de una sola nación: los hijos de Israel.

¡Esto es innegable! La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, es primordialmente la historia de una sola nación o pueblo: Israel. Las demás naciones se mencionan solamente en cuanto se relacionen con Israel. Todas las profecías bíblicas se refieren también primordialmente a este pueblo de Israel, y a las demás naciones solamente en cuanto ellas tengan que ver con él. La Biblia nos narra la historia de estos israelitas y su Dios. Fue inspirada por el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; fue escrita exclusivamente por israelitas y fue conservada por estos mismos israelitas hasta después de escribirse el Nuevo Testamento. En sus pasajes leemos que todas las promesas y los pactos de Dios, la adopción como hijos y la gloria, pertenecen exclusiva­mente a Israel (Romanos 9:4).

Pero la Biblia, siendo un libro israelita, escrito acerca de la nación de Israel y destinado principalmente para ella, inspirado por su Dios a través de sus profetas, es, sin embargo, el libro más difundido en nuestro mundo occidental. Los pueblos de habla inglesa, los que más leen y difunden la Biblia, son, sin saberlo, los que heredaron las promesas nacionales y físicas dadas a Israel hace tanto tiempo. Para poder entender la Sagrada Biblia es necesario, pues, saber quiénes son estos israelitas de los cuales habla. Esto hay que saberlo también para realmente comprender la situación actual de las naciones modernas en esta hora crítica para el mundo. Recordemos, al empezar la fascinante historia, que la Biblia no solamente habla de cosas espirituales sino también de cosas materiales, carnales y nacionales. No demos carácter

espiritual a las cosas nacionales, ni físico a las cosas espirituales. ¡Entendamos la Palabra sagrada de Dios tal como es!

Comenzó con un solo ser humano

Antes de Moisés, no había ninguna nación que fuera conocida como el pueblo particular de Dios. Antes de Moisés, no había Palabra de Dios escrita, no había Sagradas Escrituras inspiradas, no había Biblia. Durante más de 2500 años — dos milenios y medio — la humanidad siguió su curso sin ninguna revelación escrita de Dios. El único registro histórico que consigna el trato entre Dios y los hombres antes de la existencia del pueblo de Israel es el que nos revela la Biblia. Y lo que es más asombroso aún, solamente los 11 primeros capítulos, de un total de 50 en el Génesis, son dedicados a la narración de lo que fue toda la historia del mundo antes de Abraham, padre de los israelitas.

¿Sorprendente? La Biblia dedica solamente 11 capítulos de su primer libro para relatar la historia de los primeros 2000 años, aproximadamente la tercera parte de la vida de la humanidad.

Dios comenzó este mundo con un solo hombre: Adán. Todo lo que Dios hace mediante los seres humanos comienza de una forma muy pequeña y crece como el grano de mostaza. Con este primer hombre, Dios se comunicaba directa y personalmente. Le reveló todo el conocimiento esencial que de otra manera sería inaccesible para la mente humana, la esencia básica de todo el conocimiento: qué es el hombre; por qué está aquí; cuál es el propósito de la vida; cuál es el camino de vida que trae paz, salud, prosperidad, felicidad; cuál es el fin del hombre, su destino. Dios reveló este fundamento del saber al primer hombre.

Dios se reveló a sí mismo ante Adán, como el Creador y Gobernante Eterno de la Tierra y de todo el universo. Le reveló a Adán que éste, a diferencia de los animales, había sido hecho en la forma y semejanza de su Creador, con poderes mentales que ninguna otra criatura física poseía; además, contaba con el potencial de aplicar su libre albedrío para desarrollar el carácter mismo de Dios y heredar la vida eterna en el reino de Dios. Le reveló el camino de vida que le daría todo lo que él pudiera desear: paz, vida agradable, felicidad, abundante bienestar.

Con el propósito de que estas bendiciones se produjeran y lograran el efecto deseado, Dios había puesto en acción sus leyes espirituales inexorables. Mas Adán escuchó a Satanás y prefirió hacer caso a su propio entendimiento humano. Por consiguiente, desobedeció a Dios, rechazó el camino que habría conducido a los resultados deseados y se lanzó por el sendero humano del egoísmo, la codicia y la vanidad.

La humanidad desprecia el camino de Dios

La especie humana comenzó a multiplicarse y los hijos de Adán siguieron ese sendero de la naturaleza humana inspirada por Satanás. La Biblia solamente menciona a tres personas anteriores a Abraham que aceptaron el camino de vida de Dios, ¡solamente tres durante más de la tercera parte de la historia de la humanidad! Abel fue llamado justo, Enoc caminó con Dios y Noé fue pregonero de justicia, que es simplemente obediencia al gobierno de Dios (Salmos 119:172). Fuera de estos tres, y posiblemente Sem, no se menciona a ningún otro antes de Abraham que se hubiera entregado al gobierno del Eterno.

Ya en tiempos de Abraham los hombres habían perdido todo conocimiento del verdadero Creador y Gobernante, la revelación de su propósito y su camino hacia la paz, la felicidad y la vida eterna. Habían proseguido sus propios caminos e inclinaciones, yendo en sentido contrario a las leyes espirituales de Dios. El pecado y la violencia llenaron el mundo.

Dios comienza su nación con un hombre

Tal era el mundo de entonces, desorientado y lejos de Dios y del conocimiento de los grandes beneficios que se derivan de someterse a El y adorarlo. En un mundo así, se hallaba un hombre honesto y recto, sumiso y dócil, fuerte y motivado. Dios le dio un mandamiento para probar su obediencia. A este individuo, Abram, Dios le dijo: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré… haré de ti una nación grande …(Génesis 12:1-2).

Esta era una orden que encerraba a la vez una condición y una promesa: la promesa se realizaría siempre y cuando se cumpliera la condición de obediencia.

Así pues, como Dios había iniciado el mundo con un solo hombre, comenzó también su propia nación con un solo hombre: Abraham. El mundo, que se ha desviado lejos de Dios y de las bendiciones que podría tener si se sometiera a El y lo adorara, comenzó con un hombre que se rebeló contra Dios y rechazó su gobierno; asimismo, la propia nación carnal de Dios, de la cual ha de renacer el reino de Dios, comenzó también con un hombre, uno que aceptó la autoridad de Dios y lo obedeció sin vacilar.

¿Acaso Abraham se detuvo a discutir y razonar? No respondió en forma renuente, como: “Un momento; seamos razonables. Aquí estoy en Babilonia, en el corazón del comercio, la sociedad y la alegría. ¿Por qué no me puedes dar esta promesa aquí mismo, donde todo es tan agradable y llamativo? ¿Por qué tengo que abandonarlo todo para irme a una tierra incivilizada?”

¿Acaso Abraham discutió, se rebeló, resistió o se opuso? ¡Ciertamente no! La Escritura nos dice simplemente: “Y se fue Abram” (Génesis 12:4). No se puso a discutir con Dios ni sacó sus razonamientos humanos para argüir que Dios estaba totalmente en el error; tampoco hizo preguntas necias como: “¿Por qué tengo que irme? ¿No puedo hacer lo que se me antoje?”

Se fue Abram”. Obediencia absoluta, inmediata, sin vacilación. De modo que Dios estableció a este individuo, cuyo nombre cambió a Abraham, como progenitor de la nación de Dios: Israel. Dio a Abraham y a sus descendientes todas las promesas. Y nosotros tenemos que ser como Abraham. Por medio de Cristo, tenemos que convertirnos en hijos suyos, para que podamos heredar la promesa de vida eterna en el reino de Dios.

De su propia nación carnal, Israel, el Eterno dijo: “Este pueblo que he creado para mí; a fin de que publique mis alabanzas” (Isaías 43:21). Esta profecía ha de cumplirse … ¡pronto!

Promesas duales a Abraham

Pocos han captado la dualidad que caracteriza todo el plan que Dios está cumpliendo aquí en la Tierra.

Hubo el primer Adán, material y carnal; luego Cristo, el postrer Adán, espiritual y divino. El antiguo pacto, solamente material y temporal; y el nuevo pacto, espiritual y eterno. Dios hizo al hombre mortal y físico, del polvo de la tierra y perteneciente al reino humano; pero mediante Cristo puede ser engendrado por Dios para convertirse en espiritual, inmortal y miembro del reino de Dios.

De igual manera, las promesas que Dios hizo a Abraham también tenían dos fases: una material y nacional, la otra espiritual e individual. La promesa espiritual del Mesías y de la salvación a través de El es bien conocida por cualquier estudiante de la Biblia. Se sabe que Dios dio a Abraham la promesa espiritual del Cristo que sería descendiente suyo, y que a través de Cristo nos llega la salvación. Pero casi nadie sabe lo que es esa salvación, ni cuáles son las promesas de salvación que podemos recibir a través de Cristo, ni cómo podemos recibirlas, ni cuándo. Pero esto sería tema de otro libro.

Lo esencial dentro del tema de este libro es que Dios también hizo otra promesa, completamente distinta, una sorprendente promesa de tipo nacional y material que ha pasado casi totalmente inadvertida.

Leamos de nuevo cómo Dios llamó a Abraham y notemos la naturaleza dual de sus promesas: “Pero el Eterno había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande … y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3).

Nótese la doble promesa: 1) “Haré de ti una nación grande”. Esta es la promesa material, nacional, de que sus hijos carnales se convertirían en una gran nación; es una promesa que tiene que ver con el linaje. 2) “y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Esta es la promesa espiritual que tiene que ver con la gracia. La misma promesa se repite en Génesis 22:18: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”. Esta “simiente” se refiere a Cristo, como lo afirma claramente Gálatas 3:8, 16.

Este es el punto donde los cristianos profesos y sus maestros han caído en el error y la ceguera. No han captado la doble promesa hecha por Dios a Abraham. Reconocen la promesa mesiánica de la salvación espiritual a través de la “simiente” que es Cristo, y creen que lo que se prometió fue que el ser humano iría al cielo al morir.

Este es un punto clave, el punto donde el cristianismo tradicional se desvía de la verdad. Aquí se aparta de lo que le daría la llave maestra faltante, la clave para descifrar las profecías. No se da cuenta de que Dios le dio a Abraham dos tipos de promesas: unas concernientes a la progenie física y otras a la gracia espiritual.

Debe quedar muy en claro que la promesa de la “nación grande” se refiere a la progenie carnal. No es la misma promesa de la “simiente” a la cual se refiere Gálatas 3:16; esta última es la promesa de la venida de Jesucristo, hijo de Abraham e hijo de Dios. La promesa de la “nación grande” tiene que ver con la descendencia natural, carnal, plural, y esto se confirma más tarde cuando Dios la repite con mayor detalle. Leámosla cuidadosamente y entendamos estas promesas: “Y siendo Abram de edad de noventa y nueve años, se le apareció el Eterno y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera … y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes … y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti” (Génesis 17:1-6).

Nótese que la promesa aquí es condicional: depende de que Abraham lleve una vida de obediencia. La “nación grande” se convierte ahora en “muchedumbre de gentes”, en “naciones” (plural, más de una). Esto no puede referirse a una sola “simiente”, Cristo, como lo demuestra el versículo 6.

Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti”. Estas naciones y reyes saldrán de Abraham; esto es una generación física que se trata de muchedumbre de gentes, no de un solo descendiente a través del cual individuos dispersos pueden convertirse en hijos de Abraham al ser engendrados espiritualmente (Gálatas 3:29). Los cristianos dispersos, individuales, no forman naciones. Cierto es que la Iglesia se llama un “real sacerdocio, nación santa” (I Pedro 2:9), pero la Iglesia de Cristo no está dividida en naciones. Aquí se está hablando no de la gracia sino de la promesa nacional.

Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones … Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán [Palestina] en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos” (Génesis 17:7-8).

Nótese que la tierra (la posesión material) se promete a los descendientes, en plural, puesto que dice que es el Dios de “ellos”, no de “él”.

Ahora examinemos esta promesa cuidadosamente.

El potencial de convertirse en grandes naciones depende de las promesas que el Eterno Creador hizo a Abraham. La única esperanza de vida después de la muerte para cualquier individuo, cualquiera que sea su raza, nacionalidad o religión, depende de la parte espiritual de estas promesas hechas a Abraham, la parte que habla de la gracia que sería dada por la “simiente”: Jesucristo el Mesías.

¿Cuánta tierra? ¿Naciones de qué tamaño?

Estas no son promesas casuales y carentes de importancia. Son básicas, son el fundamento de grandes potencias mundiales y la base de la salvación espiritual personal. Son la esperanza de vida eterna para todo ser humano. Estas son promesas magníficas. El Dios Creador basó en ellas el futuro de toda la humanidad.

Jesucristo vino “para confirmar las promesas hechas a los padres” (Romanos 15:8), los cuales fueron Abraham, Isaac y Jacob.

Una persona escéptica, con una mente hostil a Dios y a sus promesas y propósitos, subestima estas profecías, diciendo: “Pero, ¿cuáles son estas naciones? ¿Naciones al estilo siglo 20? ¿Naciones de 100 millones de habitantes? No seamos tontos. Los hombres que escribieron la Biblia no tenían noción alguna de países grandes tal como los hay en la actualidad. Se referían sólo a países pequeños como los que existían entonces, países cuyos habitantes no sumaban más de los de una ciudad de hoy. ¿Y qué área estaba comprendida en la promesa? Se supone que Dios prometió en herencia la tierra de Canaán, como se menciona en el versículo 8 de Génesis 17. Entonces, al prometer la tierra nuevamente a Jacob, la’única extensión incluida fue ‘la tierra en que estás acostado’ (Génesis 28:13). ¿Cuál era su extensión? No más de un rectángulo pequeñísimo, quizá de dos metros de largo por uno de ancho”.

Alguien realmente se atrevió a lanzar semejante argu­mento.

Respondámosle. Veamos qué fue lo que se prometió en la fase de las promesas relacionada con la descendencia de Abraham, las promesas físicas, materiales, nacionales. La fase espiritual la explicamos en otros libros y artículos.

El escéptico discute

Acabemos primero de escuchar la mencionada refutación: “Esa promesa acerca de las naciones fue escrita en hebreo, y la palabra hebrea traducida como ‘naciones’ o ‘muchedum­bre de gentes’ en español, es goi, plural goiim para indicar más de una. Esta palabra hebrea significa simplemente ‘gente’. Podrían ser unos pocos hijos o nietos de Abraham”.

Hacemos mención de esto porque un llamado “estudio­so” hizo esta misma afirmación, pretendiendo así rechazar toda esta importante verdad. Si el lector se toma el trabajo de buscar el significado de la palabra hebrea goi, se dará cuenta de que quiere decir “nación”, o en plural “naciones” o “gentes”, cualquiera que sea la magnitud de la población. Esta es la palabra que más frecuentemente se usa en el Antiguo Testamento para señalar las distintas naciones del mundo, incluso las más grandes. En la profecía de Joel 3:2, Dios dice que reunirá a “todas las naciones”. Esa profecía se refiere a un tiempo futuro, a este siglo 20, y la palabra hebrea que allí se usa es goiim, para referirse a naciones tales como Rusia, Alemania, Italia, China, India . . . bastante grandes todas ellas.

Además, Dios prometió que los descendientes humanos, carnales, de Abraham se convertirían en “una nación grande” (Génesis 12:2). Le dijo: “te multiplicaré en gran manera” (Génesis 17:2), “serás padre de muchedumbre de gentes” (versículo 4), y “te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti” (versículo 6). A medida que vamos leyendo otras profecías y promesas, vemos que el lenguaje bíblico está hablando de naciones grandes y poderosas.

Ahora bien, ¿cuánto territorio? En Génesis 17:8 Dios prometió “toda la tierra de Canaán”, pero en otros pasajes prometió mucho más aún. Génesis 15:18 nos dice: “Aquel día hizo el Eterno un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates”. El Eufrates queda bastante lejos, hacia el oriente, en la antigua tierra de Babilonia que hoy es Irak.

Por último, todos los argumentos de este escéptico quedan desbaratados y ridiculizados al leer el versículo que sigue al que él mismo citó cuando sostuvo que la promesa incluía solamente un pedacito de tierra de dos metros por uno: “Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur” (Génesis 28:14). Aquí el tamaño de las “naciones” o de la “muche­dumbre de gentes” se compara con el número de partículas de polvo que hay en el mundo. En otros pasajes Dios compara las poblaciones de estas naciones prometidas, con los granos de arena en la playa y con las estrellas . . . una multitud incontable.

A medida que prosigamos, la magnitud y la realidad de estas promesas se harán muy evidentes.

No se cumplió en los judíos

Notemos de nuevo muy cuidadosamente que los judíos nunca han sido más de una nación; no son ni han sido jamás muchas naciones. Tenemos, pues, una profecía importantísima, una promesa solemne del Dios Todopoderoso que no se cumplió en Cristo ni en los cristianos ni en los judíos. Tenemos que buscar varias naciones que no son ni la Iglesia ni el pueblo judío. Aunque parezca increíble, esto tiene que ser así, pues de lo contrario la promesa de Dios sería falsa.

Dios sometió a Abraham a la prueba de fe, y Abraham obedeció hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar a su propio hijo. Cumplido este hecho, el pacto dejó de ser condicional. Desde ese momento en adelante, fue un pacto INCONDICIONAL.

Por mí mismo he jurado, dice el Eterno, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos”. Hasta allí las promesas nacionales, las de la progenie de Abraham. “En tu simiente [Cristo] serán benditas todas las naciones de la tierra [esta promesa es espiritual, de la gracia], por cuanto obedeciste a mi voz” (Génesis 22:16-18).

Ahora la promesa es incondicional. Dios ha jurado y cumplirá. El no promete hacer estas cosas si Abraham o sus hijos hacen tales otras. Promete hacerlas por cuanto Abraham ya cumplió su parte del acuerdo. Si estas promesas pudieran anularse o incumplirse, entonces ¡no hay ninguna promesa firme en la Biblia!

Estas promesas no se pueden incumplir ni anular, pues Dios ha dicho: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras de ningún modo pasarán” (Lucas 21:33). Ahora Dios tiene que cumplir su parte, sin defecto.

Nótese un detalle adicional en la promesa: Las naciones que han de ser formadas por la progenie de Abraham poseerán las puertas de sus enemigos. Una puerta es un paso estrecho por donde se entra o se sale. En términos nacionales, una

puerta sería un paso como el canal de Panamá, el canal de Suez o el estrecho de Gibraltar. Esta promesa se repite en Génesis 24:60 a la nuera de Abraham: “Sé madre de millares de millares, y posean tus descendientes la puerta de sus enemigos”.

Los descendientes de Abraham, pues, serían dueños de los pasos estratégicos de sus enemigos. Esto no lo han cumplido los judíos ni podrá cumplirse una vez que Jesucristo regrese para gobernar a las naciones y establecer la paz mundial. La promesa sólo puede cumplirse en el mundo actual; de lo contrario tendríamos que negar la Biblia como Palabra autorizada de Dios. Tenemos que buscar un pueblo que forme más de una nación, pero que sean todos el mismo pueblo, hijos de Abraham, y que posean o hayan poseído en la historia las puertas y los pasos estratégicos del mundo. De lo contrario, invalidaríamos la Palabra de Dios. ¡Esta es una prueba de la inspiración de la Biblia y del poder de Dios para gobernar este mundo!

Las promesas repetidas a Isaac y Jacob

Estas formidables promesas se repitieron a Isaac y a Jacob. Ismael y los demás hijos de Abraham quedaron eliminados de este derecho de primogenitura. Esaú, hijo de Isaac y hermano gemelo de Jacob, lo vendió y quedó rechazado como heredero de la primogenitura. La promesa, tal como fue confirmada a Isaac, aparece en Génesis 26:3-5:

Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras …”

Dos veces Dios prometió “todas estas tierras”, una extensión que tiene que ser muy grande, y dijo que los descendientes de Isaac habrían de multiplicarse “como las estrellas del cielo”, una población sumamente grande.

ESTAS DOS PUERTAS controlan el prolongado paso que se extiende desde el Mediterráneo occidental, a través del canal de Suez y hasta el golfo de Adén al extremo sur del mar Rojo.

A Jacob se le repitió la promesa en Génesis 27:27-29, donde se añade la bendición material de prosperidad y abundancia de la tierra, con la profecía de que las naciones gentiles serían fuertemente influenciadas, y en algunos casos gobernadas, por las naciones de Israel poseedoras de la primogenitura. “Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren”. Nuevamente encontramos las promesas en Génesis 28:13-14, con el detalle adicional de que estas naciones de Israel se extenderían por todo el mundo: “Y he aquí, el Eterno … dijo: Yo soy el Eterno, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur ..

La voz hebrea original traducida como “extenderás” significa “ir más allá”. Esta promesa no pone límites a la distancia hacia donde los descendientes de Jacob se extenderían rumbo al norte, sur, oriente y occidente. Así indica que se extenderían alrededor del mundo, como queda confirmado en Romanos 4:13: “Porque la promesa a Abra­ham o a su descendencia, de que él sería heredero del mundo..

Pero esto no les promete que los descendientes de Abraham heredarían y serían dueños y poseedores de toda la tierra sin dejar nada a los gentiles, sino que en los años y siglos por venir se extenderían y ocuparían distintas partes del mundo. La Tierra nueva, después del milenio, sí será habitada únicamente por quienes se conviertan espiritualmente, a través de Cristo, en hijos de Abraham (Romanos 4:13).

Hay una fase de esta profecía que nadie había tenido en cuenta ni había entendido antes. Estas naciones israelitas, dueñas de la primogenitura, efectivamente se extendieron y ocuparon varias áreas en distintas partes del mundo. Esto ocurrió después de los años 721 a 718 A.C., cuando Israel fue capturada y transportada lejos de su propia tierra prometida de Samaria en lo que hoy se conoce como Palestina. Los siguientes versículos en Génesis 28 completan esta fase de la profecía: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres [Dios no se refiere aquí a Jacob personalmente sino a sus descendientes que habían de extenderse en todas direcciones], y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (versículo 15).

Esta profecía, llena de significado pero escasamente comprendida, se cumplirá a la segunda venida de Cristo. Jeremías 23:7-8 y 50:4-6, 19-20, así como otras profecías, explican esto con mayor detalle.

Una nación y un conjunto de naciones

Más tarde, Dios se apareció a Jacob, cuyo nombre fue cambiado a Israel, y definió más precisamente la composición de las “naciones” en los siguientes términos: “También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos” (Génesis 35:11). Así, pues, las “naciones” incluirían una gran nación, rica y poderosa, y otro conjunto de naciones: una mancomunidad.

Debemos tomar atenta nota de este hecho porque es crucial para poder comprender la importantísima clave de la profecía, ¡la que revela el significado de los acontecimientos mundiales de hoy! Esta promesa jamás se cumplió en los judíos. No se puede “espiritualizar” interpretándola como algo heredado sólo por Cristo. No puede referirse a la Iglesia, pues hay una sola Iglesia verdadera reconocida por la Biblia, y ésta no forma una nación ni un conjunto de naciones sino un cuerpo de personas dispersas entre muchas naciones y llamadas individualmente. Sin embargo, esta profecía tiene que tener su cumplimiento, pues de lo contrario negaríamos la fidelidad de la Palabra sagrada de Dios.

¡He aquí el enigma de los tiempos! ¿Se ha dejado de cumplir esta profecía? Hay quienes han perdido la fe en Dios y han rechazado la Biblia porque creyeron que estas promesas nacionales jamás se llegaron a cumplir.

De la respuesta a esta pregunta insólita depende la prueba y la autoridad de la Biblia como Palabra revelada de Dios. De ella depende la prueba de la existencia misma de Dios. El pueblo judío no cumplió estas promesas. Ellas no se refieren a la Iglesia. El mundo con sus grandes dirigentes eclesiásticos no tiene noticia de que se haya dado cumpli­miento a la promesa. ¿Acaso Dios falló? O ¿cumplió su promesa formidable sin que el mundo se diera cuenta de ello? ¡La respuesta a esta incógnita es la revelación más asombrosa de la verdad bíblica, de la profecía y de la historia inadvertida por los hombres!

Capítulo IV

LA IMPORTANTE DISTINCIÓN ENTRE LA PRIMOGENITURA Y EL CETRO

Es necesario, en este punto, hacer una distinción muy importante. Se trata de una verdad bíblica que casi nadie conoce. En efecto, son muy pocos los que han notado que las promesas dadas a Abraham tenían dos partes o fases, pero la Biblia misma distingue claramente entre ellas.

De un lado están las promesas espirituales, aquellas que hablan de “la simiente”, o sea una sola, Cristo, y la salvación a través de El. Esto es lo que la Biblia llama el cetro. Y de otro lado están las promesas materiales y nacionales, las que hablan de muchas naciones, de riqueza, poderío y posesión de la tierra prometida. Esto es la primogenitura.

Las promesas de progenie y de gracia

Aclaremos bien el significado de estos términos:

Primogenitura: Calidad o derecho del hijo primo­génito” (Diccionario Larousse); “dignidad, prerrogativa o derecho del primogénito” (Diccionario de la Real Acade­mia). La primogenitura es un derecho que se tiene por nacimiento. En cambio, la gracia no es un derecho sino algo que es dado gratuitamente; es el perdón o el trato favorable inmerecido. La primogenitura, pues, no tiene nada que ver con la gracia. Es la promesa bíblica que se refiere a la progenie, o sea a la descendencia. Las posesiones de la primogenitura pasan por herencia, como su nombre lo indica, del padre al hijo mayor.

Cetro: Bastón de mando, insignia del poder supremo; reinado, gobierno” (Larousse). La descendencia real prometi­da culmina con Cristo y tiene que ver con la gracia acordada para todos.

Hemos visto que Dios le hizo a Abraham dos promesas incondicionales: la primogenitura, o derecho adquirido por nacimiento, y el don gratuito de la gracia. Luego el Eterno prometió tanto la primogenitura como el cetro a Isaac y más tarde a Jacob.

En este punto debemos abrir los ojos a una verdad nueva y maravillosa: Después de Jacob, las dos promesas se separaron. Las promesas del cetro, o sea la progenie real que culminaría con Cristo, y la gracia a través de Él, fueron heredadas por Judá, hijo de Jacob y padre de todos los judíos. Pero la primogenitura no se otorgó a los judíos.

¡Repetimos! Las promesas de la primogenitura no fueron heredadas por los judíos. La Biblia lo dice claramente: “No será quitado el cetro de Judá …” (Génesis 49:10). .. Mas el derecho de primogenitura fue de José” (I Crónicas 5:2).

Es ampliamente conocido el hecho de que el cetro, efectivamente, fue para Judá y que pasó de generación en generación dentro de esa tribu. El rey David fue de la tribu de Judá, lo mismo que todos los reyes de su dinastía que le sucedieron. Jesucristo también fue de la casa de David y de la tribu de Judá.

Una verdad que muchos ignoran es el hecho de que solamente una parte de los “hijos de Israel” eran judíos. Esta afirmación se comprobará y explicará detalladamente en el capítulo VI. Solamente eran “judíos” los pertenecientes a tres tribus: Judá, Benjamín y Leví. Todos los judíos son israelitas, pero también hay otros muchos israelitas que no son judíos.

Entendamos, pues, que la promesa de la primogenitura no pasó a los judíos; en cambio el cetro, la promesa de Cristo y de la gracia, sí pasó a esta tribu. Jesús dijo: “La salvación

viene de los judíos” (Juan 4:22). Y Pablo escribió: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16). ¡Las promesas de gracia fueron heredadas por la tribu de Judá!

En cambio, las promesas que la Biblia llama el “derecho de primogenitura” han pasado totalmente inadvertidas. Muy pocos han notado que Dios le hizo a Abraham otras promesas, además de la promesa del cetro.

Los judíos nunca tuvieron la primogenitura

Menos aún son los que comprenden que estas grandes promesas materiales y nacionales jamás fueron dadas a los judíos. El hecho asombroso que ha pasado inadvertido es que “el derecho de primogenitura fue de José” (I Crónicas 5:2); y como veremos más adelante, ni José ni sus descendientes eran judíos.

Este derecho de primogenitura constituye el punto esencial de toda esta verdad, y nos dará la llave para poder abrir la puerta del panorama profético. De allí la enorme importancia de que tengamos este punto muy claro.

La “primogenitura”, tal como se definió arriba, incluye sólo aquello que se obtiene por derecho propio al nacer. Nadie puede recibir la vida eterna como un derecho por haber nacido. Si fuera nuestro derecho, algo que heredáramos automática­mente al nacer, entonces no se recibiría por gracia. Pero la salvación es por gracia; es un don gratuito e inmerecido. Los derechos de nacimiento se limitan a las posesiones materiales, y cuando la primogenitura pasa de una generación a otra, a una progenie que se multiplica cada vez más, termina por ser una herencia nacional. Confiere solamente bienes, poderes y posición materiales, no bendiciones espirituales. Es cuestión, no de gracia sino de progenie.

Hay otra diferencia entre gracia y primogenitura: El derecho de primogenitura, como dijimos antes, se transmite del padre al hijo mayor. El beneficiario no tiene que cumplir ningún requisito ni tiene que merecer nada. La recibe como derecho propio por el simple hecho de haber nacido como primogénito de su padre. Sin embargo, este hijo mayor puede perder ese derecho o puede resultar no apto para recibirlo desde un principio.

En cambio, el don de inmortalidad que se recibe por gracia tiene ciertas condiciones. Nadie tiene la prerrogativa o el derecho a la vida eterna; nadie puede reclamar el derecho de nacer como hijo de Dios, como miembro de la familia de Dios. Si ello fuera así, ¡los resultados serían inimaginables! Un criminal o un ateo rebelde, desafiante, hostil, podría aborrecer a Dios, retarle, negarse a obedecerle … y al mismo tiempo exigirle la vida eterna como algo a lo cual tuviera derecho. Podría exigir el derecho de nacer dentro de la familia de Dios y recibir el vastísimo poder de un hijo de Dios, para luego emplear ese poder oponiéndose a Dios. Podría hacer de la familia de Dios una casa dividida contra sí misma. Podría causar fricción, hostilidad, odio e infelicidad entre todos los hijos de Dios. En resumen, podría exigir ese poder, ese don de Dios, como un derecho para abusar de él utilizándolo para hacer el mal.

La gracia es condicional

Muchos de los que profesan ser cristianos creen que no hay condiciones, nada que nosotros tengamos que hacer para recibir la gracia de Dios. Se rebelan contra la ley de Dios, se niegan a guardarla y desvirtúan la verdad diciendo que si Dios exigiera obediencia, ello significaría que la salvación se puede ganar con méritos. Ellos le demandan a Dios esto, mientras permanecen en rebelión contra Él y rehúsan cumplir su ley.

¡Pensemos adonde nos llevaría todo esto! ¡Entendámos­lo! La vida eterna, ciertamente, es un don gratuito de Dios. Nosotros no podemos ganarla ni merecerla, pues no es un derecho nuestro. No podemos exigírsela a Dios mientras nos rebelamos contra su gobierno y rehusamos dejar que Él gobierne nuestra vida.

Por lo tanto, Dios ha impuesto condiciones. El hecho de cumplirlas no nos hace merecedores de nada; pero Dios da su Espíritu Santo gratuitamente a aquellos que lo obedecen. No se trata de un pago o una recompensa, sino que las Escrituras hablan del “Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5:32). Así que es un don gratuito.

Este principio se puede ilustrar de la siguiente manera: Supongamos que un hombre rico llama a siete personas, y les dice: “Al que se adelante a recibirlo, le daré, como un don gratuito, una gran cantidad de dinero”. Por supuesto, el hecho de que las personas pasen a recibirlo no las hace merecedoras del dinero; antes bien, el adelantarse es sólo

un requisito que deben cumplir para recibir el don ofrecido.

La palabra “gracia” significa perdón inmerecido. Dios perdona a quienes se arrepienten. Y “arrepentirse” es deponer la rebelión, la hostilidad, la desobediencia; es comenzar a obedecer la ley de Dios. El hecho de que Dios no da el maravilloso don de la inmortalidad, junto con el poder divino que conlleva, a aquellos que lo emplearían para hacer mal, el hecho de que El opte por darlo solamente a quienes vayan a emplearlo correctamente, no significa que estos individuos lo hayan ganado o merecido por sus obras. Si no hubiera condiciones, entonces cada cual podría exigirlo y lo recibiría, no por gracia sino por derecho propio.

El solo hecho de la gracia requiere cumplir necesaria­mente las condiciones establecidas por Dios. Aun así es un don inmerecido. La obediencia a Dios no nos hace merecedores ni ganadores de nada. La obediencia es apenas lo que nosotros le debemos a Dios. En cambio, el derecho de primogenitura no tiene condiciones; es un derecho que se tiene al nacer.

¿Qué incluía la primogenitura?

Pocos han entendido exactamente cuáles fueron los bienes materiales heredados por primogenitura. Se trata de la herencia material más valiosa que jamás haya pasado de

padre a hijo, la riqueza y el poderío más colosales que hombre o imperio alguno haya poseído.

La primogenitura incluye toda la primera fase de las promesas hechas por Dios a Abraham. Dicho legado garantizaba incondicionalmente, bajo la autoridad de Dios Todopoderoso, una población multitudinaria, riquezas y recursos materiales incontables, grandeza nacional y poderío mundial.

Dios no sólo había prometido que descenderían de Abraham una potencia mundial y un conjunto o man­comunidad de naciones tan populosas como los granos de arena o como las estrellas, no sólo prometió que estos descendientes poseerían las puertas de naciones enemigas (lo cual en sí es indicativo de poderío y dominación en el mundo), sino que la primogenitura incluyó también riquezas materiales vastísimas y recursos naturales ilimita­dos. Esto se ve claramente en la bendición dada a Jacob, como explicaremos más adelante.

La primogenitura negada a Ismael

El derecho de primogenitura pasaba automáticamente al hijo mayor en cada generación, excepto en los tres casos cuando hubo intervención divina.

El Eterno escogió a Isaac para que heredara tanto el cetro como la primogenitura. Abraham tenía otros hijos, siendo Ismael el mayor, pero Dios escogió a Isaac, de manera que “Abraham dio todo cuanto tenía a Isaac” (Génesis 25:5). Isaac era el primogénito legítimo de Abraham, pues Ismael era hijo de Agar, la sierva egipcia de Sara.

Abraham amaba a Ismael y deseó para él la primo- genitura: “Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti” (Génesis 17:18).

Su esposa, Sara, era estéril. Pero Dios respondió: “Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. Y en cuanto a Ismael… le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera … y haré de él una gran nación. Mas yo estableceré mi pacto con Isaac …” (versículos 19-21).

Con respecto »a la nación que habría de descender de Ismael, el ángel del Eterno había dicho a Agar: “Él será hombre fiero; su mano será contra todos, y la mano de todos contra él; y al oriente [traducción correcta] de todos sus hermanos habitará” (Génesis 16:12).

Aquí se nos dan dos indicios: 1) Los descendientes de Ismael habrían de convertirse en una gran nación, pero no tan grande como las naciones de la primogenitura; y 2) habitarían al oriente de sus hermanos, los descen­dientes de Isaac poseedores de la primogenitura. Los hijos de Ismael se convirtieron en los árabes de hoy. La nación y conjunto de naciones que tienen la primogenitura deberán ser, pues, más grandes, más ricas, más poderosas y deben situarse geográficamente al occidente de las naciones árabes.

Abraham fue el paralelo humano de Dios Padre, e Isaac de Cristo. Hay mucho que decir al respecto, pero el espacio no nos permite entrar en detalles. Baste señalar que si nosotros somos de Cristo entonces somos hijos de Abraham (Gálatas 3:29), el padre de “los que son de fe” (Gálatas 3:7); que Abraham fue llamado a sacrificar a su único hijo (legítimo) y estuvo dispuesto a hacerlo (Génesis 22:2), tal como Dios dio su único hijo engendrado, Jesucristo, por los pecados del mundo; que Rebeca, esposa de Isaac, es símbolo de la Iglesia y tuvo que enamorarse de él y aceptarlo como esposo antes de verlo con sus ojos; y que Isaac nació por una promesa y por un milagro de Dios, así como Jesús nació milagrosamente de la virgen María.

Isaac tuvo hijos gemelos, Esaú y Jacob. Esaú fue el primogénito y, como tal, el heredero legal de la primogenitura. Pero subestimándola, optó por venderla a su hermano Jacob.

Esaú vende la primogenitura

Dios había escogido a Jacob, desde antes de nacer los gemelos, para que poseyera las promesas. Pero Jacob, influido por su madre, no confió en el Eterno sino que recurrió al engaño para arrebatar las promesas a Esaú.

El Eterno había dicho a Rebeca, respecto a Esaú y Jacob, que ellos serían los progenitores de dos naciones: “Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; y uno de esos pueblos será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor” (Génesis 25:23).

Sus descendientes, pues, habrían de formar dos pueblos divididos. La historia de cómo Jacob adquirió la primogenitura en forma fraudulenta y prematura, continúa en Génesis 25:27-34.

Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob. Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado. Por tanto, fue llamado su nombre Edom”.

Edom” signiñca literalmente “bermejo” o “rojo”. Esta será otra clave para comprender las profecías bíblicas, y el lector debe recordar siempre que “Edom” se refiere a Esaú. Muchas profecías sobre el tiempo actual y futuro hablan de Edom, y sólo pueden entenderse sabiendo que se refieren a los descendientes de Esaú: entre otros, la nación turca.

Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura”. Más tarde, Jacob le sustrajo a Esaú su bendición también. La historia de este engaño aparece en el capítulo 27 del Génesis.

El engaño de Jacob

Isaac era viejo y la vista le fallaba. Acercándose al final de su vida, llamó a Esaú para pedirle que saliera al campo, trajera alguna caza, la guisara y se la diera. Entonces le daría la bendición con la cual quedaría confirmado el derecho de primogenitura.

Pero Rebeca estaba escuchando, y mandó a Jacob rápidamente a que trajera dos cabritos. Ella los guisó de la manera que a Isaac le gustaba. Luego vistió a Jacob con ropas de Esaú. Jacob era lampiño y su hermano velloso; por tanto, su madre le cubrió las manos, los brazos y parte del cuello con las pieles de los cabritos.

Disfrazado de este modo, y con su guiso de cabrito, Jacob entró a recibir la bendición de su padre. “Y Jacob dijo a su padre: Yo soy Esaú tu primogénito” (Génesis 27:19).

Isaac se sorprendió de que hubiese traído la caza tan pronto, y comenzó a sospechar. Jacob mintió de nuevo, asegurando que el Eterno le había llevado la presa, pero Isaac detectó la voz de Jacob.

E Isaac dijo a Jacob: Acércate ahora, y te palparé, hijo mío, por si eres mi hijo Esaú o no. Y se acercó Jacob a su padre Isaac, quien le palpó, y dijo: La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú. Y no le conoció, porque sus manos eran vellosas como las manos de Esaú; y le bendijo” (versículos 21-23).

Lo que estaba incluido en la primogenitura

Ahora veamos lo que estaba incluido en esa bendición: “Y le dijo Isaac su padre: Acércate ahora, y bésame, hijo mío. Y Jacob se acercó, y le besó; y olió Isaac el olor de sus vestidos, y le bendijo, diciendo: Mira, el olor de mi hijo, como el olor del campo que el Eterno ha bendecido; Dios, pues, te dé del rocío del cielo, y de las grosuras de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Sírvante pueblos, y naciones se inclinen a ti; sé señor de tus hermanos, y se inclinen ante ti los hijos de tu madre. Malditos los que te maldijeren, y benditos los que te bendijeren” (Génesis 27:26-29).

Nótese bien que todas estas promesas son materiales, nacionales. Ni una de ellas tiene que ver con la salvación. Ninguna tiene que ver con vida después de la muerte. Aquí no hay nada de índole espiritual. Todas hablan solamente de esta vida física: prosperidad nacional, lluvias, abundancia de trigo y de mosto, la grosura de la tierra (es decir, las tierras fértiles), posesiones, ganancias. “Naciones se inclinen a ti”. “Sírvante pueblos”.

Cuando Esaú regresó y vio que su hermano lo había suplantado, sintió gran amargura y suplicó a su padre que lo bendijera a él también. Pero Isaac ya no podía invalidar la bendición dada a Jacob. Entonces pronunció la siguiente profecía sobre Esaú:

He aquí, será tu habitación [traducción correcta: lejos de las] grosuras de la tierra, y del rocío de los cielos de arriba; y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás; y sucederá cuando te fortalezcas, que descargarás su yugo de tu cerviz. Y aborreció Esaú a Jacob ..(versículos 39-41).

En el versículo 39 trascrito arriba, la preposición hebrea min debe traducirse, no “en” sino “lejos de”. En realidad, lo que se profetizó para Esaú fue más una maldición que una bendición. Y ella efectivamente aconteció a los descendientes de Esaú.

Profecía para Turquía

Los escasos registros de la historia, unidos a otras pruebas, muestran que algunos de los descendientes de Esaú llegaron a conocerse como turcos. Por lo tanto, debemos recordar que las profecías para los últimos tiempos que se refieren a Edom o Esaú generalmente están dirigidas a la nación turca.

La profecía de Isaac, pronunciada poco antes de morir, indicó que llegaría un momento en que los descendientes de Esaú tendrían dominio y romperían el yugo de los israelitas. Esto se ha cumplido. Los hijos de Israel, por su pecado, fueron sacados de la tierra prometida, que era parte de la primogenitura. Más tarde, los turcos alcanzaron poderío y dominio, y ocuparon Palestina 400 años antes de que pasara a manos de Inglaterra en 1917.

Una lección para nosotros

Volviendo al hilo de nuestra historia, antes de que Jacob naciera Dios le había revelado a su madre que Jacob debería recibir la primogenitura. Pero ella, en vez de esperar que el Eterno realizara esto a su manera, Rebeca planeó con Jacob la manera de obtener la primogenitura por medio de la mentira y el engaño.

Nosotros hoy podemos aprender una lección de este hecho. Así como Isaac es, en cierta forma, el símbolo de Cristo, también Rebeca es, en cierta forma, el símbolo de la Iglesia que aún adolece de debilidad espiritual y carnalidad.

A veces somos demasiado impacientes… le pedimos al Todopoderoso cosas que El ha prometido en su Palabra y queremos dictarle a El cómo y cuándo deben cumplirse. Tenemos que aprender a esperar a que el Señor actúe. El siempre hace las cosas a su manera y cuando considera apropiado hacerlas. Además, sabemos, porque Él lo ha dicho, que sus caminos no son los nuestros. Una vez que dejamos algo en manos del Todopoderoso, tengamos no sólo confianza sino también respeto por El, y dejemos el asunto para que El lo resuelva como bien le parezca.

Si Jacob hubiese confiado en el Eterno en vez de tomar las riendas él mismo, habría recibido la primogenitura en forma más digna. Tal como ocurrió, Jacob, cuyo nombre significa “Suplantador”, se vio en muchas dificultades — más que sus predecesores — para conseguir la bendición de Dios sobre la anhelada posesión.

Tuvo que soportar años de pruebas y dificultades, tuvo que luchar toda la noche con un ángel (Génesis 32:24-29), y tuvo que confesar que efectivamente era un “suplantador”, hasta que por fin Dios le dio su bendición, le quitó su nombre reprensivo y le dio otro nuevo, sin mancha: Israel, que significa “el que prevalece” o “el que se sobrepone con Dios”.

Hemos visto cómo las promesas fueron pasando de un individuo a otro: de Abraham a Isaac y de Isaac a Jacob. No hubo ramificaciones hasta tiempos de Jacob, sino que durante tres generaciones el beneficiario de la primogenitura era un solo hombre. Pero Jacob tuvo 12 hijos, y ellos dieron origen a “una nación y conjunto de naciones” (Génesis 35:11).

Rubén pierde la primogenitura

El siguiente heredero legal de la primogenitura era Rubén, hijo mayor de Israel y su esposa Lea. Pero Rubén la perdió, al igual que Esaú, y la recibió José, decimoprimer hijo de Jacob pero primogénito de Raquel, la segunda esposa a quien él verdaderamente amaba.

La primogenitura pertenecía legalmente a Rubén, no a José. La Biblia nos narra en I Crónicas 5:1-2 cómo llegó a manos de José: “Los hijos de Rubén primogénito de Israel (porque él era el primogénito, mas como violó el lecho de su padre, sus derechos de primogenitura fueron dados a los hijos de José, hijo de Israel, y no fue contado por primogénito; bien que Judá llegó a ser el mayor sobre sus hermanos, y el príncipe de ellos; mas el derecho de primogenitura fue de José)”.

En este punto, pues, las dos fases de las promesas abrahámicas se separan: por un lado la primogenitura, o sea las promesas materiales y nacionales, y por otro lado el cetro, o sea las promesas espirituales y aquellas relativas al linaje real.

Es de primordial importancia recordar que la primogeni­tura, incluyendo la tierra prometida que hoy se llama Palestina, así como una población multitudinaria, prosperi­dad nacional y predominio sobre otras naciones, pasó a José y a sus hijos. La primogenitura no fue heredada por todas las tribus de Israel. No fue heredada por los judíos. Esas promesas nacionales se transmitieron sólo a una parte de los israelitas, a saber, los descendientes de José.

Por lo tanto, las promesas materiales, referentes a esta vida, pertenecen a una tribu totalmente distinta de aquella que posee la promesa del cetro, o sea del linaje real que culmina con Jesucristo, pues esta última promesa, la espiritual, pasó a la tribu de Judá.

Para resumir, debe quedar muy claro que hubo dos tipos de promesas. Las promesas acerca de Cristo correspondieron a Judá, pero las promesas nacionales y materiales correspondie­ron a otra tribu totalmente distinta, la de José. Esta es una clave esencial para entender las profecías.

Jacob murió estando con sus hijos en Egipto. El lector debe conocer ya la historia de José: cómo sus hermanos lo vendieron; cómo llegó a Egipto y allí fue encargado de administrar los alimentos; cómo llegó a ser el primer ministro, segundo en línea de mando después del rey y verdadero gobernante de la nación; cómo hubo siete años de abundancia seguidos de siete años de hambre, durante los cuales solamente en Egipto había alimentos, almacenados bajo la supervisión de José; cómo los hermanos de José viajaron a Egipto en busca de alimento; cómo José los indujo a traer a su padre y a su hermano menor Benjamín; y por último, cómo José reveló su identidad a sus hermanos, entre llanto y regocijo.

¡Cuán profético fue todo aquello! La identidad de José ha de revelarse nuevamente a sus hermanos y al mundo … una identidad desconocida para el mundo ahora.

La primogenitura dada a los hijos de José

Llegó el momento de transmitir la primogenitura a una nueva generación. Veamos cómo ocurrió la dramática escena.

Tuvo lugar en Egipto, después que José había logrado llevar allí a su padre y todos sus hermanos. Recordemos que José era primer ministro de la nación.

José tuvo noticia de que su padre se hallaba enfermo. Tomando a sus dos hijos, Manasés y Efraín, hijos de madre egipcia, corrió al lecho del patriarca.

Entonces se esforzó Israel, y se sentó sobre la cama, y dijo a José: El Dios Omnipotente me apareció en Luz en la tierra de Canaán, y me bendijo, y me dijo: He aquí yo te haré crecer, y te multiplicaré, y te pondré por estirpe de naciones; y daré esta tierra a tu descendencia después de ti por heredad perpetua” (Génesis 48:2-4).

Nótese cuáles eran las promesas. La primogenitura iba a pasar a una nueva generación. Nada se dice en el sentido de que todas las familias de la Tierra serían bendecidas en su simiente, una simiente. Nada se dice acerca de reyes. Nada se menciona acerca de bendiciones espirituales. Estas promesas de la primogenitura hablan de la progenie, de muchos descendientes y pueblos, y de la posesión de la tierra prometida. Ahora continuemos:

Y ahora tus dos hijos Efraín y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto, antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, míos son; como Rubén y Simeón, serán míos” (versículo 5).

En esta forma, Jacob adoptó a los dos hijos de José y los hizo hijos legales suyos, sin duda porque tenían sangre egipcia. Israel los convirtió en sus propios hijos adoptivos para que pudiera pasar a ellos la primogenitura. Nótese también que en el primer versículo de este capítulo 48 del Génesis, el nombre que se menciona primero es el de Manasés, porque Manasés era el mayor. Pero ahora el anciano Jacob mencionaba primero el nombre de Efraín. ¡Era Dios quien lo guiaba!

Jacob dijo a José: “Acércalos ahora a mí, y los bendeciré.

Y los ojos de Israel estaban tan agravados por la vejez, que no podía ver” (versículos 9-10).

Recordemos que la primogenitura pertenece legalmente al hijo mayor, salvo alguna intervención divina. La mano derecha de Jacob debía descansar sobre la cabeza del primogénito, quien recibiría la bendición. Por esta razón, “los tomó José a ambos, Efraín a su derecha, a la izquierda de

Israel, y Manasés a su izquierda, a la derecha de Israel; y los acercó a él” (versículo 13).

El nombre de Israel pasa a los hijos de José

Pero nuevamente el Eterno intervino en el momento de conferirse este derecho de primogenitura. Jacob había perdido la vista hasta tal punto que no discernía a los muchachos delante de él. Sin embargo, cruzó las manos y “extendió su mano derecha, y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el menor, y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, colocando así sus manos adrede, aunque Manasés era el primogénito. Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Angel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multipliqúense en gran manera en medio de la tierra” (Génesis 48:14-16).

¿Quiénes habrían de multiplicarse en gran manera? ¿Quiénes habrían de tener la numerosa descendencia que sumaría miles de millones? No era Judá, padre de los judíos, sino Efraín y Manasés. ¿Por qué los dirigentes religiosos y estudiosos de la Biblia no han captado esta verdad expuesta tan claramente en las Sagradas Escrituras?

Israel no confirió esta bendición a uno solo sino a ambos: “Bendiga a estos jóvenes”. Parte de la bendición conjunta era: “Sea perpetuado en ellos mi nombre”. Su nombre era Israel. Por lo tanto, el nombre de Israel no ha pasado a los judíos, descendientes de Judá, sino a los descendientes de estos jóvenes. Queda, pues, claro que el nombre Israel habría de atribuirse a Efraín y Manasés.

Esta es una verdad pasmosa, pero muy clara. Recordemos que estos pasajes no requieren “interpretación” ni esconden ningún “significado especial” o “simbolismo oculto”. Se trata de una afirmación clara y escueta: que el nombre de Jacob, cambiado a Israel, sería posesión y propiedad de los pueblos de Efraín y Manasés. Sería el rótulo que identificaría a estos pueblos.

Entonces, ¿quién es, según la Biblia, el verdadero Israel de hoy (hablando en el aspecto nacional)? ¡Efraín y Manasés!

Efraín y Manasés recibieron conjuntamente el derecho al nombre de Israel. Este habría de convertirse en el nombre nacional de sus descendientes … y sus descendientes no son los judíos. Por lo tanto, muchas de las profecías acerca de “Israel” o “Jacob” no se están refiriendo a los judíos ni a las naciones formadas por los descendientes de otras tribus israelitas. Pocos son los teólogos, religiosos o estudiosos de la Biblia que conocen esta verdad. Muchos rehúsan reconocerla.

Los descendientes de estos dos jóvenes, Efraín y Manasés, habrían de convertirse en la gran multitud prometida, la nación y conjunto de naciones. Las bendiciones materiales son para ambos … ¡pero no para las otras tribus!

Jacob cruza las manos

En este momento José se dio cuenta de que Jacob no tenía su mano derecha sobre la cabeza del primogénito, y trató de cambiarla:

Y dijo José a su padre: No así, padre mío, porque éste es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza. Mas su padre no quiso, y dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé; también él vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia formará multitud [un conjunto] de naciones. Y los bendijo aquel día, diciendo: En ti bendecirá Israel, diciendo: Hágate Dios como a Efraín y como a Manasés. Y puso a Efraín antes de Manasés” (Génesis 48:18-20). En este punto las promesas dejan de ser colectivas; ya no se hacen conjuntamente a los dos jóvenes. Jacob profetiza ahora individualmente para cada uno.

Como hemos visto antes, la descendencia numerosa habría de formar “una nación y conjunto de naciones”. Ahora vemos que la “nación” que sería verdaderamente grande saldría de Manasés, hijo de José. El conjunto de naciones saldría de Efraín. Nótese, sin embargo, que antes de dividirse las promesas, esta bendición profética indica claramente que los descendientes de estos jóvenes permanecerían juntos y que juntos crecerían hasta formar una multitud, para luego separarse: Manasés se convertiría en una gran nación y Efraín en un conjunto de naciones.

Este es otro detalle de las futuras características de estos pueblos. El cumplimiento de esta profecía no se hallaría en los hijos de Judá ni en los descendientes de las demás tribus. La promesa de una gran nación y un conjunto de naciones, que en unión formarían una gran multitud con enorme prosperidad material y nacional y poseerían las puertas de las demás, se aplica únicamente a estos dos jóvenes y a las tribus que de ellos salieron.

Debemos añadir aquí que las tribus de Efraín y Manasés nunca alcanzaron tal superioridad en tiempos de la historia bíblica. Algunos pensarán que la casa de Judá fue la nación y las 10 tribus el conjunto de naciones. Pero ninguna de estas promesas fue para Judá ni para las demás tribus; antes bien, todas fueron para José: las dos tribus de Efraín y Manasés.

Estas profecías nunca se cumplieron en tiempos bíblicos. Por consiguiente, ¡tenemos que buscar su cumplimiento entre el final del relato histórico de la Biblia y el tiempo actual!

Una profecía para hoy

Estando aún en espíritu de profecía, Jacob reunió a sus 12 hijos para decirles cómo seria la descendencia de cada uno en los últimos tiempos. Estas profecías deben ayudarnos a identificar a los descendientes de las tribus de Israel hoy. Por falta de espacio, hablaremos aquí solamente de Judá y José. Los descendientes de José estaban divididos en dos tribus, Efraín y Manasés, y la Biblia suele llamarlos por estos dos nombres. El hecho de que aquí se les nombre “José” indica claramente que la profecía se aplica a ambos.

Y llamó Jacob a sus hijos, y dijo: Juntaos, y os declararé lo que os ha de acontecer en los días venideros … Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán a ti. Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:1, 8-10). La palabra Siloh se refiere al Mesías, el Príncipe de Paz o la “simiente” de Abraham.

La promesa para José

Respecto a José, las tribus conjuntas de Efraín y Manasés, Israel profetizó para nuestros tiempos: “Rama fructífera es José [esto refleja la promesa de las multitudes incluida en la primogenitura], rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro” (Génesis 49:22).

Por consiguiente, hemos de hallar a los hijos de José en los últimos tiempos convertidos en un pueblo numeroso, una gran nación y un conjunto de naciones, cuyos vástagos o hijos “se extienden sobre el muro”, es decir, se extienden más allá de las fronteras nacionales. En otras palabras, sería un pueblo colonizador. Luego la profecía sigue:

… el Dios Omnipotente … te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre. Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores; hasta el término de los collados eternos serán sobre la cabeza de José, y sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermanos” (versículos 25-26).

Veremos que estos descendientes de José, poseedores de las promesas de la primogenitura, se convirtieron efectiva­mente en un pueblo numeroso y colonizador, se extendieron “al occidente, al oriente, al norte y al sur” hasta que cubrieron todo el globo. Poseyeron las “puertas” de las naciones enemigas. Jamás regresaron a Jerusalén desde Asiria, adonde fueron llevados con las 10 tribus después del año 721 A.C., y nunca más se mezclaron con los judíos desde entonces. Estas son promesas y profecías que no se han cumplido nunca en los judíos, en la Iglesia, en los indios americanos ni en grupo alguno excepto la verdadera Israel de nuestros días. Y se han cumplido, ¡porque la Palabra de Dios es segura!

Capítulo V

EL PACTO DAVÍDICO

Después de la muerte de Jacob y de sus 12 hijos en Egipto, sus descendientes aumentaron en dos siglos y cuarto hasta contar probablemente de dos a tres millones.

Pero los hijos de Israel fueron esclavizados: “Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fueron fecundos y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra. Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José … Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, y amargaron su vida con dura servidumbre” (Éxodo 1:6-8, 13-14).

Entonces Dios levantó a Moisés y lo preparó para sacar de Egipto y de la esclavitud a los hijos de Israel.

Cuando llegaron al monte Sinaí en el desierto peninsular, Dios hizo un pacto con ellos y los estableció como una nación, su nación entre todos los reinos del mundo. Su gobierno era teocrático, con leyes civiles y espirituales procedentes directamente de Dios. Él mismo era su rey y los gobernaba por medio de jueces.

Dios, el primer rey de Israel

Dios era el único rey de Israel. El reino de Israel era a la vez iglesia y estado. Hechos 7:38 nos dice que los israelitas formaron la iglesia en el desierto (la palabra “congregación” tiene exactamente el mismo significado de la palabra“iglesia”). Por lo tanto, Israel tenía más de un código de leyes. Dios le dio un doble gobierno: a la congregación o iglesia le dio las leyes rituales, como sacrificios de animales, ofrendas de carnes y bebidas, y ordenanzas carnales.

Pero Israel también tenía un gobierno civil, para el cual Dios estableció funcionarios y leyes civiles, estatutos y juicios. El gran código central, base tanto del gobierno civil como del eclesiástico, eran los diez mandamientos, ley espiritual general pronunciada personalmente por Dios ante toda la congregación y escrita por su propia mano en tablas de piedra.

¡Dios fue su rey durante varias generaciones después del éxodo de Egipto! (Esta historia se encuentra en los libros de Moisés, Josué y Jueces.) Cada tribu vivía separadamente, ocupando su propio territorio o distrito, pero el conjunto formaba una sola nación.

Los levitas eran una tribu sacerdotal y estaban mezclados entre las demás tribus, pues no tenían parte en la herencia de la tierra ni territorio propio (con excepción de algunas ciudades). Para compensar esto, los hijos de José estaban divididos en dos tribus, las de Efraín y Manasés, distin­guiéndose así 12 tribus separadas, cada una con su propio territorio o provincia, además de los levitas que estaban esparcidos entre todas las demás tribus.

Durante todos estos años, la primogenitura y el cetro permanecieron dentro de esta nación unida: la primogenitura heredada en las tribus de Efraín y Manasés, y el cetro en Judá.

Descontentos con Dios

Los hijos de Israel eran humanos, tanto como cualquiera de nosotros. Murmuraban y se quejaban continuamente. Sus mentes carnales eran hostiles hacia Dios y sus leyes, del mismo modo como lo son hoy las mentes humanas (Romanos 8:7). Pronto se cansaron de tener a Dios como rey, y exigieron el nombramiento de un hombre, a semejanza de las naciones gentiles a su alrededor. Así también hoy queremos ser como los no cristianos que nos rodean, en vez de conformarnos estrictamente a los caminos de Dios, como su Palabra nos instruye. La naturaleza humana siempre ha sido así.

Cuando los ancianos de Israel vinieron a Samuel exigiendo el nombramiento de un hombre como rey, esto naturalmente le disgustó al profeta. Pero el Eterno le dijo: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos … Ahora, pues, oye su voz; pero adviérteles solemnemente, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos” (I Samuel 8:7-9).

Saúl fue su primer rey humano. Él desobedeció a Dios y, por último, fue rechazado; posteriormente fue muerto en batalla. Su único hijo sobreviviente, Is-boset, fue asesinado después de haber reinado sólo dos años (II Samuel 2:10). Pero Is-boset nunca reinó sobre Judá; la dinastía de Saúl terminó después de un breve reinado sobre parte de Israel. Dios lo rechazó terminando su dinastía.

La dinastía de David permaneceria para siempre

David sucedió a Saúl, sentándose sobre el trono del Eterno. Salomón, hijo de David, también se sentó sobre el trono de Dios. “Y se sentó Salomón por rey en el trono del Eterno en lugar de David su padre” (I Crónicas 29:23; ver también II Crónicas 9:8).

Debemos subrayar aquí un hecho muy importante. Antes de Saúl, el Eterno había sido rey sobre Israel; y los reyes humanos se sentaron sobre el trono de Él. El Eterno “Señor” es Jesucristo, quien estaba con el Padre desde antes que el mundo fuera (Juan 17:5 y 1:1-2, 14). Jesús es al mismo tiempo “raíz” y “linaje”, o hijo, de David (Apocalipsis 22:16). Puesto que era la “raíz”, el trono le pertenecía antes que David naciera; por consiguiente, David se sentó sobre el trono del Eterno. En segundo lugar, puesto que Jesucristo era el hijo legítimo y carnal de David, por herencia se hizo nuevamente acreedor a aquel trono, continuando así la dinastía de David. Por eso, cuando Jesucristo regrese a la Tierra, ¡Él tendrá doble derecho al trono de David!

Llegamos ahora a un hecho increíble, fantástico, pero ¡cierto! Mientras David fue rey, Dios hizo con él un pacto perpetuo e incondicional que Dios no puede quebrantar jamás. ¡Este pacto es aun más asombroso que el pacto incondicional realizado con Abraham!

Hay que entender muy claramente y retener en la memoria exactamente cuál fue el pacto que el Todopoderoso hizo con David. Este pacto señala el propósito y la misión de Cristo, y es una clave importante para comprender la Biblia.

En II Samuel 23: 5 leemos lo siguiente: “Estas son las palabras postreras de David . .. Dios … ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardadoEs decir, un pacto que ha de perdurar para siempre y que ¡no puede fallar!

Volvamos al capítulo 7 de II de Samuel para algunos detalles específicos. Dios le hizo a David esta promesa cuando David estaba preocupado porque el arca del pacto permanecía en un tabernáculo; él quería construir un gran templo en Jerusalén.

Aconteció aquella noche, que vino palabra del Eterno a Natán, diciendo: Ve y di a mi siervo David: Así ha dicho el Eterno: ¿Tú me has de edificar casa en que yo more? .. . cuan­do tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje [Salomón], el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él por padre, y él me será a mí por hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (II Samuel 7: 12-16).

Detalles para tener en cuenta

Tomemos nota cuidadosa de los siguientes puntos:

1) El trono de David continuó con su hijo Salomón.

2) El trono de David (versículo 16) fue establecido para siempre a partir de Salomón (versículo 13). No dice en ninguna parte que Dios establecería el trono con Cristo a su venida, antes bien dice que quedaría confirmado para siempre en Salomón.

3) ¿Y si Salomón o los hijos de Israel desobedecieran? ¿Cesaría el pacto? Los versículos 14-15 dicen que si ellos cometieran iniquidad, Dios los castigaría con vara de hombres, pero no anularía este pacto. ¡El trono permanecería para siempre de todas maneras!

4) Nótese especialmente que en caso de desobedecer, Dios no quitaría el trono como sí lo hizo con Saúl. ¿Cómo se lo quitó a Saúl? ¡Terminando su dinastía! Ningún hijo de Saúl se sentó jamás sobre su trono. En cambio, la dinastía de Salomón no tendría fin; el castigo de la desobediencia llegaría por mano de hombre.

5) Dios estableció su trono firmemente con David y con Salomón. Si el trono de David dejara de existir, aun por el término de una generación, ¿podríamos afirmar que había sido establecido para siempre como Dios aquí lo promete?

¡He aquí un hecho tan poco comprendido como cualquiera en la Biblia! Dios Todopoderoso hizo con David un pacto absolutamente obligatorio (y veremos exactamente cuán obligatorio), garantizando incondicionalmente que a partir de aquel momento, ¡jamás habría una generación sin un descendiente de David sentado sobre ese trono y gobernando a hijos de Israel! Era la promesa garantizada de una dinastía continua e inquebrantada, por todas las generaciones, para siempre.

¡Es difícil de creer! Sin embargo, Dios así lo prometió y garantizó. No habría condiciones, nada podría evitarlo; los pecados del pueblo no lo alterarían, ¡la promesa permanecería inmutable!

El final de la historia

¿Dónde se encuentra aquel trono hoy? La historia bíblica presenta una serie de reyes, todos descendientes de David, que perpetuaron una dinastía continua hasta el año 585 A.C. En ese año el rey Sedequías, último del relato bíblico que se sentó sobre aquel trono, fue capturado por los ejércitos del rey Nabucodonosor de Babilonia. Después de sacarle los ojos, lo llevaron a Babilonia donde murió prisionero.

Además, todos sus hijos fueron muertos. Todos los nobles de Judá que no estaban ya presos o esclavizados en Babilonia fueron asesinados, de modo que ninguno sobrevivió para ocupar el trono de David. Los caldeos destruyeron a Jerusalén, quemaron el templo y las casas reales, y se llevaron cautivos y esclavos a los judíos. Ciertamente no hay constancia de ningún rey de la línea de David que haya gobernado sobre Judá desde aquel día hasta hoy. Pero la línea de Joaquín sobrevivió en el cautiverio babilónico, y de esta línea de David descendió Jesús.

Algunos dirán que el trono se establece hoy en Cristo, ¡pero Él aún no se ha posesionado del trono! En la parábola de Lucas 19:12, Jesús es el noble que se va a un país lejano (el cielo) para recibir el derecho a un reino y después regresar. ¡Jesucristo no se sentará sobre el trono de David hasta que venga a la Tierra por segunda vez!

Pero, ¿qué de los casi 600 años desde la muerte del rey Sedequías hasta el nacimiento de Jesucristo? ¿Quién reinó sobre los israelitas ocupando el trono de David durante todas esas generaciones? Si nadie reinó debemos concluir que Dios incumplió su palabra, o que la Escritura fue quebrantada. ¡La respuesta es un misterio más increíble que cualquier fábula! La Biblia lo revela paso por paso.

Algunos, refiriéndose a la expresión “yo afirmaré” (II Samuel 7:13), pensarán que quizá Dios establecerá aquel trono para siempre a la segunda venida de Cristo. Pero esto tampoco es una explicación aceptable, pues si el trono de David ha dejado de existir todos estos siglos, ¿de manos de quién lo recibirá Cristo? Dios prometió claramente que establecería el trono en Salomón: “Yo afirmaré para siempre el trono de su [de Salomón] reino” (II Samuel 7:13). No habló de establecerlo en Cristo a su segunda venida, después de muchos siglos. Estaba hablando de Salomón, no de Cristo, pues dijo: “Y si él hiciere mal, yo le castigaré” (versículo 14). Pero existe otra escritura que pone fin a toda especulación acerca de cuándo fue establecido este trono: “Oídme, Jeroboam y todo Israel. ¿No sabéis vosotros que el Eterno Dios de Israel dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, bajo pacto de sal?” (II Crónicas 13:4-5). Aquí se demuestra que el trono fue establecido en el pasado. Dios le dio aquel reino a David y a sus hijos, no a su Hijo, Cristo, sino a sus hijos, en plural, continuamente y para siempre.

Establecido por todas las generaciones

Hice un pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: Para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones” (Salmos 89:3-4). ¡Notémoslo! Aquel trono, establecido para siempre, habría de afirmarse por todas las generaciones de manera continua y perpetua, ¡para siempre! “Todas las generaciones” ciertamente incluye no sólo las generaciones desde David hasta Sedequías que están consignadas en la Biblia, sino también las siguientes hasta el nacimiento de Cristo. ¿Quién ocupó el trono durante esas generaciones? Si dejó de existir con Sedequías, entonces ya no existe hoy, y ¿cómo se sentará Cristo sobre un trono inexistente?

Cristo no está sentado ahora en ese trono, sino en el trono de Dios Todopoderoso en el cielo (Apocalipsis 3:21).

Entonces, ¿qué sucede con nuestra generación actual? ¿Dónde hay un descendiente de David sentado en línea de sucesión ininterrumpida sobre el trono de David y reinando sobre hijos de Israel?

¿Es de extrañarse que algunas personas hayan perdido su fe en la Biblia al ver estas promesas incondicionales, pero sin reconocer su cumplimiento. Sin embargo, si tenemos paciencia, ¡nosotros lo veremos!

El Salmo 89, versículo 28, continúa: “Para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto con él será estable. Estableceré su descendencia para siempre, y su trono como los días de los cielos”.

Consideremos por un momento el significado de la palabra “descendencia”. Esta descendencia no es toda la población de los hijos de Israel sino los descendientes o hijos de David, los cuales habrían de ser reyes. David pertenecía a la tribu de Judá, que poseía el cetro, no la primogenitura. Su “descendencia” sería una línea real, de modo que literalmente significa su dinastía o linaje reinante.

Mientras su trono permanece por todas las generaciones, como los días del cielo, consideremos el siguiente versículo: “Si dejan sus hijos mi ley, y no andan en mis juicios, si profanan mis estatutos, y no guardan mis mandamientos, entonces castigaré con vara sus transgresiones, y con azotes sus iniquidades. Mas no retiraré de él mi misericordia, ni desmentiré mi verdad. No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios. Una vez por todas he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su descendencia [dinastía] durará por siempre, y su trono como el sol delante de mí. Como la luna permanecerá para siempre, y como un testigo fiel en el cielo” (Salmos 89:30-37).

Aquí habla de los hijos o descendientes que podrían desobedecer y apartarse de la ley de Dios. Algunos dicen que el pacto era condicional, que fue quebrantado por la desobediencia de los hijos de Israel y que, por consiguiente, el trono dejó de existir. Pero, ¿qué dijo el Todopoderoso? Que si los hijos desobedecían y quebrantaban el pacto, serían castigados por su transgresión, pero ¡no sería quebrantado el pacto incondicional de Dios con David!

Hay quienes afirman que Cristo se posesionó del trono. Pero no fue así, pues El fue crucificado, resucitó y ascendió al cielo. Vendrá luego para sentarse en el trono como Rey de reyes y Señor de señores, pero ¿cómo podrá sentarse sobre un trono que hace mucho tiempo dejó de existir?

¿Vendrá Jesucristo a un trono inexistente?

Si el trono de David dejó de existir con Sedequías, significa que no existe ya hoy. Y si no existe, ¿cómo se sentará Jesucristo sobre un trono inexistente? (ver Lucas 1:31-32). Y como debía existir por todas las generaciones, ¿qué pasó con las muchas generaciones entre Sedequías y el nacimiento de Jesús?

El profeta Jeremías habló de acontecimientos que ocurrirán al tiempo de la segunda venida de Cristo. El profeta se encontraba preso en Jerusalén cuando escribió esta profecía. Los ejércitos de Babilonia estaban llevando cautivos a los judíos. Dios le dijo a Jeremías: “Te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces . .. acerca de las casas de esta ciudad, y de las casas de los reyes de Judá, derriba­das …” (Jeremías 33:3-4).

Jeremías sabía que las casas de los reyes estaban siendo destruidas, que se estaba quitando el trono de David de Jerusalén, pero Dios le reveló en seguida algo tranquilizador: El trono de David estaría ininterrumpidamente sobre los israelitas, y en el tiempo del fin (la época actual) volvería a afirmarse en Jerusalén. Sería la misma dinastía. ¡El Mesías se sentará sobre un trono existente!

Esta es la profecía de lo que ha de suceder a la venida gloriosa de Cristo: “He aquí que vienen días, dice el Eterno, en que yo cumpliré la buena palabra que he hablado acerca de la casa de Israel y de la casa de Judá” (Jeremías 33:14). Nótese que esta promesa de la dinastía continua de David es una promesa no sólo a la casa de Judá sino también a la casa de Israel. Desde que se dividieron las dos naciones, el trono o cetro quedó en Judá; pero la promesa se cumplirá cuando Cristo regrese, ¡y es para Israel tanto como para Judá!

Continúa: “En aquellos días y en aquel tiempo haré brotar a David un Renuevo de justicia [el Mesías], y ejecutará justicia y equidad en la tierra” (versículo 15). Aquí habla del reinado de Cristo como Rey de reyes. Jesús, descendiente de David por su nacimiento humano (Romanos 1:3), era el Renuevo de justicia o rama de David.

En aquellos días Judá será salvo, y Jerusalén habitará segura … Porque así dice el Eterno: No faltará a David varón que se siente sobre el trono de la casa de Israel” (versículos 16-17). ¡Nótese! No dice que no le faltaría quien se sentara sobre el trono después de 2500 años. Dice que jamás, en ningún momento, le faltaría a David un descendiente que se sentara sobre su trono.

¿Sobre quiénes reinaría?

El trono no estaría sobre los judíos

¡No estaría sobre Judá! La Biblia misma lo dice. Durante estos 2500 años no le faltaría a David quien se sentara sobre su trono, pero reinando en la casa de Israel, no de Judá.

Dios le reveló esta profecía a Jeremías en el momento en que el trono se estaba desarraigando de Judá. Durante los 2500 años hasta la segunda venida de Jesucristo, ¡habría de ser el trono de la casa de Israel!

Está claro que después del retorno de Jesucristo, Israel ofrecerá nuevamente sacrificios y ofrendas encendidas. La profecía de Ezequiel, desde el capítulo 40 hasta el final del libro, habla de este período y menciona tales sacrificios. Mas para entonces, la tribu de Leví no habrá sido destruida, pues vivirán aún los descendientes de aquella tribu sacerdotal. En Jeremías 33:18 leemos: “Ni a los sacerdotes y levitas faltará varón que delante de mí ofrezca holocausto y encienda ofrenda, y que haga sacrificio todos los días”. Esto no quiere decir que se habrán ofrecido sacrificios durante todos estos años anteriores a la venida de Jesucristo. Otras escrituras demuestran claramente que los cristianos no deben ofrecer sacrificios una vez cumplido el sacrificio de Cristo, y que tampoco fueron ofrecidos por los judíos después de la destrucción del templo en el año 70 d.c. Pero otras profecías anteriores demuestran igualmente que los descendientes de David reinarían en el trono de David durante todas las generaciones, comenzando por Salomón.

Es posible que muchos, si no la mayoría, de los llamados al verdadero ministerio de Jesucristo durante todos estos siglos hayan sido de la tribu de Leví, puesto que muchos de los levitas se quedaron entre las 10 tribus (aunque sabemos que muchos otros permanecieron entre los judíos). Los levitas perdieron así su identidad junto con las 10 tribus.

Notemos ahora la obligatoriedad del pacto de Dios con David: “Así dice el Eterno: Si podéis invalidar mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no haya día ni noche a su tiempo, entonces podrá también invalidarse mi pacto con mi siervo David, para que le falte un hijo que reine sobre su trono ..(Jeremías 33:20-21).

Lo que dice la gente

Continuemos: “¿No has echado de ver lo que habla este pueblo, diciendo: Las dos familias que el Eterno había escogido, las ha desechado? Y han tenido en poco a mi pueblo, hasta no tenerlo más por nación” (versículo 24).

Esto es lo que la gente ha estado diciendo, tal como lo fue profetizado. Dicen que los judíos fueron esparcidos entre todas las naciones, que son individuos dispersos, que ya no forman una nación con gobierno propio. Así lo han sostenido los mismos judíos y así ha dicho todo el mundo. Pero, ¿qué ha dicho Dios?

El siguiente versículo nos dice: “Pues bien, dice así el Eterno: Si no permanece mi pacto con el día y la noche, si yo no he puesto las leyes del cielo y la tierra, también desecharé la descendencia de Jacob, y de David mi siervo, para no tomar de su descendencia quien sea señor sobre la posteridad de

Abraham, de Isaac y de Jacob; porque yo haré volver sus cautivos, y tendré compasión de ellos” (Jeremías 33:25-26).

Una prueba de la veracidad bíblica

¡Palabras fuertes aquellas! El Todopoderoso dice que a menos que podamos lograr que esta vieja Tierra deje de girar sobre su eje, y si no podemos quitar el Sol, la Luna y las estrellas del cielo, entonces menos aún podremos impedir que El cumpla su pacto de mantener continuamente por todas las generaciones, para siempre, desde los días de David y Salomón, a un descendiente de David en una dinastía continua sobre aquel trono.

No tiene que gobernar necesariamente sobre toda la casa de Israel, pero sí sobre algunos de ellos, suficientes como para formar una nación.

La promesa del pacto hecha a David es clara y definitiva. O su dinastía ha continuado y existe hoy, reinando sobre la casa de Israel (no los judíos), ¡o la Palabra de Dios ha fallado!

Recordemos otra vez la promesa del cetro que incluye este linaje de reyes que culminará con Cristo a su segunda venida. “No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh [Cristo]; y a él se congregarán los pueblos” (Génesis 49:10).

¿Se ha quitado el cetro de Judá? ¿Ha dejado de existir aquel trono? ¿O existe hoy, tal como Dios lo prometió, un trono existente y vigente del cual Jesucristo se podrá posesionar cuando regrese a la Tierra?

La infalibilidad de la Biblia, la Palabra de Dios, ¡está en juego!

Capítulo VI

LOS HIJOS DE ISRAEL FORMAN DOS NACIONES

La casa de Israel ¡no es judía! Sus miembros no son judíos .y nunca lo fueron. Ahora demostraremos ese hecho de manera definitiva e irrefutable.

Muerto David, su hijo Salomón le sucedió en el trono sobre Israel. Salomón impuso tributos excesivos al pueblo y reinó con gran esplendor, probablemente jamás igualado.

Tomó esposas gentiles de otras naciones, y por causa de ellas quemó incienso y ofreció sacrificios a Moloc y a otros ídolos. “Y dijo el Eterno a Salomón: Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo. Sin embargo, no lo haré en tus días, por amor a David tu padre; lo romperé de la mano de tu hijo. Pero no romperé todo el reino, sino que daré una tribu a tu hijo, por amor a David mi siervo, y por amor a Jerusalén, la cual yo he elegido” (I Reyes 11:11-13).

Israel separada del trono de David

Según esta escritura, el reino en sí, no parte de él, habría de romperse o separarse; pero una parte, una tribu, habría de permanecer. Ahora nótese que aunque Salomón merecía que el reino se separara, Dios dejaría una tribu, no por indulgencia con Salomón sino “por amor a David”.

Dios ha hecho un pacto perpetuo e incondicional con

David, y Él no lo quebrantará. Por esa razón la promesa del cetro sigue vigente y al gobernante se le permite gobernar al menos sobre una parte de los hijos de Israel.

En I Reyes 11:26 leemos de Jeroboam, hijo de Nabat, efrateo (de Efraín), siervo de Salomón, quien se constituyó gobernante sobre la “casa de José”, es decir Efraín y Manasés. Por medio del profeta Ahías, el Eterno dice a Jeroboam: “He aquí que yo rompo el reino de la mano de Salomón, y a ti te daré diez tribus . . . Pero no quitaré nada del reino de sus manos … por amor a David mi siervo, al cual yo elegí, y quien guardó mis mandamientos y mis estatutos. Pero quitaré el reino de la mano de su hijo, y lo daré a ti, diez tribus. Y a su hijo daré una tribu, para que mi siervo David tenga lámpara todos los días delante de mí en Jerusalén, ciudad que yo me elegí para poner en ella mi nombre. Yo, pues, te tomaré a ti, y tú reinarás en todas las cosas que desee tu alma, y serás rey sobre Israel” (I Reyes 11:31-37).

Estas palabras dejan en claro dos hechos: La nación de Israel se le quitaría al hijo de Salomón y se entregaría a Jeroboam. No era sólo una tribu o unas pocas tribus, sino la nación llamada Israel. Israel, pues, pasaría a ser gobernada por Jeroboam, de la tribu de Efraín.

El título nacional de “Israel” se le dio al reino formado por las 10 tribus, pues no olvidemos que el nombre “Israel” estaba sobre los hijos de José (Génesis 48:16). Dondequiera que ellos estén, la Biblia los llama por el nombre de la nación Israel. Para el mundo hoy, han perdido su identidad; pero en la profecía bíblica son ellos y no los judíos quienes son llamados Israel. Y ellos encabezaban la nación formada por las 10 tribus de Israel.

Por otra parte, Dios dejó una tribu a los hijos de Salomón en Jerusalén para que un hijo de David permaneciera en su trono sobre hijos de Israel. Dios le había hecho una promesa incondicional a David de que jamás llegaría el día en que no tuviera un hijo o descendiente sentado en el trono sobre hijos de Israel.

Históricamente, vemos que esa promesa se ha cumplido. Los hijos de Judá, aunque no son todos los hijos de Israel ni llevan ese nombre nacional en la Biblia, son, sin embargo, hijos de Israel. Así Dios mantiene firme su promesa a David y mantiene las promesas del cetro dadas a Abraham, Isaac y Jacob. Al mismo tiempo, Dios castigó a Salomón quitándole la nación de Israel y dejándole un hijo a David en el trono sobre una tribu. Aunque fue menester un castigo, Dios no quebrantó ninguna de sus promesas.

La dinastía de David reina sobre Judá

Dios había prometido: “No será quitado el cetro de Judá”. Nótese que las 10 tribus separadas son “Israel” y que la única tribu que quedó bajo Roboam, hijo de Salomón, es llamada solamente “Judá”. Lleva, pues, el nombre de la tribu, mientras el reino de las 10 tribus conserva el nombre nacional de “Israel”.

Realmente, Israel rechazó su rey y puso uno nuevo, Jeroboam, sobre el trono de Israel. La tribu de Judá se separó entonces de la nación de Israel para poder mantener así como su rey a Roboam. Entonces Roboam, nieto de David, se convirtió en rey de una nueva nación. Esa nación nueva no era Israel sino ¡el reino de Judá! Veamos ahora cómo ocurrió.

Cuando Roboam sucedió a Salomón en el trono, el pueblo le exigió inmediatamente que redujera los gravosos impuestos establecidos por su padre. El vocero del pueblo en esta ocasión fue su jefe Jeroboam, quien le suplicó al nuevo rey: “Tu padre hizo pesado nuestro yugo, mas ahora disminuye tú algo de la dura servidumbre de tu padre, y del yugo pesado que puso sobre nosotros, y te serviremos” (I Reyes 12:4).

La respuesta fue: “Mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones” (versículo 11).

Israel se rebeló. La orden dada al pueblo fue: “¡Israel, a tus tiendas!”; y el reto para la familia real: “¡Provee ahora en tu casa, David!” (I Reyes 12:16).

Así se apartó Israel de la casa de David hasta hoy [hasta el día en que esto fue escrito]. Y aconteció que oyendo todo Israel que Jeroboam había vuelto, enviaron a llamarle a la congregación, y le hicieron rey sobre todo Israel, sin quedar tribu alguna que siguiese la casa de David, sino sólo la tribu de Judá” (I Reyes 12:19-20).

Entonces: “Roboam … reunió a toda la casa de Judá y a la tribu de Benjamín” (versículo 21). Roboam comenzó a pelear para someter a la casa de Israel, pero Dios dijo: “No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel.. . porque esto lo he hecho yo” (versículo 24).

Israel dividida en dos naciones

El nombre casa de Israel se le da ahora al reino de las 10 tribus encabezado por Efraín y Manasés, con un rey efratita. Fueron éstas las que heredaron las promesas de la primogenitura.

En cambio, la tribu de Judá, junto con Benjamín, y más tarde Leví (cuando Jeroboam expulsó a estos últimos de Israel), reciben en la Escritura no el nombre de Israel sino el nombre casa de Judá. Estas tribus son, desde luego, hijos de Israel, pero ya no son llamados por aquel título nacional. Hacemos mucho énfasis en esto porque todo el mundo cree exactamente lo contrario. Se cree que los judíos se quedaron con el título de “Israel” y que las 10 tribus salieron de la nación Israel. Pero fue Israel quien estableció su reino bajo Jeroboam, en la tierra de Samaría, al norte de Jerusalén. Las 10 tribus en sí constituyeron el reino de Israel. Las tres tribus que formaban la casa de Judá — los “judíos” — con su capital en Jerusalén, ya no eran parte del reino de Israel.

Israel en guerra contra los judíos

Tenemos, pues, a la casa de Judá que incluye ahora la tribu de Benjamín, bajo el rey Roboam de la dinastía de David, la cual estaba a punto de pelear contra la nación de Israel formada por sus 10 tribus y encabezada por Efraín y Manasés.

Veamos la prueba bíblica de que el pueblo formado por las 10 tribus y llamado Israel, o también “Efraín” en la profecía, ¡no es ni fue jamás el pueblo judío! Recuérdese que el término “judío” es simplemente un apodo para “Judá”; por lo tanto, se aplica únicamente a la casa de Judá y nunca a la casa de Israel.

El rey Acaz empezó a reinar sobre Judá (II Reyes 16), ocupando el trono de David (versículo 2). Al mismo tiempo reinaba en Israel un individuo llamado Peka. El rey Peka de Israel formó una alianza con Rezín, rey de Siria, contra Judá, y los dos ejércitos aliados de Israel y Siria subieron contra Jerusalén y atacaron al rey Acaz, pero no pudieron vencerlo (versículo 5). “En aquel tiempo el rey de Edom [otro aliado de Israel contra Judá] recobró Elat para Edom, y echó de Elat a los hombres de Judá” (versículo 6). ¡Israel estaba en guerra contra los judíos!

¿Quién sacó a los judíos de Elat? ¡El aliado del rey Peka de Israel! ¡El ejército que luchaba al lado de Israel contra Judá! Hablando de esos habitantes de Elat, la Biblia los llama “hombres de Judá”, dejando muy en claro que la nación de Judá es una cosa y la nación de Israel, que hace la guerra contra ella, ¡es otra!

Los judíos, quienes formaban una nación completamente

independiente, estaban peleando contra Israel. En el sentido estricto de la palabra, son israelitas, pero no llevan el título nacional “casa de Israel”.

Es un error llamar a los judíos de hoy “Israel”, pues no lo son. ¡Son la nación de Judá! Y dondequiera que esté Israel hoy, el nombre nacional de Israel ¡no significa judío! Sean quienes fueren hoy las 10 tribus perdidas de Israel, ¡ellas no son los judíos! Cada vez que veamos en la profecía el nombre “Israel”, “casa de Israel”, “Samaría” o “Efraín” recordemos lo siguiente: jamás se refiere a los judíos, sino a Israel, el cual estaba en guerra con los judíos.

Los judíos no son la casa de Israel

El término “Israel” no se usa nunca en la Biblia para referirse exclusivamente a los judíos. En el sentido no nacional, las palabras “Israel”, “hijos de Israel” o “varones israelitas” (Hechos 2:22) pueden referirse a los judíos, o incluirlos. Por ejemplo, la expresión “varones israelitas”, que figura en el Nuevo Testamento, se refiere a los israelitas como individuos, mas no en un sentido nacional. Generalmente se refiere a los judíos como descendientes individuales del patriarca Israel (Jacob).

No es correcto llamar a Moisés judío, pues no fue descendiente de Judá sino de Leví. Abraham no fue judío, ni tampoco, lo fueron Isaac, Jacob, Adán ni Noé. Los descendientes del patriarca Judá son judíos por nacimiento, y también son “judíos” en el sentido nacional todos los que se unieron a la tribu de Judá: las tribus de Benjamín y Leví.

Así como los colombianos son sudamericanos, pero la mayoría de los sudamericanos no son colombianos, los judíos son israelitas, pero son apenas una parte de los israelitas. Cuando la Biblia se refiere a los judíos como a nación y no como a individuos, nunca usa el término “Israel”. La “casa de Israel” nunca significa “judíos”. La “casa de Israel” son las 10 tribus perdidas. La “casa de Judá” son los judíos, o sea las tres tribus radicadas cerca de Jerusalén bajo el rey descendiente de David.

Pero acerca de Efraín y Manasés, hijos de José, había dicho Jacob (Israel): “Sea perpetuado en ellos mi nombre” (Génesis 48:16). Y verdaderamente, ellos llevan ahora el nombre de Israel.

De ahora en adelante, la tribu de Judá, junto con Benjamín y Leví, es llamada “Judá”, no Israel. Las 10 tribus encabezadas por Efraín y Manasés, de ahora en adelante son llamadas “Israel”; ¡no son judíos y jamás fueron llamadas así! De ahora en adelante, los hijos de Israel, 12 tribus en total, están divididos en dos naciones.

Ahora, por primera vez, la primogenitura pasa a una nación (Israel, encabezada por Efraín y Manasés) mientras que el cetro permanece en otra nación (llamada la “casa de Judá”). Las dos fases de las promesas a Abraham están ahora divididas entre dos naciones completamente distintas.

Durante muchas generaciones, Israel y Judá permanecie­ron como naciones separadas, en territorios contiguos y cada una con su propio rey. ¿Por qué tantos ministros y estudiosos de la Biblia ignoran este hecho cuando hay cuatro libros (los de Reyes y Crónicas) que contienen la historia independiente de aquellos dos reinos rivales? En los mapas que se incluyen al final de muchas Biblias, los territorios de una y otra nación aparecen claramente delineados.

Judá retuvo para sí la ciudad de Jerusalén, su capital, y el territorio llamado Judea. Israel ocupó el territorio al norte de Judea. La ciudad de Samaría se convirtió en su capital, y con frecuencia la casa de Israel es llamada “Samaría” en la profecía. Esta es otra llave vital que abre nuestra comprensión de la profecía: “Samaría” nunca se refiere a los judíos sino siempre a las diez tribus, la casa de Israel.

Queremos dejar muy en claro que Israel y Judá no son dos nombres para designar a la misma nación. Ellas eran, son y seguirán siendo dos naciones independientes, hasta la segunda venida de Jesucristo. La “casa de Judá” siempre se refiere a los judíos. Esta distinción es de vital importancia si hemos de comprender la profecía. Los llamados estudiosos de la Biblia, en su mayoría, no pueden entender las profecías correctamente porque ignoran esta distinción.

Israel rechaza la autoridad de Dios

Convertido en rey de Israel, Jeroboam (de la tribu de Efraín) procedió inmediatamente a levantar dos becerros de oro, introduciendo así la idolatría en el reino (I Reyes 12:28-33). Lo hizo temiendo por su trono, pues creyó que sus súbditos, si subían a Jerusalén para guardar la Fiesta de los Tabernáculos, podrían regresar a Roboam. La introducción de prácticas idólatras mantendría a todos en casa e impediría que esto sucediera.

Esa idolatría, junto con la violación del sábado (Ezequiel 20:10-24), fue el gran pecado nacional que acarreó la maldición de Israel. Generación tras generación, Dios le suplicó a la casa de Israel que se apartara de las tradiciones de sus padres y que regresara a los mandamientos divinos. Pero durante nueve dinastías y bajo 19 reyes, Israel siguió cometiendo estos pecados nacionales, pecados tan grandes ante los ojos de Dios que Él determinó la conquista y el cautiverio de Israel. En I Reyes 14:15-16 leemos: “El Eterno sacudirá a Israel [no a Judá] al modo que la caña se agita en las aguas; y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y los esparcirá más allá del Éufrates, por cuanto han hecho sus imágenes de Aserá, enojando al Eterno.

Y él entregará a Israel [no a Judá] por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, y ha hecho pecar a Israel”.

Esto se refiere específicamente a la idolatría implantada por Jeroboam en la nación de Israel, las 10 tribus que poseían las promesas de primogenitura. Eran éstas las personas que habían de ser esparcidas, no los judíos. Sin embargo, los estudiosos de la profecía citan este mismo pasaje convencidos de que se refiere a la situación actual de los judíos. Esta es una verdadera clave para comprender las profecías, ocultas

durante mucho tiempo. Si no recordamos firmemente esta verdad, jamás podremos comprender correctamente la profecía.

El pueblo que según este pasaje bíblico sería esparcido más allá del Eufrates no fue el pueblo judío, sino aquel otro pueblo encabezado por Efraín y Manasés, poseedor de la promesa incondicional de que sería una gran nación y un conjunto de naciones, con una población de centenares de millones, de que poseería las puertas de sus enemigos, se convertiría en un pueblo colonizador y se extendería hasta tener colonias alrededor de todo el mundo. Por lo tanto, no hay que aplicar a los judíos los textos proféticos que se refieren a Israel.

Los términos “casa de Israel” o “todo Israel”, cuando significan la nación, o los términos “Jacob”, “Raquel”, “Efraín”, “casa de José” o “Samaría”, tan citados en la profecía bíblica, se refieren a las diez tribus que heredaron la primogenitura, y no a los judíos. ¡He aquí una llave maestra que abre la comprensión de la Biblia!

Israel desterrada y perdida

En los años 721-718 A.C., la casa de Israel fue conquistada y el pueblo desterrado, lanzado fuera de su propio territorio, de sus ciudades y hogares, siendo llevado cautivo a Asiria sobre la costa sur del mar Caspio. Después … ¡se perdió de vista!

El Eterno, por tanto, se airó en gran manera contra Israel, y los quitó de delante de su rostro; y no quedó sino sólo la tribu de Judá” (II Reyes 17:18).

¿A quiénes quitó Dios? ¡A Israel! Israel era el pueblo que fue quitado de delante del Eterno y que luego se perdió de vista.

¿Quién quedó? Sólo Judá, sólo los judíos. Israel estaba ya perdida, de manera que desde entonces se conoce como las 10 tribus PERDIDAS.

Gentiles remplazan a la casa de Israel

Leamos ahora II Reyes 17:22-23: “Y los hijos de Israel anduvieron en todos los pecados de Jeroboam que él hizo, sin apartarse de ellos, hasta que el Eterno quitó a Israel de delante de su rostro, como él lo había dicho por medio de todos los profetas sus siervos; e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiría, hasta hoy [escrito alrededor del año 620 A.C.]”. Observemos que aquel pueblo llamado “Israel”, poseedor de la primogenitura y que no era judío, fue llevado fuera de su tierra, Samaría, a la cual nunca volvió hasta hoy.

Leamos ahora el siguiente versículo de este mismo pasaje: “Y trajo el rey de Asiría gente de Babilonia, de Cutá, de Avá, de Hamat y de Sefarváyim, y los puso en las ciudades de Samaría, en lugar de los hijos de Israel; y poseyeron a Samaría, y habitaron en sus ciudades” (II Reyes 17:24).

Aquellos extranjeros vivían en la tierra de Samaría en los tiempos de Jesucristo y son llamados “samaritanos” en los Evangelios. Es importante tener esto en mente, pues los samaritanos del Nuevo Testamento en ninguna manera se habían mezclado con los israelitas. Sólo un individuo, un sacerdote de entre los israelitas cautivos, regresó a Samaría para enseñarles a los gentiles advenedizos la religión corrupta de Israel (II Reyes 17:27-28).

Pero ese pueblo que vino de Babilonia no obedecía a Dios, ni sus mandamientos ni su religión. Esto lo muestra el siguiente versículo: “Pero cada nación se hizo sus dioses” (II Reyes 17:29).

La religión estatal de los sirios y babilonios era la religión caldea de los misterios. Esta fue la religión de Simón el Mago (Hechos 8) quien creyó en los milagros de Felipe, se apropió para sí el nombre de “cristiano” y comenzó un nuevo y falso “cristianismo” después que el apóstol Pedro lo censuró por su maldad y amargura. Simón tomó el nombre de Cristo, rechazó la ley de Dios, le agregó una falsa “gracia” licenciosa a la religión de los misterios babilónicos y la llamó “cristianismo”. Este falso “cristianismo” ha engañado a millones de personas hasta hoy.

En II Reyes 17:5-18 y 18:9-12 hay un recuento más detallado del cautiverio de Israel. La casa de Israel habitó entonces “muchos días … sin rey” (Oseas 3:4). Aquel pueblo que llevaba el nombre de “Israel” perdió su identidad.

Israel perdida, Judá no

Las Escrituras nos dicen claramente que Israel perdería su identidad, su lengua, su religión, su territorio y su nombre.

En Deuteronomio 32:26, Dios les advirtió por medio de Moisés: “Yo había dicho que los esparciría lejos, que haría CESAR DE ENTRE LOS HOMBRES LA MEMORIA DE ELLOS”. Esta advertencia no puede aplicarse a los judíos. La memoria de los judíos no ha dejado de existir; la memoria de ellos no podría cesar a menos que se perdiera su identidad.

Ahora nótese Isaías 8:17: “Esperaré, pues, al Eterno, el cual escondió su rostro de la casa de Jacob”. Jacob fue el primer nombre del patriarca Israel; por lo tanto, esto se aplica a la casa de Israel, al reino de las 10 tribus que fue separado de la presencia de su Hacedor y que perdió el conocimiento del verdadero Dios y de la verdadera religión.

El Eterno dejaría de hablarles en su lengua hebrea; más bien “en extraña lengua [se] hablará a este pueblo” (Isaías 28:11). Esto no puede aplicarse a los judíos, quienes todavía leen las Escrituras en la lengua hebrea.

Isaías 62:2: “Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria [después del retorno de Jesucristo]; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca del Eterno señalará”. Aunque esta profecía se refiere directamente al futuro, después de la segunda venida de Jesucristo, también ha sido cumplida típicamente por el hecho de que ahora Israel tiene un nombre diferente. Esto no se puede aplicar a los judíos que tanto en aquel tiempo como ahora, son conocidos por su nombre verdadero.

Israel jamás regresó

La casa de Israel jamás regresó a Palestina con los judíos en los días de Esdras y Nehemías, como erróneamente lo creen algunos. Quienes regresaron para reconstruir el templo y restaurar el culto en Jerusalén, 70 años después del cautiverio de Judá, fueron únicamente los miembros de la casa de Judá, los que habían sido llevados a Babilonia por el rey Nabucodonosor.

Notemos bien estos hechos:

1) En los años 721-718 A.C., “Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiría” (II Reyes 17:23); “y no quedó sino sólo la tribu de Judá” (II Reyes 17:18). Sólo quedó Judá.

2) Más de 130 años después, Nabucodonosor, rey de Babilonia, se llevó a los judíos de Palestina a Babilonia. De modo que ninguno de la casa de Israel vivía en Palestina cuando Judá fue tomada cautiva.

3) Quienes regresaron a Palestina para reconstruir el templo y restaurar el culto después de 70 años de cautiverio eran de la casa de Judá, todos judíos. Ellos “volvieron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad” (Esdras 2:1).

Únicamente los miembros de la tribu de Judá, con los remanentes de Benjamín y Leví, que constituían la casa de Judá, regresaron en esa ocasión: “Entonces se levantaron los jefes de las casas paternas de Judá y de Benjamín, y los sacerdotes y levitas” (Esdras 1:5).

Hay quienes rechazan esta verdad que Dios ha tenido a bien revelar en nuestros tiempos, y afirman falsamente que todos los israelitas, incluyendo la casa de Israel (las 10 tribus), regresaron a Jerusalén en tiempos de Esdras y Nehemías.

Para sostener este argumento, citan algunos casos en que la palabra “Israel” se utiliza en conexión con individuos o personas de la casa de Judá, afirmando que se refiere a la casa de Israel. Repetimos para dar mayor énfasis: Los judíos son israelitas, pero sólo una parte de los israelitas son judíos. El término “judío” es el gentilicio de la nación de Judá. Los judíos son ciertamente del pueblo de Israel, pero no son la nación llamada casa de Israel o reino de Israel.

Quienes niegan esta verdad se basan en pasajes como el siguiente: “Y el resto de Israel, de los sacerdotes y de los levitas, en todas las ciudades de Judá, cada uno en su heredad” (Nehemías 11:20). Sostienen que la palabra “Israel” se refiere a las 12 tribus. Pero aquí se habla específicamente de los sacerdotes y levitas, quienes pertenecen a la casa de Judá, no a las 10 tribus de Israel. Ciertamente eran “el resto de Israel”: “resto” de las 12 tribus. Eran israelitas pero no pertenecían a la nación llamada la casa de Israel. Fueron los que regresaron a su heredad en la tierra de Judá.

Nehemías dice claramente: “Estos son los hijos de la provincia que subieron del cautiverio, de los que llevó cautivos Nabucodonosor …” (Nehemías 7:6). Esto era el cautiverio babilónico de Judá, no de la casa de Israel. Ninguna de las 10 tribus había quedado en Palestina después del cautiverio por los asirios más de 200 años antes (II Reyes 17:18).

Esdras dice: “Entonces los hijos de Israel, los sacerdotes, los levitas y los demás que habían venido de la cautividad, hicieron la dedicación ..(Esdras 6:16). Estas eran personas del reino de Judá, no del reino de Israel, pero sí eran “hijos de Israel”.

En Esdras y Nehemías se dan los nombres y las genealogías de los que regresaron de Babilonia a Palestina, y ninguna pertenecía a las 10 tribus. Por tanto, quienes habitaban Jerusalén en tiempos de Jesucristo pertenecían a estas tres tribus y no a la casa de Israel, y la mayoría de los que se convirtieron al cristianismo, si no todos, pertenecían a Benjamín, como el mismo Pablo (Filipenses 3:5).

La casa de Israel se conoció entonces como las 10 tribus perdidas. ¡Ahora se conoce por otro nombre y habla otro idioma!

¿Cuál es ese nombre? Quienesquiera que sean y dondequiera que estén, son ellos y no los judíos los dueños de la primogenitura. Son ellos, no los judíos, quienes después de cumplir su castigo, en los años 1800-1803 d.c., habrían de heredar las promesas inquebrantables hechas a Abraham, promesas de grandeza nacional, recursos naturales, riquezas y poderío. ¡Manasés habría de convertirse en la nación más grande del mundo, y Efraín en una mancomunidad de naciones! ¿Quiénes son ellos hoy? L legamos ahora a una de las partes más extrañas y fascinantes de esta historia de Israel; es el vínculo mismo entre la profecía y su cumplimiento, pero es una parte que los teólogos no han sabido reconocer aún.

Capítulo VII

LA MISTERIOSA COMISIÓN DE JEREMÍAS

La casa de Israel, o sea el reino del norte cuya capital era Samaría, había sido exiliada en cautiverio a Asiría en los años 721-718 A.C. El reino de Judá permaneció en la parte sur de Palestina, llamada Judea. En ese entonces Judá, como nación, aún no había rechazado la religión y el gobierno divinos. Dios mantenía su pacto con David, de modo que la dinastía de este rey permanecía en el trono sobre una parte de los israelitas: la tribu o casa de Judá.

Pero desaparecida Israel, Judá también abandonó los caminos y el gobierno de Dios y se lanzó tras los caminos de las naciones gentiles, cometiendo pecados aun peores que los de Israel. Por fin, el Eterno también castigó a Judá con el cautiverio y la esclavitud.

Antes de la apostasía de Judá, Dios había dicho por medio del profeta Oseas: “Si fornicas tú, Israel, que al menos no peque Judá” (Oseas 4:15). Pero más tarde el Eterno dijo a Jeremías: “¿Has visto lo que ha hecho la apóstata Israel? Ella … ha fornicado … y lo vio su hermana la traidora Judá. Ella vio que por haber cometido adulterio la apóstata Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio; pero no tuvo temor la pérfida Judá su hermana, sino que también fue ella, y fornicó … Ha resultado justa la apóstata Israel en comparación con la desleal Judá” (Jeremías 3:6-11).

Aquí queda muy claro que las 12 tribus de Israel se habían dividido en dos naciones separadas. Sin embargo, quienes se oponen a la verdad revelada en este libro quieren negar estas escrituras y tratan de desacreditar a los que muestran la realidad.

Ahora veamos cómo Judá (los judíos) también fue sacada de su tierra más de 130 años después del cautiverio de Israel. Los judíos fueron llevados como esclavos, no a Asiría, a donde había ido Israel, sino a Babilonia.

Y dijo el Eterno: También quitaré de mi presencia a Judá, como quité a Israel, y desecharé a esta ciudad que había escogido, a Jerusalén, y a la casa de la cual había yo dicho: Mi nombre estará allí” (II Reyes 23:27).

Así, más de 130 años después del cautiverio de Israel, llegó el momento en que Dios también hizo sacar a los judíos de su país como esclavos y cautivos.

La extraña comisión de Jeremías

Para este fin, Dios levantó a un profeta muy especial, cuyo llamamiento y comisión pocos han comprendido. Tratábase del profeta Jeremías, quien desempeñó un extraño papel en este cautiverio.

El siguiente hecho arroja algo de luz sobre la importancia de su misión: La Biblia solamente menciona a tres individuos que fueron santificados para sus respectivas tareas desde antes de nacer. El primero de los tres fue Jeremías; los otros dos fueron Juan el Bautista y Jesucristo.

El Eterno habló por primera vez a Jeremías cuando éste, según los indicios, era un muchacho de unos 17 años. Cuando hubo completado su misión era ya un anciano patriarca. El primer capítulo del libro de Jeremías nos describe este curioso llamamiento y comisión: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Pero Jeremías tuvo miedo: “¡Ah!, ¡ah, Señor Eterno! He aquí, no sé hablar, porque soy un muchacho”.

Pero el Eterno respondió: “No digas: Soy un muchacho; porque a todo lo que te envíe irás, y dirás todo lo que te mande. No tengas miedo de ellos, porque contigo estoy para librarte” (versículos 6-8).

Entonces el Eterno extendió su mano y tocó a Jeremías en la boca. “He aquí”, dijo Dios, “te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (versículos 9-10).

Jeremías fue puesto sobre naciones, más de una. Era un muchacho judío quien vivía en Judá, pero fue establecido como profeta no sólo sobre Judá sino sobre naciones, sobre reinos. Fue establecido sobre estos reinos para hacer dos cosas: primero, para “arrancar”, “destruir”, “arruinar” y “derribar”; y segundo, para “edificar” y “plantar”.

Una verdad desconocida hoy

¡Leámoslo en la Biblia! Dios se valió de Jeremías como profeta para advertirle a la nación de Judá de sus transgresiones. Fue enviado para advertir a esa nación rebelde del castigo que se cernía sobre ella: la invasión y el cautiverio por el ejército caldeo, si no reconocía su culpa y cambiaba su proceder. Jeremías fue utilizado como un intermediario entre los reyes de Judá y Babilonia.

Es bien sabido que Jeremías cumplió la función de advertirle a la nación de Judá sobre el cautiverio inminente, y la destrucción y el derrocamiento del trono de David en ese reino.

Muchos saben que la casa de Judá fue invadida por el ejército del rey Nabucodonosor; que los judíos fueron llevados en cautiverio a Babilonia; que dejaron de ser un reino; que dejó de existir un gobernante de la dinastía de David sobre el trono de Judá.

Ahora bien, ¿cuál es el significado de todo esto? ¿Acaso Dios olvidó su promesa a David, a saber, que su dinastía no se acabaría jamás, que el trono de David se había afirmado en Salomón y que se perpetuaría por todas las generaciones, para siempre? ¿Acaso Dios Todopoderoso olvidó su juramento de que no alteraría esta promesa aunque los reyes y el pueblo se rebelaran y pecaran? ¿Acaso Dios incumplió su palabra? ¿O no es inspirada la Santa Biblia?

La respuesta está en la Biblia: La comisión dada a Jeremías era arrancar y derribar ese trono de David en Judá, pero la segunda parte de su comisión era edificar y plantar. ¿Edificar y plantar qué?

Lógicamente, lo mismo que había arrancado y derribado: ¡el trono de David, el cual Dios juró mantener para siempre! Jeremías no fue puesto sobre una sola nación sino sobre naciones, es decir, las dos: el reino de Judá y también el reino de Israel.

Ya sabemos que en Judá Jeremías cumplió un papel en la remoción del trono. Ahora bien, en Israel cumplió la segunda parte de su extraña comisión: edificar y plantar.

Hasta donde el mundo sabe, el último rey que ocupó el trono de David fue Sedequías, depuesto en el año 585 A.C. ¿Qué le ocurrió entonces al trono? ¿Dónde se halló entre el año 585 A.C. y la época de Cristo casi seis siglos más tarde? Sabemos que Jeremías no lo edificó en Babilonia. Dios había prometido que el trono estaría sobre los israelitas en todas las generaciones, no sobre los gentiles.

El trono de David nunca más se volvió a plantar entre los judíos. No estaba sobre los judíos en tiempos de Cristo, pues éstos se hallaban bajo el gobierno romano. Jesús no ascendió a dicho trono; El mismo dijo que su reino no era de esta época. Sin embargo, El nació precisamente para ocupar ese mismo trono de David su padre (Lucas 1:32).

Según la comisión divina, Jeremías debía plantar y reedificar el trono durante su vida humana, y como había sido puesto sobre ambas naciones, derribó el trono de David que estaba en Judá y lo volvió a plantar necesariamente en la casa de Israel, la cual había estado “muchos días sin rey”. Por esta razón, y como Israel había perdido su identidad y se creía una nación gentil, la identidad y la ubicación del trono tenían que permanecer ocultas para el mundo hasta estos tiempos del fin, en los cuales vivimos hoy.

El derrocamiento del trono

La vida y obra de Jeremías constituyen una historia fascinante. Los primeros capítulos de este libro hablan de su ministerio, de cómo advirtió a los judíos del peligro de cautiverio. Pregonó delante de reyes, sacerdotes, profetas y el pueblo. Comunicó el mensaje de Dios, y en respuesta lo encarcelaron, negándose a escuchar y obedecer. Entonces Dios los hizo llevar cautivos.

Los historiadores saben que Babilonia conquistó a Judá en tres etapas. El primer sitio tuvo lugar en el año 604 A.C., fecha que ha quedado firmemente establecida. La nación no pasó enteramente a manos de los caldeos hasta cumplido un ciclo de 19 años más, es decir en el año 585 A.C. El libro de Jeremías nos describe el papel cumplido por este profeta.

Ahora viene un hecho interesante. El último rey quien según las crónicas bíblicas ocupó el trono de David, fue el rey Sedequías. Recuérdese este nombre. Leamos ahora en II Reyes 24:18: “De veintiún años era Sedequías cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén once años. El nombre de su madre fue Hamital hija de Jeremías, de Libná”.

Ahora sigue una breve descripción de cómo fue derribado y arrancado el trono de David: “En el noveno año de Sedequías, rey de Judá, en el mes décimo, vino Nabucodono- sor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitiaron. Y en el undécimo año de Sedequías, en el mes cuarto, a los nueve días del mes, se abrió brecha en el muro de la ciudad. Y entraron todos los príncipes del rey de Babilonia, y acamparon a la puerta de en medio: Nergal-sarezer, Samgar-nebó, Sarsequim el Rabsaris, Nergal-sarezer el Rabmag y todos los demás príncipes del rey de Babilonia. Y viéndolos Sedequías, rey de Judá, y todos los hombres de guerra, huyeron y salieron de noche de la ciudad por el camino del huerto del rey, por la puerta entre los dos muros; y salió el rey por el camino del Arabá. Pero el ejército de los caldeos los siguió, y alcanzaron a Sedequías en los llanos de Jericó; y le tomaron, y le hicieron subir a Riblá en tierra de Hamat, donde estaba Nabucodonosor, rey de Babilonia, y le sentenció. Y degolló el rey de Babilonia a los hijos de Sedequías en presencia de éste en Riblá, haciendo asimismo degollar el rey de Babilonia a todos los nobles de Judá. Y sacó los ojos del rey Sedequías, y le aprisionó con cadenas para llevarle a Babilonia” (Jeremías 39:1-7).

En los 11 primeros versículos del capítulo 52 encontra­mos una descripción casi idéntica de los mismos aconteci­mientos. Allí se añade la frase: “Y lo metió en la cárcel [a Sedequías] hasta el día en que murió”.

De estos pasajes se desprenden los siguientes hechos:

1) El rey de Babilonia mató a todos los hijos de Sedequías, herederos del trono de David.

2) También mató a todos los nobles de Judá, eliminando así a todos los posibles pretendientes al trono.

3) Luego de sacarle los ojos a Sedequías, este último rey que había ocupado el trono de David fue llevado a Babilonia, donde murió encarcelado.

4) Así, parece (y todo el mundo así lo ha creído) que el trono de David desapareció, que no quedaron hijos ni herederos que mantuvieran viva la dinastía. Ciertamente, desde ese día hasta hoy el trono nunca más volvió a existir en Judá, en Jerusalén ni entre los judíos.

¿Qué sucedió al rey Joaquín?

Cierto es que en esa época había un antiguo rey de Judá preso en los calabozos de Babilonia y que sus hijos podrían haber perpetuado la línea de David. El ex rey Joaquín — llamado también Jeconías — quien había sido trasladado a Babilonia en cadenas, recuperó su posición honrosa 37 años después del cautiverio (ver II Reyes 25:27-30). Incluso le fue dado el título de “rey” junto con otros “reyes” vasallos cautivos.

Uno de los hijos de Joaquín fue Salatiel, padre de Zorobabel, descendiente real por quien sigue el linaje de David hasta culminar en Jesucristo (Mateo 1:12). Zorobabel fue nombrado gobernador (no rey) por Ciro, rey de Persia. Este, movido por Dios, dictó el decreto en virtud del cual el remanente judío pudo regresar a Jersualén para reconstruir el templo de Dios 70 años después del cautiverio. Pero ni Joaquín ni sus hijos o nietos volvieron a reinar sobre Judá. ¿Por qué?

Si hubo un descendiente del linaje de David que sobrevivió al cautiverio, ¿por qué no fue restaurado al trono una vez de vuelta en Jerusalén? Sencillamente porque Dios no lo permitió.

Es Dios quien hace y deshace a los reyes. Dios había decidido quitarle la corona al linaje reinante de Pares (llamado también Fares o Peres en diferentes traducciones de la Biblia) y colocarla en la cabeza de un descendiente de Zara. Sin embargo, tenía que permanecer una descendencia real de la estirpe de David para que Cristo pudiera nacer como descendiente suyo siglos más tarde. Y Dios también tenía que cumplir su promesa a David de que nunca le faltaría a éste un

descendiente sobre el trono. Eran muchas las profecías complejas y fascinantes que habrían de cumplirse, algunas de ellas al parecer contradictorias. ¡Difícil tarea! ¡Asombrosa comisión de Dios para Jeremías!

Vivo yo, dice el Eterno, que si Conías [Jeconías o Joaquín] hijo de Joacim rey de Judá fuere anillo en mi mano derecha, aun de allí te arrancaría” (Jeremías 22:24). Dios había decretado el fin de esta línea de reyes. Les quitó la corona y no permitió que los hijos de Jeconías [el mismo Joaquín] reinaran en el trono de Judá. Dios estaba traspasando el trono a otra rama de la familia de Judá.

Esta es la sentencia de Dios, pronunciada por medio de Jeremías: “Escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá” (Jeremías 22:30).

¡Dios habló, Jeremías escribió y la historia se desarrolló tal como Dios lo había determinado! Jeconías tuvo hijos (ver I Crónicas 3:17; Mateo 1:12), pero en lo que concierne al trono de David, fue privado de descendencia, pues ninguno de sus hijos logró ocupar ese trono.

La corona había sido quitada del linaje de Pares, removida del territorio de Judá, los herederos inmediatos del trono habían muerto y Jeconías estaba preso en Babilonia sin hijos que pudieran ocupar el trono, según lo había dispuesto el Dios Todopoderoso.

Así, Jeremías había cumplido la primera parte de su gran comisión: El trono había sido derrocado, el reino se hallaba destruido y Judá comenzaba a sufrir su castigo.

¿Adonde fue Jeremías?

Ahora viene la segunda parte de la misión de Jeremías. El profeta se hallaba entre los judíos cautivos. Tenía que librarse para poder cumplir la segunda parte de su comisión.

Y Nabucodonosor había ordenado a Nabuzaradán, capitán de la guardia, acerca de Jeremías, diciendo: Tómale y vela por él, y no le hagas mal alguno, sino que harás con él como él te diga” (Jeremías 39:11-12). “Tomó, pues, el capitán de la guardia a Jeremías y le dijo.. . ahora yo te he soltado hoy de las cadenas que tenías en tus manos. Si te parece bien venir conmigo a Babilonia, ven, y yo velaré por ti; pero si te parece mal venir conmigo a Babilonia, déjalo. Mira, toda la tierra está delante de ti: ve adonde mejor y más cómodo te parezca ir … Y le dio el capitán de la guardia provisiones y un presente [dinero], y le despidió” (Jeremías 40:2-5).

Así, Jeremías quedó completamente libre para hacer lo que deseara. Incluso se le dio dinero y libertad incondicional para que pudiera cumplir la segunda parte de su comisión. ¿Adonde fue?

Esto nos trae a una parte inverosímil, fascinante y asombrosa del libro de Jeremías, que muy pocas personas han tenido en cuenta: “Se fue entonces Jeremías a Gedalías, hijo de Ahicam, a Mizpá, y habitó con él en medio del pueblo que había quedado en la tierra” (Jeremías 40:6). Gedalías era gobernador de un remanente de judíos, nombrado en esa posición por el rey de Babilonia; puesto que Jerusalén estaba en ruinas, fijó su sede en Mizpá. Pero el rey de Amón, junto con un judío llamado Ismael, tramó el asesinato de Gedalías. El plan se llevó a cabo y el gobernador fue asesinado junto con una parte de los judíos. Entre los sobrevivientes se contaba Jeremías.

Después llevó Ismael cautivo a todo el resto del pueblo que estaba en Mizpá, a las hijas del rey y a todo el pueblo que había quedado en Mizpá, el cual Nabuzaradán, capitán de la guardia, había encomendado a Gedalías … Los llevó, pues, cautivos Ismael… y se fue a pasarse a los hijos de Amón” (Jeremías 41:10).

¡Hay algo clave en este pasaje! ¡Leámoslo de nuevo! Entre estos judíos se encontraban las hijas del rey Sedequías de Judá, pertenecientes a la dinastía de David.

Sedequías había muerto encarcelado en Babilonia (Jeremías 52:11). Todos sus hijos habían muerto, lo mismo que los nobles de Judá. Todos los pretendientes al trono de David, herederos de Sedequías, habían muerto … ¡excepto las hijas del rey! Ahora vemos por qué Jeremías fue a Mizpá.

La huida de Jeremías

Poco después, un individuo llamado Johanán remplazó a Ismael como jefe. Temiendo las represalias de Nabucodonosor y el ejército caldeo, Johanán y los capitanes recurrieron al profeta “y dijeron al profeta Jeremías: Acepta ahora nuestro ruego delante de ti, y ruega por nosotros al Eterno tu Dios … para que el Eterno tu Dios nos enseñe el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer” (Jeremías 42:2-3).

¡Cuán parecidos a los cristianos profesos de hoy, que acuden al ministro de Dios asegurando solemnemente que quieren saber la voluntad divina, que prometen al igual que éstos obedecer a “la voz del Eterno nuestro Dios!” (versículo 6).

¿Lo decían sinceramente? Las personas así rara vez son sinceras. La naturaleza humana quiere ser buena o sentirse buena, pero no quiere hacer el bien.

La palabra de Dios vino a Jeremías y él les respondió que no temieran porque Dios los protegería. Pero el pueblo quería huir a Egipto y el Eterno les advirtió que no lo hicieran, pues la espada de Nabucodonosor que tanto temían los vencería allí: “Si vosotros estáis completamente resueltos a marcharos a Egipto para morar allí, sucederá que la espada que teméis, os alcanzará allí… y allí moriréis” (Jeremías 42:15-16).

El pueblo, como de costumbre, rechazó la advertencia de Dios. Johanán respondió así a Jeremías: “Mentira dices; no te ha enviado el Eterno nuestro Dios para decir: No vayáis a Egipto para morar allí” (Jeremías 43:2-3). “No obedeció, pues, Johanán… ni nadie del pueblo, a la voz del Eterno” (versículo 4). Los que a voz en cuello anuncian que quieren hacer la voluntad de Dios, rara vez aceptan la misma Palabra de Dios como su voluntad… ¡a menos que coincida con la suya propia!

Johanán, pues, “tomó… a todo el remanente de Judá … a hombres, mujeres y niños, a las hijas del rey. .. y al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Nerías [el escriba o secretario de Jeremías], y entraron en tierra de Egipto” (Jeremías 43:5-7).

Cuando llegaron a Egipto, Dios advirtió nuevamente a estos judíos, por boca de Jeremías, que los matarían allí la espada y el hambre, y añadió: “No volverán sino algunos fugitivos” (Jeremías 44:12-14). Sí, algunos pocos de este grupo se encontraban bajo la protección divina. Había una misión que debía cumplirse. Ellos tenían que escapar. “Y los que escapen de la espada volverán de la tierra de Egipto a la tierra de Judá, pocos en número” (Jeremías 44:28).

Bajo la protección divina

Baruc fue compañero y secretario de Jeremías, y debemos tomar nota aquí de la promesa de protección que él recibió: “Así dice el Eterno, Dios de Israel, a ti, o Baruc . .. He aquí que yo destruyo lo que edifiqué, y arranco lo que planté, y ello en toda la tierra .. . pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde vayas” (Jeremías 45:2-5). Baruc, como Jeremías, contaba con la protección divina.

Antes de esto, el Eterno le había dicho a Jeremías que lo protegería contra sus enemigos (Jeremías 15:20-21). Y efectivamente lo hizo, tal como se narra en el capítulo 39:11-12 y en el capítulo 40:2-6, que ya hemos visto.

Ahora leemos en Jeremías 44:14, 28 que el remanente también escaparía de Egipto y regresaría a Judá. Luego iría… ¿adonde? Al mismo lugar donde se habían ido ya las

10 tribus perdidas, como veremos más tarde.

Esta misma profecía la completa Isaías: “Porque de Jerusalén saldrá un remanente, y del monte de Sión los supervivientes. El celo del Eterno de los ejércitos hará esto” (Isaías 37:32). “Y lo que haya quedado de la casa de Judá y haya escapado, volverá a echar raíz abajo, y dará fruto arriba” (versículo 31).

Esta misma profecía aparece en II Reyes 19:30-31. Es una profecía de Dios pronunciada por boca de Isaías en el año 14 del reinado de Ezequías, cuando el rey Senaquerib de Asiria amenazaba con invadir a Judá. La profecía no habría de cumplirse durante el reinado de Ezequías sino más tarde. Algunos críticos, que no quieren reconocer la verdad, sostienen que el remanente en cuestión es el mismo de II Crónicas 30:6. Sin embargo, este último pasaje no es una profecía sino el recuento histórico de algo que ocurrió durante el primer año del reinado de Ezequías. El remanente del cual habla es otro, uno que no escapó de Jerusalén. Eran judíos que huyeron de las fuerzas de Senaquerib cuando éstas amenazaban con la invasión, y no escaparon de Judá sino que huyeron a ella. Además, aquí no se dice nada de “’echar raíz abajo, y dar fruto arriba”, como sí dicen Isaías 37 y II Reyes 19.

Esta profecía es tan importante que la Biblia la repite dos veces. Se refiere al remanente que habría de escaparse con Jeremías. Este remanente que escapó con él, que incluyó al menos una de las hijas del rey, más tarde habría de echar raíz abajo, es decir, plantarse de nuevo.

Luego habría de dar fruto arriba: ¡edificarse! ¿Ha incumplido Dios su pacto solemne de mantener siempre el trono de David? ¿Dónde se plantó ese trono? ¿Lo encontramos en la Palabra de Dios? ¡Sí! La Biblia identifica claramente tanto el lugar como el pueblo donde fue restablecido el trono.

Capítulo VIII

LA“ROTURA” MISTERIOSA

¿Adónde fue Jeremías con su secretario Baruc y con una o más de las hijas del rey? La historia se detiene en este punto. Los estudiosos de la historia bíblica saben desde hace mucho tiempo que las 10 tribus, llamadas “casa de Israel”, perdieron su identidad y su rastro histórico, y que hoy existen inadvertidas entre las naciones gentiles. Dios ha ocultado del mundo su identidad y su ubicación.

Pero en este tiempo del fin, cuando el conocimiento se habría de aumentar y los “entendidos” comprenderían (Daniel 12:4, 10), el secreto nos será revelado por medio de profecías que no podían entenderse hasta ahora. Pero antes, debemos contemplar una misteriosa “rotura” o “brecha” que se presentó en tiempos de Judá, hijo de Jacob.

Judá fue padre de gemelos. El primogénito fue el descendiente real por quien habría de transmitirse la promesa del cetro. Aparentemente, la partera sabía que nacerían gemelos. La Biblia nos cuenta que llegado el momento del parto, uno de los gemelos “sacó la mano … y la partera tomó y ató a su mano un hilo de grana, diciendo: Este salió primero”. Pero el niño volvió a meter la mano y el otro nació primero.

La partera exclamó: “¡Qué rotura [o “brecha” — Reina-Valera, revisión de 1960] te has abierto! Y llamó su nombre Pares”, que significa “rotura” o “brecha”. El otro hermano se llamó Zara (Génesis 38:27-30).

¿Por qué narra la Biblia este extraño incidente, si no esporque la brecha abierta entre los niños o sus descendientes se sanaría en algún momento futuro? Pero esto no ocurrió en vida de ellos.

Zara, el del hilo color de grana, tuvo cinco hijos (I Crónicas 2:6). ¿Hubo algún descendiente suyo que llegó a ocupar el trono, sanando así la brecha? David, Sedequías y Cristo fueron todos del linaje de Pares.

Consideremos lo siguiente: 1) La rotura significa el traslado del cetro davídico del linaje de Pares al de Zara. 2) Este traslado no ocurrió antes del tiempo del rey Sedequías de Judá, descendiente de Pares. 3) Por lo tanto, tuvo que ocurrir después de depuesto Sedequías. 4) Como el linaje de David (Pares) ha de permanecer en el trono por todas las generaciones, el trono solamente podía pasar a Zara mediante un matrimonio entre un heredero de esta línea con uno de la línea de Pares, sanándose así la rotura.

A ruina, a ruina, a ruina”

La historia nos dice que los descendientes de Zara anduvieron lejos, hacia el norte, dentro de los confines de las naciones escitas, y más tarde sus descendientes emigraron a Irlanda en tiempos del rey David.

Mientras tanto, el linaje de Pares-David-Sedequías, poseedor del cetro, se hallaba en lo “alto”, “exaltado”. El linaje de Zara, sintiéndose con derecho de poseer el cetro y con la esperanza de que algún día sería así, se encontraba “bajo”, “disminuido” en lo que respecta al poder real.

Veamos ahora el capítulo 21 de Ezequiel, comenzando con el versículo 18. Aquí se ve claramente que el Eterno habla del cautiverio de Judá en manos del rey de Babilonia. A partir del versículo 25, dice: “Y tú, profano e impío príncipe de Israel [Sedequías], cuyo día ha llegado ya, el tiempo de la consumación de la maldad, así ha dicho el Señor Eterno: La tiara se depondrá, y se quitará la corona [como efectivamente ocurrió en la primera mitad de la comisión de Jeremías]; esto no será más así; será exaltado lo bajo, y humillado lo alto. A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré”.

Entendámoslo claramente. “La tiara se depondrá, y se quitará la corona”. El rey Sedequías de la dinastía de David llevaba la corona. Aquí dice que se le quitaría, y así fue. El rey murió en Babilonia y tanto sus hijos como los nobles de Judá fueron muertos.

Esto no será más así”. La tiara no habría de cesar, pero habría un cambio: el rey sería reducido a ruina y otro llevaría su corona.

Será exaltado lo bajo, y humillado lo alto”. ¿Qué es “lo alto”? El rey Sedequías de Judá quien habría de ser humillado al perder su corona. Hasta ese punto, Judá había sido “lo alto” mientras Israel “lo bajo”, pues Israel había estado muchos días sin rey (Oseas 3:4). El linaje de Pares había sido “lo alto” y el de Zara “lo bajo”.

A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho”. Esta ruina, derrocamiento o trasposición del trono habría de ocurrir tres veces, la primera arruinando a Sedequías, la casa de Judá y el linaje de Pares y exaltando la casa de Israel y el linaje de Zara. La primera trasposición correspondió a la primera mitad de la comisión de Jeremías.

Y esto no será más.” ¿Significa que el trono dejaría de existir? De ninguna manera. Si dejara de existir, ¿cómo podría arruinarse o ser traspuesto otras dos veces? Y ¿cómo podría entregarse a Jesús, cuyo es el derecho, a su segunda venida? El significado de esta frase es que el trono no sería traspuesto de nuevo hasta la segunda venida de Cristo, cuando se le entregará a El.

Dios no quebrantaría la promesa inalterable que le hizo a David. Este tendría un descendiente que llevaría puesta esa corona por todas las generaciones. Ahora quedaba por cumplirse la segunda mitad de la comisión de Jeremías: Era preciso trasplantar y reedificar el trono. Era necesario que la corona pasara a manos de otro. ¿Adónde iría? ¿A quién se le daría?

Un enigma y una parábola

La extraña verdad de cómo se trasplantó y reedificó el trono de David está representada en “un enigma y una parábola”, cuyo lenguaje simbólico había sido incomprendido hasta estos postreros días. Sin embargo, su claridad es tal que hasta un niño puede comprenderla.

La hallamos en el capítulo 17 de Ezequiel. Es preciso leer todo el capítulo cuidadosamente. Nótese primero que este mensaje profético no iba dirigido a Judá (a los judíos), sino a la casa de Israel. Era un mensaje para llevar luz a la casa de Israel, las 10 tribus que se encuentran perdidas en estos últimos tiempos.

Dios le ordenó a Ezequiel que propusiera primero un enigma y luego una parábola. El enigma se describe en los versículos 3 al 10. Luego, a partir del versículo 12, el Eterno explica su significado: “Di ahora a la casa rebelde”. La casa rebelde era la de Israel (ver Ezequiel 12:9) para quien Ezequiel había sido instituido como profeta (Ezequiel 2:3; 3:1, etc.). “¿No habéis entendido qué significan estas cosas? Diles . . .”, y en seguida se explica el enigma claramente.

Una gran águila vino al Líbano y tomó el cogollo o rama más alta del cedro. Según la explicación, el águila representaba al rey Nabucodonosor de Babilonia, quien vino a Jerusalén y llevó cautivo al rey de Judá. Luego arrancó el principal de sus renuevos y lo llevó a tierra de mercaderes. La explicación nos muestra que se trataba de los hijos del rey, cautivos también. La expresión “tomó también de la simiente de la tierra” (Ezequiel 17:5), significa que Nabucodonosor tomó parte del pueblo y los poderosos de Judá. Plantó esta simiente “como un sauce. Y brotó, y se hizo una vid de mucho ramaje, de poca altura” (versículos 5-6). Esto nos dice que los judíos recibieron un pacto mediante el cual, aunque estaban bajo el gobierno de los caldeos, podían vivir en paz y crecer. La “otra gran águila” del versículo 7, representaba al faraón de Egipto.

Así, el enigma representa la primera mitad de la comisión de Jeremías. Ahora veamos la revelación acerca de la segunda mitad, la plantación del trono de David, la cual aparece en la parábola, versículos 22-24: “Así ha dicho el Eterno Señor: Tomaré yo, sí, yo, del cogollo de aquel alto cedro”. La explicación dada por Dios mismo nos enseñó que el cedro representaba la nación de Judá y el cogollo era su rey. En la figura, Nabucodonosor tomó el cogollo, es decir al rey. Ahora la parábola nos dice que Dios — no Nabucodonosor sino Dios — tomaría del cogollo, no el cogollo entero sino de él. Tomó de los hijos de Sedequías. Pero Nabucodonosor ya había degollado a todos los hijos varones.

Ahora Dios, por medio de su profeta Jeremías, iba a tomar de este cogollo y lo iba a plantar (versículo 22). “De la punta de sus renuevos cortaré un tallo tierno, y lo plantaré yo mismo sobre un monte alto y excelso”. De manera que iba a tomar un tallo, un descendiente del rey Sedequías. Si los varones habían muerto, este tallo representaba ciertamente una hija. “Y lo plantaré”. ¿Puede ser más claro el lenguaje simbólico al explicar que esta joven princesa judía habría de ser la descendiente real por medio de quien el trono de David se plantaría nuevamente? ¿En dónde se iba a plantar? “Sobre un monte alto y excelso”, dijo el Eterno. En la Biblia, un “monte” en lenguaje simbólico siempre representa una nación.

¿Qué nación?

En el monte de lo alto de Israel lo plantaré” (Ezequiel 17:23). El trono de David se iba a plantar ahora en Israel, una vez arrancado de Judá. “Y echará ramas [sigue hablando del tallo, la hija del rey], y dará fruto, y se hará un cedro magnífico”.

El trono de David, ¿se acabó con Sedequías de Judá? ¿Olvidó Dios su pacto? ¡No! Comparemos este pasaje con Isaías 37:31-32: “Y lo que haya quedado de la casa de Judá y haya escapado, volverá a echar raíz abajo [será plantado], y dará fruto arriba”. Esta princesa judía, pues, habría de plantarse en Israel, nación que ya estaba separada de Judá y perdida, y el trono así plantado habría de dar fruto. La princesa se casaría, tendría hijos y éstos perpetuarían la dinastía de David.

Y habitarán debajo de él todas las aves de toda especie; a la sombra de sus ramas habitarán” (Ezequiel 17:23). Israel adquiriría así el trono y se convertiría de nuevo en una nación autogobernada, la que con el tiempo se extendería por el globo y crecería en dominio y poderío. Heredaría las promesas incondicionales de la primogenitura, según el pacto de Dios con Abraham.

En esta parábola, un “árbol” representa una nación. El versículo 24 dice: “Y sabrán todos los árboles del campo que yo el Eterno abatí el árbol elevado”. Judá, el árbol elevado que retuvo el trono 130 años después del cautiverio de Israel, quedaba ahora sumida en la esclavitud. “Levanté el árbol bajo”: durante 130 años Israel había sido un “árbol bajo”, mas ahora se exaltaría, se convertiría de nuevo en una nación próspera con un rey davídico. “Hice secar el árbol verde [Judá], e hice reverdecer el árbol seco [Israel]”.

Comparemos esto con Ezequiel 21:26: “La tiara se depondrá, y se quitará la corona … será exaltado lo bajo, y humillado lo alto. A ruina… lo reduciré”. Aquí se describe cómo Judá sería rebajada y perdería el trono, el cual pasaría a Israel.

Israel llevaba cuatro siglos de independencia en lo que hoy es Irlanda, de modo que ya tenía un linaje real al cual se injertó la hija de Sedequías. Los israelitas irlandeses eran una colonia antigua que no habían ido al cautiverio en Asiría.

Israel, encabezada por las tribus de Efraín y Manasés, poseedoras de la primogenitura, habría de crecer y con el tiempo prosperar. “Yo el Eterno lo he hablado y lo he cumplido” (Ezequiel 17:24).

Esa primogenitura se encuentra ahora en Israel. Ésta, aunque perdida, aunque creyéndose nación gentil, es aquel mismo pueblo que habría de convertirse en una gran multitud, en una nación grande y conjunto de naciones, que habría de poseer las puertas de sus enemigos, convertirse en pueblo colonizador, extenderse por el mundo y recibir la bendición de grandes recursos y riquezas nacionales. Y cuando fuera una nación grande y poderosa en el mundo, ¡el trono de David se hallaría trasplantado en ella!

Ahora bien, ¿a dónde se dirigió Jeremías, acompañado de la descendencia real, para encontrar la casa perdida de Israel y plantar allí el trono de David? ¿Dónde está hoy? ¿Cómo se sanó la “brecha” o “rotura”? ¿Cómo llegó al trono un hijo de Zara? ¿Podemos saberlo? Desde luego que sí.

Capítulo IX

LA NUEVA TIERRA DE ISRAEL

Estamos listos ahora para encontrar el lugar preciso adonde se fueron las tribus perdidas de Israel. Sabemos que existen hoy como una nación y un conjunto de naciones, que son poderosas y que se creen naciones gentiles. Cuando las encontremos, encontraremos el trono de David.

Muchos pasajes de la profecía hablan de estos pueblos en los postreros días. Son profecías que no se podían entender antes de este “tiempo del fin”, profecías cuyo mensaje habría de ser llevado a esos pueblos por las personas a quienes Dios las revelara.

Fijemos claramente los siguientes hechos:

El profeta Amos dijo, escribiendo en tiempos del decimotercer rey de un total de 19 que hubo en la casa de Israel: “He aquí los ojos del Señor Eterno están sobre el reino pecador [la casa de Israel, pues la casa de Judá aún no había pecado], y yo lo asolaré de sobre la faz de la tierra; mas no destruiré del todo la casa de Jacob [destruiría el gobierno pero no a todo el pueblo] .. . Porque he aquí, yo mandaré y haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todas las naciones, como se zarandea el grano en una criba, y no cae ni un granito en tierra” (Amos 9:8-9).

La gente cree que esta profecía se aplica a la dispersión de los judíos, pero no tiene nada que ver con la casa de Judá, sino con las 10 tribus de la casa de Israel, las que fueron llevadas cautivas a Asiría y de allí emigraron dispersándose entre otras naciones… todo esto antes de que los judíos fueran exiliados a Babilonia. Esta profecía dice que Israel (no Judá) habría de zarandearse entre las naciones y perder su identidad. Sin embargo, Dios los protegería y los guardaría: no caería ni un granito en tierra.

Un nuevo hogar

La casa de Israel habría de durar “muchos días sin rey” (Oseas 3:4). Es muy claro que este pueblo se dispersó entre las naciones, como lo indican muchos pasajes del Nuevo Testamento. Aunque muchos israelitas seguían dispersos en el primer siglo de la era cristiana, una parte de ellos se encontraba, ya en tiempos de Jeremías (140 años después del cautiverio), establecida en un lugar de su propiedad.

Los israelitas que poseían la primogenitura habrían de llegar a una nueva tierra propia, pues en II Samuel 7:10 y en I Crónicas 17:9 el Eterno les dijo: “Asimismo fijaré lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré allí [Jeremías tuvo la comisión de plantar el trono entre ellos], para que habite en él y no sea más removido”. Leyendo el contexto de este pasaje, vemos que no se refiere a Palestina sino a una tierra distinta donde habrían de reunirse estos israelitas dispersos después que los sacaran de su tierra prometida, Palestina, mientras esa tierra permanecía en manos de los gentiles.

Nótese cuidadosamente: Las tribus de Israel saldrían de Palestina, se dispersarían entre las naciones, durarían mucho tiempo sin rey y perderían su identidad, pero luego se “plantarían” en una extraña tierra lejana que les pertenecería a ellos. Nótese además que una vez establecidos en esta nueva tierra, no se moverían más de allí… al menos en esta era anterior a la segunda venida de Jesucristo.

Otras profecías indican que dichos pueblos habrían de ser colonizadores y se extenderían por el mundo, pero siempre conservarían su “hogar”, la sede del gobierno y del trono de David.

Esto es muy importante: Una vez que llegaran a su lugar, ya no serían removidos. Por lo tanto, este pueblo se encuentra hoy en el mismo lugar donde Jeremías plantó el trono de David hace más de 2500 años.

Por consiguiente, las profecías acerca de nuestros días, las que señalan dónde estará ese pueblo poco antes de la segunda venida de Cristo, nos señalarán también el sitio exacto donde Jeremías lo plantó. La casa de Israel regresará a Palestina después del retorno de Cristo; entonces sí volverá a establecerse en Samaría, su país original. Las profecías nos dicen desde dónde emigrará el pueblo de Israel en una época futura, lo cual nos revela su ubicación actual.

La ubicación de Israel

Sin más suspenso, veamos en dónde sitúa la profecía a estos poseedores del trono de David, de la primogenitura y de las grandes promesas materiales. Recordemos que varios nombres se refieren a ellos, distinguiéndolos de los judíos: “Efraín”, “José”, “Jacob”, “Raquel” (madre de José), “Samaria” (su antiguo hogar) e “Israel”.

Según Oseas 12:1: “Efraín … sigue al solano”. El solano es el viento del oriente, o sea que sopla hacia el oeste. Por lo tanto, Efraín debió dirigirse al oeste desde Asiría. Cuando el Eterno juró a David que perpetuaría su trono, dijo: “Asimismo pondré su izquierda sobre el mar…” (Salmos 89:25). El trono, pues, habría de fijarse — “plantarse” — sobre el mar.

Por medio de Jeremías, el Eterno dijo: “Ha resultado justa la apóstata Israel en comparación con la desleal Judá. Ve y proclama estas palabras hacia el norte, y di: Vuélvete, oh apóstata Israel” (Jeremías 3:11-12). Aquí se distingue claramente entre Israel y Judá. Israel, desde luego, estaba al norte de Judá mientras se hallaba en Palestina. Pero cuando Jeremías escribió estas palabras, hacía más de 130 años que había salido de Palestina y que había emigrado, junto con los asirios, en dirección norte (y occidente).

En estos últimos días han de ir mensajeros “hacia el norte” (de Jerusalén) para encontrar a Israel y proclamarle esta advertencia. La ubicación, pues, se halla hacia el norte, hacia el occidente y sobre el mar.

El mismo capítulo dice, en el versículo 18: “En aquellos tiempos andará la casa de Judá con la casa de Israel, y vendrán juntamente de la tierra del norte a la tierra que hice heredar a vuestros padres”. En el éxodo futuro, cuando venga Cristo, el pueblo de Israel regresará a Palestina proveniente del norte.

Después de exclamar: “¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?”, el Eterno dice a través de Oseas: “Los hijos vendrán temblando desde el occidente” (Oseas 11:8, 10).

Y de nuevo: “He aquí que yo los haré volver de la tierra del norte, y los reuniré de los últimos confines de la tierra” (Jeremías 31:8). Esta profecía es para “el fin de los días” (Jeremías 30:24 y 31:1) y se dirige a “Israel” (versículos 2, 4, 9), a “Efraín” (versículos 6, 9) y a “Samaría” (versículo 5). La palabra traducida como “fines” aparece como “costas” en otras versiones (ver también Isaías 41:1). Esto nos da otra pista: “Las costas de la tierra” nos indica que son naciones que dominan el mar y que se han extendido ampliamente mediante la colonización.

Refiriéndose a la casa de Israel (Isaías 49:3, 6), Dios dice: “He aquí, éstos vendrán de lejos; y he aquí, éstos del norte y del occidente, y éstos de la tierra de Sinim” (Isaías 49:12). En el idioma hebreo, en que se escribieron estos pasajes originalmente, no existe la palabra “noroccidente” sino que se dice “del norte y del occidente”, expresión que significa exactamente lo mismo. Tenemos, pues, la ubicación: al noroccidente de Jerusalén.

El capítulo 49 de Isaías comienza así: “Atended, islas”, y se está refiriendo precisamente a Israel (versículo 3). La palabra “islas” a veces se traduce “costas”, como en la revisión de 1960 de la versión Reina-Valera de la Biblia.

El capítulo 31 de Jeremías, que sitúa a Israel en la “tierra del norte”, dice: “Soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito. Oíd la palabra del Eterno, oh naciones, y hacedlo saber en las islas que están lejos” (Jeremías 31:9-10).

Y también dice: “Escuchadme, islas … tú Israel, siervo mío” (Isaías 41:1, 8). Según Jeremías 31:10, el mensaje ha de anunciarse “en las islas que están lejos”, y “a la cabeza de las naciones”.

Hoy, como en tiempos de Jeremías, la casa de Israel se encuentra en unas islas en el mar, siendo el principal país al noroccidente de Jerusalén. Es un pueblo que habita “sobre el mar”, o sea que domina el mar. ¡Difícilmente podríamos errar al identificarlo ahora!

Tómese un mapa de Europa y trácese una línea en dirección noroccidente desde Jerusalén, atravesando el continente europeo hasta llegar al mar, y luego a las islas que hay en ese mar. La linea así trazada ¡lleva directamente a las islas Británicas!

En este libro sólo hay espacio para unas pocas de las muchas pruebas que demuestran que los pueblos actuales de habla inglesa (Gran Bretaña y los Estados Unidos) son las tribus de Efraín y Manasés, las que poseen la primogenitura y pertenecen a la casa perdida de Israel.

Los nombres hebreos de la Gran Bretaña

Un hecho muy significativo es el origen y el significado hebreo del gentilicio de la Gran Bretaña. La casa de Israel es el pueblo del pacto, y “pacto” en hebreo se escribe beriyth o berith. Después de la muerte de Gedeón, Israel se fue detrás del dios pagano Baal. En Jueces 8:33 y 9:4, la palabra “pacto” se emplea como nombre propio unido al nombre “Baal”. En la Biblia de Reina-Valera este nombre lo encontramos españolizado, pero no traducido: “Baal-berit”, y significa “ídolo del pacto”.

La palabra hebrea para “hombre” es iysh o ish. En inglés, la terminación “ish” significa “de” o “perteneciente a” (una nación o persona específica). En el idioma hebreo, las vocales no se escribían; así, omitiendo la vocal “e” de berith pero dejando la “i” en su forma inglesa para conservar el sonido de “y”, tenemos la forma anglicada de la palabra hebrea que significa pacto: brith.

Los hebreos no pronunciaban la “h” (lo mismo que ocurre en español). Aun hoy, muchos judíos escriben el nombre Sem como Shem pero lo pronuncian “Sem”. Igualmente, la palabra hebrea para “pacto”, en su forma inglesa, se pronunciaría “brit”.

Y la palabra para indicar “hombre del pacto” o “pueblo del pacto” sería brit-ish, que en inglés es precisamente el gentilicio británico. ¿Será tan sólo coincidencia que el verdadero pueblo del pacto hoy tenga el gentilicio British (británico), y que viva en las British Isles (islas Británicas)?

La casa de Israel habría de perder no sólo su identidad sino su nombre también. Llevaría un nuevo nombre, pues ya no se conocería por el nombre de Israel, tal como lo dijo Dios claramente en Isaías 62:2, refiriéndose a estos últimos días y al milenio.

Dios le había dicho a Abraham: “En Isaac te será llamada descendencia” (Génesis 21:12), y esta promesa se repite en Romanos 9:7 y Hebreos 11:18. En Amos 7:16, los israelitas se llaman “casa de Isaac”. Como descendientes de Isaac, son hijos de Isaac (en inglés, Isaac’s sons). Quitando la “I” de Isaac (puesto que en hebreo no se usan las vocales), queda el nombre moderno de Saac’s sons o en escritura más breve, Saxons (que significa “sajones”).

El Dr. W. Holt Yates dice: “La palabra Saxons se deriva de la expresión sons of Isaac [hijos de Isaac] cuando ésta pierde el prefijo “I”.

Muchos confunden a los anglosajones con los antiguos sajones o germanos que aún viven en Alemania. Los sajones alemanes derivan su nombre de una palabra antigua del idioma altoalemán, Sahs, que significa “espada” o “cuchilla”. Esos alemanes eran un pueblo totalmente distinto de los anglosajones que inmigraron a la Gran Bretaña.

Dan, rastro de serpiente

Como la intención del Eterno era que Israel se hallara y se identificara en los últimos días, es de esperar que dicho pueblo dejara algunas señales o algún rastro en su trayectoria desde Asiría, tierra de su cautiverio.

Hablando de Efraín (versículo 20), el Eterno dice en Jeremías 31:21: “Establécete señales, ponte majanos altos, nota atentamente la calzada; vuélvete por el camino por donde te fuiste, virgen de Israel …” En las Sagradas Escrituras encontramos esas señales que dejaron a lo largo del camino.

Antes de morir, Jacob predijo lo que sería de cada una de las tribus. Respecto a Dan dice, en Génesis 49:17: “Será Dan serpiente junto al camino”. Otra traducción del texto hebreo dice: “Dan será rastro de serpiente”. Es significativo el hecho de que esta tribu le daba el nombre de Dan, su padre, a cada uno de los lugares por donde pasaba.

La tribu de Dan ocupó inicialmente una faja de la costa mediterránea al occidente de Jerusalén. En Josué 19:47 leemos: “Y les faltó territorio a los hijos de Dan; y subieron los hijos de Dan y combatieron a Lésem, y tomándola … llama­ron a Lésem, Dan, del nombre de Dan su padre”.

En Jueces 18:11-12 se narra que la familia de Dan tomó a Quiryat-jearim y “llamaron a aquel lugar el campamento de Dan, hasta hoy”. Poco después, el mismo grupo de 600 hombres armados de la familia de Dan llegaron a Lais, la cual capturaron, y “llamaron el nombre de aquella ciudad Dan, conforme al nombre de Dan su padre” (versículo 29). Nótese, pues, cómo esta tribu dejó su “rastro de serpiente” por el camino, cómo dejó señales que nos permiten seguirles la pista hasta hoy.

Recuérdese que las vocales hebreas no se escribían sino que debían suplirse al hablar. Así, el equivalente de Dan en otro idioma podría escribirse simplemente “Dn” y se podría pronunciar “Dan”, “Den”, “Din”, “Don” o “Dun” sin dejar de ser el mismo nombre original hebreo.

La tribu de Dan ocupó dos distritos o provincias antes del cautiverio en Asiria. Una colonia habitó la costa de Palestina; eran marineros en su mayoría y la Biblia nos dice que Dan se estuvo junto a las naves (Jueces 5:17).

Cuando Asiria capturó a Israel, estos danitas abordaron sus naves y viajaron rumbo al occidente por el Mediterráneo y al norte hasta Irlanda. Poco antes de morir, Moisés había profetizado acerca de esta tribu: “Dan es cachorro de león que salta desde Basán” (Deuteronomio 33:22). A lo largo de las costas del Mediterráneo, esta tribu dejó su rastro en los nombres “Den”, “Don” y “Din”.

La historia y los anales de Irlanda nos dicen que los nuevos colonizadores de ese país en ese mismo momento histórico eran los Tuatha De Danaan. A veces el nombre aparece simplemente como Tuatha De, que quiere decir “pueblo de Dios”. Y en Irlanda encontramos muchas señales de esta índole: Darcs-Laugh, Dan-Sower, Dim-dalk, Dun- drum, Don-egal (bahía y ciudad), Dun-gloe, Lon-don-derry, Din-gle, Duns-mor (que significa “más Danés”). Además, el nombre Dunn en idioma irlandés significa lo mismo que Dan en hebreo: juez.

La colonia norteña de Dan fue transportada a Asiria y de allí viajaron por tierra con las demás tribus. Terminado el cautiverio en Asiria, habitaron durante algún tiempo la tierra

inmediatamente al occidente del mar Negro, donde encontra­mos los ríos Dnieper, Dniester y Don.

Luego, la geografía antigua y más reciente nos da las siguientes señales: Dan-au, el Dan-inn, el Dan-áster, el Dan-dari, el Dan-ez, el Don, el Dan y el U-dora; el Eri-don y los daneses. Dinamarca significa “la marca de Dan”.

Cuando llegaron a las islas Británicas, dejaron los nombres de Dun-dee y Dim-raven; en Escocia los nombres Dan, Don y Dun son tan comunes como en Irlanda. Así, el “rastro de serpiente” dejado por Dan nos lleva directamente a las islas Británicas.

Los antiguos anales de Irlanda

Ahora averigüemos brevemente lo que cuentan los antiguos anales, las leyendas y la historia de Irlanda, pues ello nos dará el escenario de dónde Jeremías “plantó” a Israel y dónde ella se encuentra en la actualidad.

La historia antigua de Irlanda es muy extensa, aunque salpicada de leyenda. Sin embargo, teniendo presentes los acontecimientos y las profecías de la Biblia, es fácil distinguir entre la historia y la leyenda. Descartando las leyendas obvias, sacamos lo siguiente, tomado de distintos libros: Mucho antes del año 700 A.C., una colonia fuerte llamada Tuatha De Danaan llegó a Irlanda por mar, echó a las tribus del lugar y se estableció allí. Más tarde, llegó del Oriente Cercano una colonia del linaje de Zara.

Luego, en el año 569 A.C. (fecha en que Jeremías trasplantó el trono), llegó a Irlanda un anciano patriarca de cabellos blancos, llamado a veces un “santo”. Con él vinieron una princesa hija de un rey oriental, y un compañero de nombre “Simón Brach” (la ortografía de este nombre varía en los distintos textos históricos: Breck, Berech, Brach o Berach). La princesa tenía nombre hebreo, Tefi, que era un apodo, pues su nombre verdadero era Tea-Tefi.

En la literatura moderna de quienes reconocen la identidad nacional de Israel, esta Tea-Tefi, hija de Sedequías, se ha confundido con una Tea anterior, hija de Ith, quien vivió en tiempos de David.

Entre el grupo real se contaba el hijo del rey de Irlanda, quien había estado en Jerusalén durante el sitio. Había conocido allí a Tea-Tefi y se casó con ella poco después del año 585, cuando cayó la ciudad. Los acompañaba su hijo de unos 12 años de edad. Adémas de la familia real, Jeremías llevaba consigo algunas cosas notables, entre ellas un arpa, un arca y una piedra maravillosa llamada lia-fail o “piedra del destino”. Una interesante coincidencia (¿es coincidencia?) con respecto a este nombre es que, aunque el hebreo se escribe de derecha a izquierda y el español y el inglés se escriben de izquierda a derecha, lia-fail se pronuncia igual cuando es escrito en cualquiera de las dos formas.

Otra extraña coincidencia (¿es coincidencia?) es que muchos reyes de Irlanda, Escocia e Inglaterra han sido coronados sentados sobre esta misma piedra . . . entre ellos la reina actual. La piedra yace hoy en la abadía de Westminster en Londres, y el trono de la coronación está construido alrededor y sobre ella. Al lado hay un letrero que reza: “La piedra del pilar de Jacob” (ver Génesis 28:18).

El esposo real de la princesa hebrea Tea recibió el título de “Herremón” cuando ascendió al trono de su padre. Muchos han confundido este Herremón con otro muy anterior, que vivió en tiempos de David y se casó con Tea, la hija de su tío Ith. El hijo del segundo Herremón y de la princesa hebrea se mantuvo en el trono de Irlanda y su misma dinastía permaneció sin interrupción con todos los reyes de Irlanda; luego fue derrocado y pasó a Escocia, y derrocado nuevamente, pasando a Londres, Inglaterra. Allí, esa misma dinastía sigue reinando, con la reina Isabel II a la cabeza.

Otro dato interesante es que las coronas que usaron los reyes del linaje de Herremón y otros soberanos de la antigua Irlanda tenían 12 puntos.

La reina Isabel en el trono de David

Uniendo la historia y la profecía bíblicas con la historia de Irlanda, ¿puede negarse que esta princesa hebrea era hija del rey Sedequías de Judá y, como tal, heredera del trono de David?, ¿que el viejo patriarca era Jeremías y su compañero el escriba Baruc?, ¿que el rey Herremón era descendiente de Zara y que contrajo matrimonio con una hija de Pares, sanando así la “rotura”?, ¿que una vez derrocado o desarraigado el trono de David por Jeremías, fue plantado de nuevo en Irlanda, luego desarraigado nuevamente y plantado por segunda vez en Escocia, y desarraigado por tercera vez y plantado finalmente en Londres? Cuando Cristo retorne a la Tierra para ocupar ese trono, no recibirá un trono inexistente sino uno de verdad (Lucas 1:32).

La Mancomunidad Británica es la única “multitud” unida de naciones (ver Génesis 48:19) que ha existido en la historia del mundo. ¿Es posible que el pueblo inglés cumpla tan perfectamente todas las especificaciones del pueblo de la primogenitura, sin serlo?

Los Estados Unidos son Manasés

Las bendiciones proféticas pronunciadas por Jacob cuando estuvo a punto de morir, indican que Efraín y Manasés heredarían la primogenitura conjuntamente y que perma­necerían unidos largo tiempo, para luego separarse.

En Génesis 48, Jacob transmitió la primogenitura conjuntamente a los dos hijos de José, mencionando a ambos. Luego habló de cada uno por separado: Manasés habría de convertirse en una gran nación y Efraín en un conjunto o multitud de naciones.

En su profecía para los últimos tiempos, Jacob dijo: “Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro” (Génesis 49:22). En otras palabras, José (Efraín y Manasés juntos) habría de ser un pueblo colonizador en estos últimos tiempos, extendiéndose alrededor del mundo desde las islas Británi­cas.

Efraín y Manasés crecieron juntos hasta formar una multitud, y luego se separaron según la bendición profética de Jacob. Los pueblos de Inglaterra y los Estados Unidos han cumplido esta profecía.

Cabe preguntarse, sin embargo, cómo los Estados Unidos pueden ser Manasés si gran parte de sus habitantes vinieron de muchos países. La respuesta es la siguiente: Una gran parte de la tribu de Manasés permaneció con Efraín hasta la separación de la Nueva Inglaterra (nombre dado al sector nororiental de EE.UU.). Pero según la profecía, habrían de ser zarandeados como se zarandea el grano en una criba, sin que cayera un grano en tierra, es decir, sin que se perdiera ni uno (Amos 9:9). Efectivamente, el pueblo norteamericano se filtró por entre muchas naciones. Efraín y gran parte de Manasés inmigraron juntos a Inglaterra, pero otros muchos descen­dientes de Manasés pasaron por otras naciones, como por una “criba”, y de allí inmigraron a los Estados Unidos después que las colonias se habían convertido en nación independiente. Esto no quiere decir que todos los extranjeros que han inmigrado a los Estados Unidos sean de la tribu de Manasés, pero muchos, sin duda, sí lo son. Por otra parte, Israel también absorbía a los gentiles que se establecían en su tierra y se casaban con gente de su pueblo.

El pueblo norteamericano se ha conocido siempre como una mezcla de gente proveniente de distintos países del mundo. Pero este hecho no contradice su ancestro (Manasés) sino que lo confirma. Son muchas las pruebas de que los Estados Unidos son Manasés. Este había de separarse de Efraín y convertirse en la nación más grande y rica en la historia. Ningún otro país ha cumplido esa profecía. Manasés fue en realidad la tribu número 13. Las tribus originales fueron 12, entre ellas José, pero cuando José se dividió en dos y Manasés se convirtió en nación independiente, vino a ser la tribu número 13. ¿Será simple coincidencia el hecho de que ese país comenzó como 13 colonias?

Ahora bien, ¿qué se puede decir respecto a las demás tribus “perdidas”? Aunque la primogenitura fue de José, y las bendiciones cayeron sobre la Mancomunidad Británica y los Estados Unidos de América, también las ocho tribus restantes eran parte del pueblo escogido de Dios. Ellas también han recibido bendiciones materiales … pero no la primogenitura.

Por falta de espacio, no podemos entrar en una descripción detallada de la identidad de estas tribus en el siglo 20. Basta decir que esas ocho tribus formaron naciones de Europa Occidental: Holanda, Bélgica, Dinamarca, el norte de Francia, Luxemburgo, Suiza, Suecia y Noruega. El pueblo de Islandia también es de origen vikingo. Las actuales fronteras políticas de Europa no muestran necesariamente las divisiones entre los descendientes de estas tribus de Israel.

Capítulo X

LA PRIMOGENITURA FUE RETENIDA DURANTE 2520 AÑOS

El cumplimiento más asombroso de la profecía bíblica que jamás haya tenido lugar en tiempos modernos fue el repentino florecer de las dos potencias mundiales más grandes: la una, una mancomunidad de naciones que fue el imperio mundial más grande de todos los tiempos; la otra, la nación más rica y poderosa del mundo.

Estos pueblos que heredaron la primogenitura llegaron, con rapidez increíble, a poseer más de las dos terceras partes de la riqueza y los recursos cultivados de todo el globo. Este auge sensacional, partiendo de unos comienzos muy modestos y en un tiempo tan corto, es una prueba incontrovertible del cumplimiento de la profecía bíblica. Jamás en la historia ocurrió otra cosa semejante.

Ahora bien, ¿por qué los herederos de la primogenitura llegaron a recibir ese poderío y esa prosperidad sin precedentes solamente después del año 1800? ¿Por qué no los recibieron las tribus de Efraín y Manasés hace miles de años, en tiempos de Moisés, Josué, David o Elias?

Una nación y conjunto de naciones

Recordemos que la promesa fue dada a las tribus de Efraín y Manasés, no a las demás tribus ni sus descendientes. Estas dos, sin embargo, formaban a la sazón parte del reino de Israel.

Veamos de nuevo la promesa original: “Una nación y conjunto de naciones procederán de ti” (Génesis 35:11).

Poco antes de morir, Jacob transfirió la promesa a Efraíny Manasés, hijos de José, diciendo: “Sea perpetuado en ellos mi nombre” (Génesis 48:16). Por lo tanto, son ellos, los descendientes de Efraín (hoy el pueblo británico) y de Manasés (el pueblo norteamericano), quienes corresponden a Jacob o Israel en la profecía, y no los judíos. Luego, Jacob añadió: “Y multipliqúense en gran manera”.

Hablando de Manasés y sus descendientes únicamente, Jacob profetizó: “También él vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor [Efraín] será más grande que él, y su descendencia [la de Efraín] formará multitud [conjunto o mancomunidad] de naciones” (Génesis 48:19).

En el año 1800, el Reino Unido y los Estados Unidos eran países pequeños e insignificantes. El primero estaba formado solamente por las islas Británicas con una parte muy pequeña de la India y el Canadá, además de unas pocas islítas. Los Estados Unidos eran 13 colonias más tres estados añadidos a ellas. Ninguno de estos países poseía gran riqueza ni poderío.

Mas a partir del año 1800, estas dos naciones comenzaron a surgir espectacularmente hasta llegar a un grado de opulencia y dominio nunca antes visto. El Imperio Británico no tardó en extenderse alrededor del mundo hasta tal punto que el Sol nunca se ponía en él. Canadá, Australia y Sudáfrica se convirtieron en dominios, como naciones libres, autogobernadas independientemente de Inglaterra. Constituían un conjunto o mancomunidad de naciones unidas, no por un gobierno legal, ¡sino únicamente por el trono de David!

Ahora bien, ¿por qué esa grandiosa primogenitura ofrecida incondicionalmente a Abraham y prometida de nuevo a Isaac y Jacob, no se hizo efectiva hasta milenios más tarde, después del año 1800? ¡La respuesta es verdaderamente sensacional!

Para entender este auge milagroso, tenemos que examinar el capítulo céntrico de las profecías del Antiguo Testamento: el capítulo 26 de Levítico.

Una profecía para nuestros días

Esta profecía fue más que una advertencia para el pueblo de Israel en tiempos de Moisés; es una profecía que se refiere

también a nuestros tiempos. Pocos saben que las profecías del Antiguo Testamento pertenecen en gran parte a este siglo 20, y muchas veces ni se refieren a aquellos tiempos antiguos.

Los ministros y dirigentes eclesiásticos de hoy se formaron en los seminarios teológicos de sus respectivas religiones. Sus libros de enseñanza eran primordialmente libros sectarios … ¡no la Biblia! Muchas de esas denomina­ciones dicen: “Nosotros somos una iglesia del Nuevo Testamento”, y dan por hecho que las profecías del Antiguo Testamento se refieren sólo a aquellos tiempos y carecen de significado para nosotros hoy en día. ¡Esto es un error y un engaño! Muchas de las profecías del Antiguo Testamento no se escribieron para los israelitas de aquella época ni fueron leídas por ellos. La Iglesia de Dios, que es del Nuevo Testamento, está, sin embargo, estructurada sobre el fundamento de los profetas del Antiguo Testamento así como de los apóstoles (Efesios 2:20).

Daniel escribió después de que Israel y Judá habían caído en la esclavitud, lejos de Palestina. No tenía los medios para comunicar sus profecías a sus compatriotas, y además, el significado estaba cerrado y sellado hasta nuestros tiempos (Daniel 12:8-9).

Ezequiel, por su parte, no fue profeta para la casa de Judá, si bien estaba entre los judíos cautivos. Su profecía iba dirigida a la casa de Israel, la cual había partido 130 años antes y estaba ya perdida. Dicha profecía habría de dirigirse a la casa de Israel hoy, en este siglo 20, llegando a ella por medio de los ministros de Dios que ahora sí conocen su identidad.

Esta profecía de Levítico 26, si bien fue escrita por Moisés antes de que los israelitas entraran en la tierra prometida, es una profecía de cumplimiento dual. Fue una advertencia para los que vivieron en tiempos de Moisés, pero su cumplimiento final, como veremos, se ha efectuado y sigue efectuándose en nuestros días. Y por medio de este cumplimiento dual, que caracteriza muchas profecías, viene a ser también una advertencia a los pueblos británico y norteamericano, así como a los pueblos de todo el mundo. Levítico 26, la profecía básica del Antiguo Testamento, contiene un mensaje viviente, esencial, tremendo, de lascosas que han de acontecer hoy a los pueblos de la tierra.

La profecía cardinal

En esta profecía fundamental, Dios reafirmó la promesa de la primogenitura para los que vivieron durante la época de Moisés, pero con ciertas condiciones. Las tribus de Efraín y Manasés, unidas a las demás, formaban una sola nación, y la obediencia a las leyes de Dios habría traído enormes bendiciones nacionales no sólo a esas dos sino también, automáticamente, a toda la nación de la cual ellas formaban parte.

Se mencionan dos de los diez mandamientos. Estos eran los principales mandamientos de prueba: prueba de obediencia, de fe y de lealtad. Dios dijo: “No haréis para vosotros ídolos, ni escultura … para inclinaros a ella; porque yo soy el Eterno vuestro Dios. Guardad mis sábados…” (Levítico 26:1-2).

Nótese que había un gran “pero”, una condición para recibir, en ese momento, esta estupenda primogenitura. Dios dijo: “Si andáis en mis decretos y guardáis mis mandamientos, y los ponéis por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos ..(versículos 3-4). Toda la riqueza viene de la tierra, y ellos tendrían cosechas abundantes todo el año, una tras otra. Versículo 6: “Y yo daré paz en la tierra … y no habrá quien os espante … y la espada no pasará por vuestro país”. ¡Qué grandiosas bendiciones! ¿Qué nación hay que goce de paz continua, sin interrupción y sin temor a una invasión militar?

En este mundo, desde luego, toda nación tiene algún enemigo. ¿Qué ocurriría, pues, en caso de ataque? Versículos 7-8: “Y perseguiréis a vuestros enemigos, y caerán a espada delante de vosotros. Cinco de vosotros perseguirán a ciento, y ciento de vosotros perseguirán a diez mil”.

Como muchas naciones del mundo son agresoras, Israel estaría sujeta a ataques. Pero una nación que tuviera la superioridad militar necesaria para derrotar a sus agresores se convertiría en la nación predominante y más poderosa del mundo, especialmente si tuviera además grandes recursos y riquezas. Versículo 9: “Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto con vosotros”.

El gran “pero”

Mas ahora vemos la alternativa, SI no se cumplieran las condiciones:

Si no me oís, ni hacéis todos estos mis mandamien­tos … yo también haré con vosotros esto: enviaré sobre vosotros terror, extenuación y calentura, que consuman los ojos y atormenten al alma; y sembraréis en vano vuestra semilla, porque vuestros enemigos la comerán. Pondré mi rostro contra vosotros, y seréis heridos delante de vuestros enemigos; y los que os aborrecen se enseñorearán de vosotros” (versículos 14-17). Serían invadidos y conquistados, esclaviza­dos de nuevo tal como lo fueron en Egipto.

¿Qué ocurrió, en efecto?

Los israelitas se quejaron, murmuraron y dudaron de Dios casi desde la misma noche en que abandonaron Egipto. Al llegar al mar Rojo, Dios los libró milagrosamente del ejército que los persiguió. Los alimentó con maná y codornices e hizo manar agua potable de una gran roca. Pero seguían que­jándose y mantenían su actitud rebelde.

Los hijos de Israel, bajo Moisés, llegaron al desierto al pie del monte Sinaí. Allí, Dios llamó a Moisés a la montaña y le habló. Le ofreció a Israel la oportunidad de convertirse en su nación, bajo su gobierno, y si obedecían y permanecían leales, recibirían la fabulosa primogenitura.

El Eterno dijo: “Ahora, pues, si dais oído a mi voz, y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (Éxodo 19:5). Dios no los obligaba a convertirse en su nación, nación “especial” y diferente de los reinos gentiles apóstatas. La decisión era de ellos.

El comienzo de una nación

Moisés regresó al campamento y expuso el acuerdo (pacto) propuesto por Dios ante la vasta congregación de quizá dos o tres millones de personas. “Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que el Eterno ha dicho, haremos” (Éxodo 19:8).

El pueblo debería prepararse durante dos días para un acontecimiento sobrecogedor. Habrían de escuchar la voz misma de Dios, proveniente de la montaña. El tercer día, entre un despliegue sobrenatural, fantástico y formidable de relámpagos y nubes espesas que se revolvían sobre la cumbre, la tremenda voz de Dios retumbó pronunciando la ley básica de su gobierno, la gran ley espiritual que define, en principio, el camino de vida de Dios, el cual es el camino para evitar los males que aquejan al mundo; es el camino que produce paz, felicidad y prosperidad.

La vasta asamblea escuchó la voz del Eterno Dios, que les dictaba los diez mandamientos. Grande fue su temor. ¡Los hacía temblar! Fue una experiencia única que jamás había sucedido antes ni se repitió después.

Luego, por medio de Moisés, Dios esbozó en mayor detalle su propuesta para establecerlos como su nación. De nuevo, el pueblo respondió con voz unánime: “Haremos todas las palabras que el Eterno ha dicho” (Éxodo 24:3). Moisés escribió todos los términos de este pacto o acuerdo en virtud del cual aquellos ex esclavos se convirtieron en pueblo de Dios. El pacto también era un contrato de matrimonio en que el Eterno era el esposo, e Israel (la esposa) se comprometía a obedecerle.

Moisés leyó los términos y las condiciones, el “libro del pacto”, delante de todo el pueblo y éste expresó de nuevo la decisión unánime de su parte: “Haremos todos las cosas que el Eterno ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7).

El antiguo pacto fue un matrimonio

El acuerdo entre Dios y su pueblo, llamado comúnmente el “antiguo pacto”, fue puesto en vigencia y ratificado con sangre (Éxodo 24:5-8).

El mediador del “antiguo pacto” fue Moisés. Él desposó un pueblo mortal y humano con el Eterno, convirtiéndolo en nación suya. Y este pueblo le prometió a Dios su obediencia como ciudadanos leales.

Este “antiguo pacto” se basó en la promesa de primogenitura que Dios había hecho a Abraham. Pero los seres humanos, llenos de vanidad, envidia, codicia y concupiscencia, rara vez permanecen fieles. Por eso, el Cristo vivo vendrá pronto para ser el mediador de un pacto nuevo basado en mejores promesas (Hebreos 8:6-10 y 9:15). Pero el nuevo pacto no se hará con seres humanos mortales que violen sus promesas. Dios ha estado preparando y sigue preparando un pueblo que se convertirá en inmortal, y estos seres inmortales se desposarán con Cristo. Él murió, resucitó y envió el Espíritu Santo de Dios para santificar y purificar a esta “esposa” del nuevo pacto (Efesios 5:26-27).

El nuevo pacto se hará con un pueblo que ya habrá sido puesto a prueba a lo largo de una vida cristiana de obediencia, fe, desarrollo del conocimiento y el carácter cristiano, y superación; un pueblo que para entonces habrá sido hecho inmortal, santo y perfecto.

Este pacto tiene por base la promesa del cetro hecha a Abraham, y se realizará por medio del Rey de reyes, Jesucristo, de la misma dinastía de David.

Los israelitas se vuelven idólatras

Veamos cuál fue el comportamiento de estos israelitas mortales.

Una vez ratificado el acuerdo entre Dios e Israel, Él llamó a Moisés, quien permaneció en la montaña 40 días recibiendo instrucciones detalladas para la congregación (iglesia) y para la nación, pues iglesia y estado eran uno.

Transcurridos varios días de ausencia de Moisés, el pueblo dijo a Aarón: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido”. De manera que tomaron sus zarcillos y alhajas de oro y Aarón los tomó para hacer con ellos un becerro de oro, el cual fue su ídolo (Éxodo 32:1-4).

Moisés bajó del monte trayendo consigo las dos tablas de piedra sobre las cuales el Eterno había grabado los diez mandamientos. Al ver el ídolo de oro y al pueblo que lo adoraba regocijándose y bailando, perdió la serenidad y con gran ira lanzó las tablas de piedra y las rompió.

Al igual que ciertas entidades religiosas que hoy se llaman “cristianas”, éstos argumentaron que el becerro simplemente representaba a Dios, que era una imagen de lo que ellos creían era la apariencia de Dios.

Una vez fabricado el becerro, Aarón proclamó fiesta “para el Eterno” (Éxodo 32:5), durante la cual adoraron al ídolo. Pero esta es precisamente la manera como los paganos siempre han adorado a sus ídolos. Dios se encendió en ira por esta práctica (Éxodo 32:7-10). ¡Él no acepta tal culto! Ver también Deuteronomio 12:30-31.

Retenida 40 años

El segundo año después de salir de Egipto, los israelitas pasaron a un nuevo campamento en el desierto de Parán (Números 10:11-12). Allí Dios le ordenó a Moisés que enviara 12 hombres, un dirigente de cada tribu, para hacer el reconocimiento de la tierra prometida y regresar con un informe sobre el terreno y sus habitantes (Números 13:1-2). El reconocimiento duró 40 días, y a su regreso todos los hombres menos dos (Josué y Caleb) dieron un informe exagerado y negativo de lo que habían visto. Cuando Josué y Caleb dijeron la verdad, el pueblo quiso apedrearlos. Los israelitas acogieron el informe negativo, se quejaron de Dios, se rebelaron y desobedecieron.

¿Alguna vez se ha preguntado el lector por qué estos israelitas duraron 40 años en el desierto árido, estéril y desolado antes de llegar a la tierra prometida? ¿Acaso se necesitaban 40 años para llegar hasta allí? Los espías fueron, la recorrieron de un extremo a otro y regresaron en un total de 40 días. Pero el pueblo rezongó, dudó de Dios, desobedeció y se negó a seguir adelante y poseer la tierra. En lugar de decidirse a marchar adelante y tomar posesión de este gran premio que Dios quería darles, lo despreciaron, carecieron de fe y rehusaron entrar.

Esta tierra prometida es símbolo del glorioso reino de Dios que el Salvador Jesucristo nos ofrece. Pero nosotros, como aquellos israelitas, también lo despreciamos prefiriendo la “esclavitud” del pecado; nos falta fe para seguir adelante y poseer el reino de Dios. Nosotros también nos rebelamos, dudamos y desobedecemos. Y quienes desprecian así el reino glorioso, no entrarán en él ni gozarán de la vida eterna llena de felicidad y realizaciones.

A ese pueblo rebelde Dios dijo; “En este desierto caerán vuestros cuerpos… Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra . . . exceptuando a Caleb … y a Josué . . . Pero a vuestros niños, de los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis” (Números 14:29-31).

Luego añadió: “Y vuestros hijos andarán pastoreando en el desierto cuarenta años, y ellos llevarán vuestras rebeldías, hasta que vuestros cuerpos sean consumidos en el desierto” (versículo 33).

Ahora vemos el principio según el cual un día representa un año: “Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocisteis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y reconoceréis mi castigo” (versículo 34). El castigo fue que se retuvo la bendición prometida durante estos 40 años.

De nuevo la idolatría

Esa generación de israelitas no pudo entrar en la tierra prometida. Duró 40 años en el desierto y fueron sus hijos quienes entraron en Canaán, dirigidos por Josué.

Y luego, ¿qué ocurrió?

Se dedicaron a ocupar su tierra prometida, a lanzar fuera los reinos que estaban allí, y en vida de Josué sirvieron a Dios y prosperaron. Iban en buen camino para heredar las bendiciones de la primogenitura en sus días. Pero muerto Josué “y toda aquella generación también… se levantó después de ellos otra generación que no conocía al Eterno, ni la obra que él había hecho por Israel. Entonces los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos del Eterno, y sirvieron a los baales. Dejaron al Eterno Dios de sus padres… Y se encendió contra Israel el furor del Eterno, el cual los entregó en manos de salteadores, que los despojaron, y los vendió en manos de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos. Por dondequiera que salían, la mano del Eterno estaba contra ellos para mal, como el Eterno se lo había dicho y jurado; y tuvieron gran aprieto” (Jueces 2:10-15).

Así pues, exactamente como había advertido Dios en los versículos 14-17 de Levítico 26, El les trajo terror y sembraron su semilla en vano porque sus enemigos se la comieron. Dios sí puso su rostro contra ellos.

La Palabra de Dios es fiel. ¡Qué lástima que ni los individuos ni las naciones estén dispuestos a creerlo!

Pero ese no fue el final: Dios es misericordioso y perdonador, y les dio una oportunidad tras otra. La historia sigue en el libro de los Jueces: “Y el Eterno levantó jueces que los librasen de mano de los que les despojaban; pero tampoco oyeron a sus jueces, sino que fueron tras dioses ajenos, a los cuales adoraron; se desviaron muy pronto del camino…” (Jueces 2:16-17).

Esto ocurrió repetidas veces. Cuando quedaban someti­dos bajo el yugo de otra nación, clamaban a Dios para que los librara. Pero cada vez que Dios mandaba un juez y éste los salvaba, el pueblo se apartaba de nuevo. Tan pronto como las cosas empezaban a marchar bien, los israelitas se dedicaban nuevamente a la idolatría.

¿Eran ellos tan distintos de nosotros? La mayor parte de nosotros sólo buscamos a Dios cuando estamos en apuros, cuando nuestros intereses nos obligan a acudir a El.

Hasta ese momento el pueblo había murmurado, le había faltado fe, había contrariado a Dios, pero seguía recono­ciéndolo como su único gobernante. Aunque no confiaba en El ni le obedecía, tampoco reconocía a ningún otro gobernante.

Rechazan a Dios como rey

En tiempos de Samuel el pueblo llegó a rechazar a Dios aun como gobernante nacional civil, y exigieron un rey humano a imitación de los pueblos gentiles (I Samuel 8:1-7). Esto ocurrió probablemente hacia fines del año 1112 A.C.

Rechazar a Dios como gobernante fue el pecado más grande. Hasta entonces lo habían reconocido y no habían tenido ningún otro rey. Parece que estos fueron los años de pecado máximo, los que acarrearon el castigo de Dios.

Sin embargo, bajo el “antiguo pacto” del monte Sinai, la nación seguía siendo de Dios. El continuaba tratando con Israel y no se “divorció” de ella hasta 721-718 A.C., como veremos luego.

Bajo Saúl sufrieron. Comenzaron a prosperar bajo el rey David, y en la época de Salomón alcanzaron un alto nivel de prosperidad, pero aún no habían llegado a la posición de dominio mundial que se les había prometido según la primogenitura. La prosperidad de Salomón lo llevó a la idolatría, y la nación volvió a violar la condición necesaria para recibir la promesa.

Cuando Roboam, hijo de Salomón, ascendió al trono, amenazó con imponer tributos aun más fuertes. Entonces la nación lo rechazó y estableció como rey a Jeroboam, de la tribu de Efraín.

Una nación dividida

El resultado fue la división del reino: Judá se separó del resto de la nación con el fin de retener la dinastía davídica, y junto con Benjamín y la mayor parte de Leví, formó una nación nueva, llamada el reino de Judá. Ya no portaba el nombre nacional de “Israel”. El pueblo de este reino de Judá, recién formado, llegó a conocerse como el pueblo judío. El reino de Israel, que ocupaba la parte norte de Palestina, nunca llevó el nombre de “judío”.

Ahora la promesa de la primogenitura y la del cetro se separaron, yendo una a cada nación. Recordemos que Efraín y Manasés compartían la primogenitura, y si la hubiesen heredado en esa época, las demás tribus de Israel habrían participado automáticamente de esas bendiciones, puesto que pertenecían a la misma nación.

Pero bajo Jeroboam la nación de Israel, compuesta ahora por 10 tribus, violó flagrantemente las leyes de Dios y en particular los dos mandamientos de prueba. Uno de los primeros actos de Jeroboam fue instituir la idolatría, y cambió la observancia de algunas de las fiestas de Dios, pasándolas del séptimo al octavo mes. También hay indicios de que cambió el sábado de Dios del día séptimo al “octavo” (primero de la semana), como veremos más adelante.

Aun después de todo esto, Dios le dio a la nación muchas oportunidades para hacerse acreedora a las bendiciones de la primogenitura. A lo largo de 19 reyes y siete dinastías, Dios contendió con ellos y les rogó por medio de sus profetas. Pero la nación rebelde no mostró ningún deseo de seguir los caminos de Dios y, a pesar de los castigos repetidos, rehusó aprender la lección que la experiencia debía enseñarle.

Los siete tiempos de la profecía

Ahora continuemos en Levítico 26: “Y si aun con estas cosas no me oís, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados” (versículo 18).

¡Es importante que esto quede muy claro!

La expresión “siete veces” se ha traducido al español de una palabra hebrea que tiene dos significados. La palabra original escrita por Moisés fue shibah, y puede ser “siete tiempos” o “siete veces”. “Siete tiempos” implica duración o continuación del castigo; mas la palabra también tiene el sentido de “siete veces”, que es una intensidad de castigo siete veces mayor. En este sentido, el significado equivaldría al de Daniel 3:19, donde el rey Nabucodonosor ordenó furioso que el horno al cual habrían de ser lanzados los tres amigos de Daniel se hiciera siete veces más caliente.

Ahora debemos entender lo que significa esto en el sentido de “siete tiempos” proféticos. Esta es, en efecto, una profecía, y en la profecía un “tiempo” es un año de 360 días. Respecto al castigo de Israel, cada día representaba un año de cumplimiento.

El principio de “un día por un año” se explica en otros dos pasajes que tratan de la duración del castigo de Israel. Uno lo hemos visto ya: Dios castigó a la generación de israelitas que salió de Egipto con Moisés reteniendo durante 40 años la entrega de la tierra prometida. Esa tierra fue.una parte inicial de la primogenitura. Dios los castigó siguiendo el principio de un año por cada día, un castigo que duró 40 años por los 40 días de transgresión.

El “día por año” de Ezequiel

Con el fin de grabar en la mente de Ezequiel cuál era la gravedad de los años de rebelión contra el gobierno de Dios y contra las leyes divinas, las cuales causarían grandes bendi­ciones, Dios impuso este mismo principio pero a la inversa.

Los pecados de la casa de Israel permanecieron 390 años desde que ellos rechazaron a Dios como rey. No se podía esperar, sin embargo, que el profeta llevara un año de castigo por cada día de pecado de Israel, pues tendría que haber vivido unas 2000 vidas. Así, Dios invirtió la aplicación del principio y le ordenó que portara los pecados de Israel un día por cada año de pecado. Pero el principio seguía siendo el mismo.

Ezequiel había de acostarse del lado izquierdo, representando un sitio imaginario de Jerusalén, el cual estaba simbolizado en una plancha de hierro. “Y tú te acostarás sobre tu lado izquierdo, y pondrás sobre él la maldad de la casa de Israel. Según el número de los días que duermas sobre él, llevarás sobre ti la maldad de ellos. Pues yo te he fijado los años de su maldad por el número de los días, trescientos noventa días; y así llevarás tú la maldad de la casa de Israel. Cumplidos éstos, te acostarás sobre tu lado derecho segunda vez, y llevarás la maldad de la casa de Judá; cuarenta días, computándote cada día por un año” (Ezequiel 4:4-6). Lo mismo se menciona en el versículo 9.

Pero como se explicó anteriormente, cuando este principio de “un día por un año” se aplicó al pueblo, éste hubo de llevar el castigo un año por cada día. Y en este caso, el castigo fue el número de años que se postergó la entrega de la promesa.

Cuando llegamos a la expresión “yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados” en Levítico 26, vemos claramente, tanto por la estructura de la frase como por el cumplimiento real, que ello se refiere a una duración de siete “tiempos” o años proféticos; y el principio de un año por un día nos da siete años de 360 días, para un total de 2520 días. Cuando cada día corresponde a un año de castigo (y en este caso, como en Números 14:34, el castigo es la postergación de una bendición), entonces el castigo viene a ser que Dios retiene las bendiciones prometidas durante un lapso de 2520 años. Ahora bien, ¡eso fue exactamente lo que ocurrió!

¿Qué es un “tiempo”?

Hemos hablado de un “tiempo” profético como un año de 360 días. ¿Por qué no un año de 365 Vi días? ¿Por qué no un año solar? En los tiempos bíblicos antiguos, el año estaba formado por 12 meses de 30 días. Antes de que Dios le diera al pueblo su calendario sagrado, en la época de Moisés, ya se usaba el mes de 30 días.

Leamos Génesis 7:11: “El año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los diecisiete días del mes, aquel día fueron rotas todas las fuentes del gran abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas”. Pasando al versículo 24, leemos: “Y prevalecieron las aguas sobre la tierra ciento cincuenta días”.

Luego, Génesis 8:3-4: “Y las aguas decrecían gradualmen­te de sobre la tierra; y se retiraron las aguas al cabo de ciento cincuenta días. Y reposó el arca en el mes séptimo, a los diecisiete días del mes, sobre los montes de Ararat”.

Así pues, el diluvio comenzó el día 17 del segundo mes. Transcurridos 150 días, el arca quedó en el monte Ararat el día 17 del séptimo mes, o sea después de cinco meses completos. Cinco meses de 30 días dan exactamente 150 días. Por lo tanto, los meses en aquella época eran de 30 días.

El mismo cómputo aparece claramente en los libros de Daniel y Apocalipsis. En Apocalipsis 12:6, refiriéndose a una profecía que efectivamente se cumplió durante 1260 años solares, la Biblia habla de “mil doscientos sesenta días”. Aquí también un día en la profecía equivalió a un año de cumplimiento. En Apocalipsis 13:5 (que se refiere a un acontecimiento distinto pero de la misma duración), este mismo lapso de 1260 días, cumplido en 1260 años solares, se describe como “cuarenta y dos meses”. Ahora bien, 42 meses según el calendario civil que usamos hoy no equivaldría a 1260 días sino a 1276 días, y con un año bisiesto, 1277. Si el medio año extra fuera la última mitad del año, el total sería de 1278, 1279 ó 1280 días. Sin embargo, los 42 meses de Apocalipsis 13:5 equivalen al mismo lapso de 1260 días, según Apocalipsis 12:6. Por lo tanto, los 42 meses eran meses de 30 días.

En Apocalipsis 12:14, se habla del mismo período empleando la expresión “un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo”. El “tiempo” es un año profético, los “tiempos” son otros dos años proféticos, y la expresión completa es tres y medio “tiempos” proféticos, o sea 1260 días. Esto también equivale a tres años y medio contando meses de 30 días. Siete de estos “tiempos” serían, pues, 2520 días … y si aplicamos el principio de un día por un año, serían 2520 años.

Si leemos Daniel 12:7, encontraremos la misma expresión: “un tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo”.

Hemos explicado y aclarado este concepto en detalle porque es de importancia primordial para varias profecías.

Resumiendo, un “tiempo” profético es un año de 360 días, o simplemente 360 días. Al combinar Levítico 26:18 con Ezequiel 4:4-6, Números 14:34 y Apocalipsis 13:5 y 12:6, vemos claramente que durante aquel castigo a Israel cada día de un “tiempo” profético equivalió a un año de cumplimiento. Respecto a Levítico 26:18 y Apocalipsis 12:6 y 13:5, este significado se demuestra y comprueba por el hecho de que la profecía se cumplió precisamente en el tiempo indicado.

La primogenitura retenida 2520 años

Volvamos a la profecía básica de Levítico 26. Estos israelitas no habían escuchado a Dios y no habían merecido recibir la maravillosa y fabulosa bendición nacional. Habían quebranta­do, en particular, los dos mandamientos de prueba que aparecen en los versículos 1 y 2 de ese capítulo. Dios los había castigado tal como lo predijo, según vemos en los versículos 14-17.

Ahora Dios dijo, como citamos arriba: “Y si aun con estas cosas no me oís, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados” (Levítico 26:18).

Por la manera como está escrita la frase, y porque la primogenitura se retuvo, en efecto, precisamente 2520 años, queda claro que las “siete veces” del versículo 18 se refieren a siete tiempos de duración, o sea siete años de 360 días; y si cada día equivale a un año de cumplimiento, el castigo total sería de 2520 años. Por otra parte, la frase también implica la multiplicación de la intensidad del castigo.

El pueblo había pecado los 390 años que dice la profecía de Ezequiel (Ez. 4:4-5). Aun desde el momento en que rechazaron a Dios como rey nacional, El les permitió quedarse en la tierra prometida 390 años más. Durante todo ese tiempo, El les envió profetas para que les advirtieran y rogaran. Si se hubiesen arrepentido y regresado a Dios y sus caminos, habrían recibido las bendiciones nacionales más grandes de toda la historia. Mas no quisieron, sino que optaron por agravar sus pecados.

Por fin Dios les quitó durante 2520 años esta oportunidad que les había dado de cosechar gran prosperidad y dominio.

Israel se pierde

Por último, ¡Dios los lanzó de la tierra prometida! Tras 390 años de enviarles profetas y de mantenerse en contacto con ellos, Dios terminó por sacarlos de su tierra: “Los quitó de delante de su rostro” (II Reyes 17:18). El versículo 23 lo repite: “El Eterno quitó a Israel de delante de su rostro, como él lo había dicho por medio de todos los profetas sus siervos; e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiría, hasta hoy”.

Desde ese momento Dios dejó de mandarles profetas. Ya no hubo más oportunidad de recibir la bendición … hasta transcurridos 2520 años. Escondió su rostro de ellos, por así decirlo. Dejó de rogarles. Ellos no se habían mostrado aptos para recibir la bendición y fueron dejados en esclavitud para que se valieran por sí mismos.

Israel habia rechazado incluso la señal que le identificaba como pueblo. Ahora perdía su identidad, de manera que nadie la reconocía ya como el pueblo de Dios … ni siquiera ella misma.

Israel se perdió. Estas fueron las 10 tribus perdidas: ¡perdido su nombre, perdida su identidad y perdida su salud espiritual! Había perdido su primogenitura… al menos durante muchas generaciones. Con el paso de las generaciones perdió su idioma hebreo y llegó a considerarse a sí misma como gentil. Así también la ve el resto del mundo.

¿Fueron los apóstoles a la Gran Bretaña?

Generaciones más tarde, Jesús de Nazaret, sabiendo adonde habían emigrado, envió a sus 12 apóstoles para hacer llegar a las tribus perdidas su precioso evangelio del reino de Dios. El apóstol Pablo fue el enviado a los gentiles.

¿No se ha preguntado el lector por qué después del capítulo 15 del libro de los Hechos, no leemos nada más acerca de los 12 apóstoles? ¡Porque todos se habían ido a las tribus perdidas de Israel (excepción hecha de un viaje que hizo Pedro a Babilonia)!

Respecto a ellos, la Biblia dice: “No vayáis por camino de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos [gentiles], sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 10:5-6). ¡A las 10 tribus perdidas!

Jesús nunca rogó ni le pidió a nadie que se “salvara”, y tampoco lo hicieron los apóstoles. Ellos simplemente proclamaron la verdad y dejaron en manos de cada oyente la decisión de aceptarla o no.

¡Sí! Las islas Británicas oyeron el evangelio de Cristo, pero prefirieron acoger la idolatría de los druidas, el culto pagano y la religión romana de los misterios babilónicos, disfrazada de “cristianismo”. Y como si fuera poco, dieron origen a la religión diabólica del evolucionismo.

¡Por fin, la primogenitura!

Pero transcurrido ese lapso de 2520 años, Dios fue fiel a su promesa incondicional hecha a Abraham. No lo hizo por la bondad, superioridad ni merecimientos de los pueblos británico y norteamericano, sino porque Dios es fiel a su promesa. Así, a partir del año 1800, esas dos naciones poseedoras de la primogenitura surgieron de repente como las potencias mundiales más grandes de la historia.

Esta riqueza y este poderío no se deben a las cualidades ni los merecimientos de dichos pueblos. El hecho mismo de que se haya retenido la primogenitura durante un período determinado, implica que al cabo del mismo Dios conferiría la bendición. Recuérdese que El había prometido esto incondicionalmente a los descendientes de Abraham, gracias a la lealtad y obediencia de ese patriarca (Génesis 26:5). Dios se comprometió a otorgar esta bendición estupenda indepen­dientemente de la justicia o maldad de los descendientes de Abraham; pero no se había comprometido a otorgarla en una generación determinada.

Por esta razón, la pudo ofrecer condicionalmente a Israel en tiempos de Moisés y después. Esas generaciones la habrían recibido si hubieran cumplido las condiciones. Al negar la primogenitura a esas generaciones y retenerla 2520 largos años, Dios no estaba quebrantando su promesa a Abraham.

Así pues, a partir de los años 1800-1803 (después de transcurridos 2520 años), Dios hizo llegar a manos de las naciones de la primogenitura, y a éstas únicamente, una riqueza nacional, una grandeza y un poderío que jamás había visto nación o imperio alguno. Los descendientes de la tribu de José (británicos y norteamericanos) recibieron en conjunto más de las dos terceras partes (casi las tres cuartas partes) de toda la riqueza y los recursos cultivados de la Tierra.

¡Parece inverosímil! Las demás naciones juntas poseían apenas poco más de la cuarta parte de la riqueza mundial, y entre ellas se contaban los descendientes de las otras tribus israelitas. Entre ellas estaban también naciones como Alemania, Italia, Rusia y la China.

El acontecimiento más asombroso de toda la historia universal es este surgir repentino de dos naciones que, desde sus comienzos muy modestos, pasaron a detentar un poderío económico como nunca antes se había visto. La Gran Bretaña fue realmente grande: una mancomunidad de naciones gigantesca y estupendamente rica; y los Estados Unidos se convirtieron rápidamente en la nación más grande de la historia.

Pero más asombrosos aún son los hechos increíbles que explican cómo y por qué esas dos naciones están perdiendo sus bendiciones tan rápidamente como las adquirieron.

¿Por qué? Ahora explicaremos no sólo las razones, sino también lo que depara el futuro.

Capítulo XI

¿POR QUE ISRAEL PERDIÓ SU IDENTIDAD?

El misterio se ha revelado! No sólo sabemos lo que les ocurrió a las 10 tribus perdidas, sino que también sabemos por qué perdieron su identidad.

La parte principal de los israelitas, el reino del norte que llevó el nombre “reino de Israel”, se convirtió en una nación perdida para la historia. Según los registros históricos, tal parece que se la hubiese tragado la tierra.

Los textos de historia llegan hasta el cautiverio en manos de Asiría entre los años 721 y 718 A.C., y nos dicen que Israel fue llevada en esclavitud a la costa sur del mar Caspio. Pero ya en los años 604-585 A.C., cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, conquistó el reino de Judá, los asirios habían emigrado al noroeste … ¡llevando consigo a las 10 tribus de Israel!

Totalmente perdidas

¡Habían desaparecido! Hasta dónde se desplazaron en sentido noroeste, y dónde se asentaron finalmente, constituye una página en blanco de la historia universal.

¿Cuál es la explicación que dan los teólogos e historiadores?

Como no saben la respuesta correcta, buscan explicaciones, pero éstas son erróneas. Suponen equivocadamente que todos los israelitas eran judíos y que los 13 millones de judíos que existen hoy en el mundo constituyen la totalidad de los israelitas que han quedado. Algunos teólogos sostienen que todas las 10tribus llevadas cautivas a Asiría regresaron a Jerusalén en compañía de los judíos para reconstruir el templo 70 años después del cautiverio de Judá. Pero este es un error craso. Sólo regresó una parte de Judá, y esa parte estaba compuesta por miembros de las tribus de Judá, Benjamín y Leví. Estas genealogías aparecen en los libros de Esdras y Nehemías.

El mundo cree que los judíos constituyen la totalidad de Israel, porque sólo ellos conservaron su identidad. Hay una razón por la cual los judíos conservaron su identidad mientras la casa de Israel la perdió.

Dios les habia dado un pacto eterno muy especial, con una señal de identidad.

El pacto de identidad

Muy pocos han reparado en que el Eterno selló con su pueblo, en el monte Sinaí, un pacto especial y eterno, el cual incluía una señal de identidad.

Debemos recordar que el pueblo de Israel era a la sazón el único pueblo en la tierra con el cual Dios tenía trato personal como pueblo suyo. Adán y Eva habían rechazado el árbol simbólico que representaba el Espíritu Santo de Dios, así como la relación padre-hijo con El. Sus descendientes se alejaron tanto del camino de Dios que, para tiempos de Noé, el mundo estaba plagado de corrupción y violencia.

Transcurridas apenas dos generaciones desde el diluvio, el mundo entero se hallaba siguiendo las apostasías de Nimrod (Génesis 10:8-12; 11:1-9), cuya esposa-madre fundó la religión pagana que se apoderó del mundo y ha engañado a la humanidad hasta hoy. Dicho sistema religioso apóstata, iniciado por Semíramis, se extendió a todas las naciones. Pervirtiendo la verdad, se desarrolló con muchas variaciones y con distintos nombres en los diversos paises. Es el mismo sistema básico que cortó los nexos entre Dios y el mundo y que engaña al mundo entero hoy, bajo distintas formas y llevando el nombre de diversas religiones.

Dios había escogido a estos hijos de Israel por la obediencia de Abraham, Isaac y Jacob, y mientras estaban bajo servidumbre y esclavitud los llamó para que fueran su pueblo, a quienes debía revelarse su verdad: la religión verdadera, el camino de vida y el destino de la humanidad.

La verdad y el camino de Dios, que Él reveló a aquellos israelitas, ¡es su misma verdad y su mismo camino para todos los pueblos de todas las épocas! Si Israel hubiese seguido el camino de Dios, habría cumplido su misión de ser un ejemplo viviente para todas las naciones.

Jesús no vino a borrar la verdad de Dios ni a deshacer su camino de vida sino a revelar verdades adicionales acerca del reino de Dios (que pronto será establecido) y cómo nosotros podremos nacer en él.

La nación de Israel recibió ciertos ritos y sacrificios que servían para recordarle el pecado (Hebreos 10:1-4; 9:10), prefigurando y remplazando a Cristo hasta que Él viniera. Una vez que vino la realidad, el sustituto se acabó. Pero la verdad y el camino de Dios ¡permanecen para la eternidad! Por lo tanto, Él le reveló a Israel lo que es su camino para todo el mundo y todos los tiempos … ¡incluso para hoy!

Así pues, aquel pacto de identificación que fue instituido perpetuamente se aplica hoy a todos los cristianos, ¡a todos los que están reconciliados con Dios y forman parte de su pueblo hoy!

Dicho pacto eterno aparece en Éxodo 31:12-17 y se refiere a uno de los dos mandamientos de prueba. En el capítulo anterior vimos cómo Israel fue esclavizada y perdió su primogenitura precisamente por haber violado esos mandamientos.

La señal de identificación

Habló además el Eterno a Moisés, diciendo: Tú hablarás a los hijos de Israel, diciendo: En verdad vosotros guardaréis mis sábados” (Éxodo 31:12-13).

Nótese cuál es el “día del Señor”. Él dice que el día de reposo, o sábado, es suyo: “mis sábados”. No es de Israel ni es nuestro, sino de Dios. No es el sábado de los judíos ni el sábado de los gentiles. El sábado es un espacio de tiempo, y cuandoquiera que ese tiempo llega, no es nuestro sino de Dios.

Esto se aplica a nosotros hoy lo mismo que a ellos entonces. Si lo tomamos para nosotros y para nuestros propios fines, sean trabajo o placer, ¡estamos robándole ese tiempo a Dios!

Veámoslo de nuevo: “Vosotros guardaréis mis sábados”. En Éxodo 20:8, Dios ordenó que santificáramos el sábado. Dios lo hizo santo y nos manda que lo guardemos así, que no profanemos lo que es santo para El.

Ahora sigamos analizando este pacto especial: “… por­que es señal entre mí y vosotros por vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy el Eterno que os santifico” (Éxodo 31:13). ¡Cuán enorme el significado de esta parte de la frase! Sin embargo, la gente lo lee sin reflexionar, sin captar la verdad importantísima que contiene.

¿Cuál es el propósito del sábado? “Es señal”. ¿Qué es una señal?

Una identificación

Al caminar por el centro de una ciudad vemos letreros por doquier. Estas son las señales que identifican tiendas, oficinas, fábricas.

Una señal es una placa o anuncio para indicar algo. El diccionario Larousse la define como una “marca que se pone a una cosa para distinguirla de otras. Signo que sirve para recordar una cosa”.

La palabra hebrea traducida como “señal” es ’ówth, la cual se define como “señal, bandera, faro, monumento, marca, milagro, recuerdo”. Una bandera identifica a una nación. Un faro anuncia o advierte. Un recuerdo sirve para traer a la memoria alguna cosa.

Dios ordenó a su pueblo que guardara el sábado como una señal entre Él y ellos: “Es señal entre mí y vosotros”. Esta señal distingue algo. ¿Qué es lo que distingue? Un conocimiento, una verdad: “Para que sepáis que yo soy el Eterno que os santifico”.

¿Quién es Dios?

Leamos esas palabras cuidadosamente. La señal identifica a Dios. Es la señal mediante la cual sabemos que Él es Dios.

Pero ¿acaso no sabe todo el mundo quién es Dios? ¡De ninguna manera! El mundo entero está engañado… ¡así lo afirma la Biblia!

El mundo tiene su dios, un falso dios: Satanás el diablo, quien se hace pasar por un “ángel de luz” (II Corintios 11:14).

El diablo tiene sus organismos religiosos, sus iglesias, y no todos son budistas, sintoístas, taoístas, confucianistas. Muchos se han apropiado el nombre de Cristo, pero sus ministros, según lo declara la Biblia, son ministros de Satanás: “Y no es de extrañar, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Así que, no es mucho el que también sus ministros se disfracen como ministros de justicia” (II Corin­tios 11:14-15).

Pero estos ministros ¿acaso se atreven a llamarse ministros de Cristo? Leamos el versículo 13 de este mismo capítulo: “Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo”. Sí, Satanás es el gran falsificador que se hace pasar por Dios. La Biblia lo llama el “dios de este mundo” (II Corintios 4:4). Hace pasar a sus ministros por ministros de Cristo, los cuales acusan a los verdaderos ministros de Dios de ser “falsos”.

La “cristiandad” de este mundo, ¿acaso conoce al verdadero Dios? Cree que sí, y presa del engano puede creer muy sinceramente este gran error. El dios de una persona es aquella persona o cosa a la que sirve u obedece, pero el Dios verdadero es aquel a quien deberíamos obedecer.

Este mundo no enseña la obediencia a Dios. El falso “cristianismo” enseña que la ley de Dios ya no está en vigor. Movido por las supercherías de Satanás, pone la conciencia humana delante de la ley divina. No enseña (como sí lo hizo Cristo) que debemos vivir por cada palabra de Dios: la Biblia. Obedece a Satanás, puesto que peca; por lo tanto, ¡Satanás es el dios de este mundo!

El propósito del sábado

Dios hizo el sábado y lo dio al hombre para que éste recordara y mantuviera el conocimiento y el culto al Dios verdadero. Ahora bien, ¿cómo es que el sábado identifica a Dios? ¿Cómo distingue entre el Dios verdadero y el falso? El domingo ¿no hace lo mismo? ¡De ninguna manera!

Veamos el versículo que habla sobre el pacto del día de reposo: “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel; porque en seis días hizo el Eterno los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó” (Éxodo 31:17).

El día en que Dios reposó de su obra creadora fue el séptimo; no fue el domingo, el cual es el primer día de la semana. El séptimo día es el único que señala hacia la CREACIÓN.

¿Cómo identifica ello a Dios?

Al que crea que otra persona o cosa es Dios, le respondemos que el verdadero Dios es el nuestro porque lo que él toma por Dios fue creado por el Dios verdadero. El que creó e hizo todo lo demás es superior a todo lo que hizo, superior a cualquier otra cosa que pudiera llamarse dios.

La creación es la prueba de la existencia de Dios. El acto mismo de creación lo identifica.

Dios tomó lo más perdurable e imperecedero que el hombre conoce, un espacio de tiempo cíclico, el único día que recuerda el acto de creación. El sábado hace recordar, cada semana, el hecho de que Dios cesó de crear, lo cual señala la existencia del Dios Todopoderoso, del Dios Gobernador: el Creador. Apartó este día como suyo, lo hizo santo y lo designó como el día en que su pueblo debe reunirse en adoración. Es el día en que el hombre debe reposar, descansar de sus labores y placeres, y renovarse en congregación y comunión con otros cristianos obedientes.

Ningún otro día es un recuerdo de la creación. Satanás ha convencido a un mundo iluso de que Cristo resucitó un domingo, pero esto no es cierto. (Solicite nuestro folleto titulado La resurrección no ocurrió un domingo. Las verdades que allí se encuentran abrirán los ojos del lector desprevenido, pues verá las pruebas en su propia Biblia. Como todas nuestras publicaciones, este folleto se enviará gratis a quienes lo soliciten.)

La resurrección de Cristo no ocurrió un domingo sino un sábado. Además, Dios no manda que celebremos esta resurrección. Lo manda la tradición y lo mandan las costumbres de los hombres, pues dicha celebración es contraria a los mandatos de Dios.

Identifica al pueblo de Dios

Tenemos, pues, la razón de ser del sábado: ¡identifica a Dios! Es el día que El ha apartado para congregación y adoración, y ese mismo día señala a quién debemos adorar: ¡al Creador y Gobernador de todo lo que existe!

¡Pero eso no es todo! El sábado también es señal que identifica al pueblo de Dios. Distingue entre los que son de El y los que no, pues el pacto dice: “Para que sepáis que yo soy el Eterno que os santifico” (Éxodo 31:13).

Debemos captar todo el profundo significado de esta frase. La palabra “santificar” significa “apartar para un fin o uso santo”. El séptimo día de la semana de la creación, el día sábado, lo santificó Dios, es decir lo apartó para un uso santo. Según vemos ahora, este mismo sábado es la señal de que Dios santifica a su pueblo, lo aparta y distingue de los demás como pueblo suyo, destinado a un fin santo.

En tiempos del Antiguo Testamento el pueblo de Dios era Israel. En esta época del Nuevo Testamento su pueblo son los miembros de su Iglesia, los cristianos engendrados por el Espíritu Santo.

¿Cómo es que el sábado aparta al pueblo de Dios, distinguiéndolo de los demás?

Los que han comenzado a guardar el sábado tal como Dios manda, ya saben la respuesta, por experiencia. Es algo que automáticamente aparta al individuo de los demás. El mundo, la gente que nos rodea, algunos miembros de la familia, conocidos en el mundo del trabajo, amigos: ellos nos apartan.

El sábado es la señal de Dios. No sólo identifica a Dios como el Creador y Gobernador, sino que identifica también a las personas que son de El. Pero, ¿cómo lo hace?

Una definición de Dios

Veamos otra definición de Dios. Aunque el único Dios verdadero es el gran Creador y Gobernador del universo, también hay muchos dioses falsos. Satanás se hace pasar por Dios y la Biblia lo llama el dios de este mundo. El culto a los ídolos fue y sigue siendo común, incluso en muchas iglesias que se dicen cristianas. Lo que uno sirve y obedece, ese es su dios.

La palabra “Señor” significa jefe, amo, el que manda, aquel a quien se obedece. Jesús exclamó: “¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?” (Lucas 6:46). Si no le obedecían, Él no era su Señor. Entonces, ¿por qué llamarlo Señor si no lo era para ellos?

También dijo Jesús: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Solamente los que obedecen a Dios pueden ser hijos suyos y entrar en su reino. ¡El dios de cada uno de nosotros es aquel a quien obedecemos!

También leemos en la Biblia: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis .. . ?” (Romanos 6:16).

Hablando de las imágenes como dioses falsos de hechura humana, el segundo mandamiento ordena: “No te postrarás ante ellas, ni les darás culto [esto es, en efecto, obedecerlas]; porque yo soy el Eterno tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad [desobediencia] de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Éxodo 20:5-6).

El verdadero mandamiento de prueba

Es muy significativo que el mandamiento acerca del sábado sea el único de los 10 que identifica quiénes son los cristianos auténticos hoy. ¡Es el verdadero mandamiento de prueba!

Un individuo puede ser honrado y recto en su trato con los demás, puede tener fama de nunca robar ni mentir, pero esto no lo distingue ni lo identifica como cristiano.

Muchos no cristianos honran a sus padres … al menos así parece a los ojos de los demás. Muchos son considerados como fieles, leales a su cónyuge; muchos se abstienen de jurar o blasfemar; y la mayoría no son homicidas … a ojos de los demás.

Pero su aparente cumplimiento de estos mandamientos no los marca como seres diferentes, como individuos que pertenecen a Dios. En realidad, pocos son los que guardan estos mandamientos en su espíritu, pero esto no lo ve el mundo. En cambio, es muy obvio para el mundo cuando la persona guarda el sábado de Dios. ¡Por eso lo hacen tan pocas personas! A la gente no le gusta que se le identifique como distinta, como perteneciente a Dios y alejada del mundo. La gente quiere ser identificada a ojos de los demás como perteneciente al mundo. Le da vergüenza que los amigos, parientes y contactos comerciales la identifiquen como gente de Dios.

Los hombres suelen estar dispuestos a reconocer los nueve mandamientos restantes … ¡pero se rebelan rotunda­mente contra el mandamiento del sábado! ¡Y es ésta la prueba esencial de obediencia! Identifica a aquellos que han entregado su voluntad a Dios, que le obedecen a costa de cualquier cosa, incluso de la persecución.

¡Ciertamente el sábado aparta a la persona! ¡Ciertamente es una señal!

El día sábado identifica al Dios verdadero, por ser el mismísimo día que El apartó para que en él nos congre­gáramos y le adoráramos. El día sábado identifica al auténtico pueblo de Dios… /a los ojos del mundo! En realidad, son pocos los judíos que santifican el sábado en sentido espiritual, pero al menos lo reconocen. Y aunque profanen ese día delante de Dios, es la señal que los identifica delante del mundo.

La señal de Dios ha de aceptarse voluntariamente. En cambio la “bestia” (símbolo del inminente Sacro Imperio Romano en Europa) tiene una marca que va a imponer a la fuerza. Es una marca que tiene que ver con “comprar y vender”, con el comercio, los negocios, el ganarse el sustento o tener un empleo (Apocalipsis 13:16-17; léanse los capítulos 13 y 17 del Apocalipsis). Sí, este es el mandamiento de prueba, ¡el mandamiento del cual dependen la salvación y la eternidad de cada ser humano!

Hemos dicho que el día de reposo es un pacto eterno y perpetuo, enteramente independiente y distinto de lo que llamamos el “antiguo pacto” celebrado en el monte Sinaí. ¿En qué sentido es un pacto?

¿Es un pacto?

Veamos primero lo que es un pacto. El diccionario de la Real Academia Española lo define como un “concierto o asiento en que se convienen dos o más personas o entidades, que se obligan a su observancia”. Por lo tanto, es un contrato o acuerdo en que cada uno se compromete a cumplir su parte.

El antiguo pacto entre Dios e Israel, celebrado en el monte Sinaí, impuso ciertos términos y condiciones que el pueblo habría de cumplir: obedecer los diez mandamientos. Dios, por su parte, prometía convertir a Israel en una nación sobre todos los pueblos. Las promesas eran puramente materiales y nacionales, y se referían solamente a este mundo. Pero el nuevo pacto se basa en mejores promesas (Hebreos 8:6) que consisten en una “herencia eterna” (Hebreos 9:15).

Una vez firmado, sellado o ratificado un pacto, no se le puede añadir nada más (Gálatas 3:15). Lo que aparezca debajo de la firma no forma parte legal del acuerdo. En Éxodo 24:6-8 se describe la celebración del antiguo pacto y de cómo este fue sellado con sangre. Nótese el final que dice: “… la sangre del pacto que el Eterno ha hecho con vosotros …” Ya estaba hecho, concluido y completo.

La celebración del pacto especial del sábado no aparece hasta siete capítulos más tarde; por lo tanto, no formó parte del antiguo pacto.

Pero ¿era, o no era, un pacto? La Biblia dice que sí en Éxodo 31:16: “Guardarán, pues, el día del sábado los hijos de Israel, celebrándolo por sus generaciones por pacto perpe­tuo”. “Perpetuo” significa continuo e ininterrumpido. Pero ¿habría de durar para siempre? La respuesta está en el versículo siguiente: “Señal es para siempre entre mí y los hijos de Israel”.

¿Cuál era la condición que habría de cumplirse? ¡Guardar el sábado! “Santo es a vosotros”, dice Dios en el versículo 14. “Yo soy el Eterno que os santifico” (Éxodo 31:13).

¡Dios prometía santificarlos! Iba a apartarlos como su pueblo santo. ¿Puede pedirse una promesa mayor?

Sí, se trataba de un pacto, un pacto distinto e inde­pendiente. Aunque se quisiera argüir que el antiguo pacto está abolido, ello no permitiría sostener que éste duró solamente hasta la cruz.- Este último es un pacto vigente “por vuestras generaciones” (versículo 13), “pacto perpetuo” (versículo 16) y “para siempre” (versículo 17).

¿Sólo para Israel?

Pero este pacto era entre Dios y los hijos de Israel, por sus generaciones”, dice el rebelde que no quiere obedecer. A esto respondemos de la siguiente manera:

Primero, no se puede negar que la observancia del sábado es obligatoria para el pueblo de Israel, y que lo es para siempre, por todas sus generaciones. Esas generaciones existen hoy; por lo tanto, el pacto los obliga hoy.

También hay que reconocer que la salvación y el cristianismo están disponibles para los judíos y los israelitas. El evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).

Por lo tanto, el judío puede ser un cristiano convertido. Más aún, la Iglesia en sus comienzos estaba formada casi enteramente por judíos. Cualquier judío que forme parte de la Iglesia de Dios está obligado a guardar el sábado de Dios como pacto perpetuo, por todas sus generaciones … ¡para siempre!

Ahora bien, ¿tiene Dios dos categorías de cristianos? ¿Es pecado para el judío cristiano quebrantar el sábado y pecado para los demás guardarlo? ¿Deben los cristianos judíos congregarse el sábado y los de otras nacionalidades el domingo? ¿No dijo Jesús que una casa dividida contra sí misma caería?

¿Hay dos clases de cristianos? Gálatas 3:28-29 nos dice: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros [gentiles] sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, y herederos según la promesa”.

Si el sábado es obligatorio hoy para los judíos en la Iglesia de Dios, y si todos somos uno en Cristo sin diferencia entre unos y otros, entonces ¡también es obligatorio para los gentiles!

Israel en la actualidad

También hay otro aspecto en esto: Los pueblos de los Estados Unidos, la Mancomunidad Británica y el noroeste de Europa de hecho son los pueblos de las 10 tribus perdidas de la casa de Israel. El pueblo judío es la casa de Judá. Si el sábado es la señal que identifica al pueblo de Israel, y si esos pueblos son Israel, ¿por qué ellos no guardan el sábado hoy?

La respuesta a esta pregunta es al mismo tiempo la respuesta a otras: ¿Por qué las 10 tribus de la casa de Israel se perdieron? ¿Por qué sus descendientes se creen gentiles? ¿Por qué esas naciones ignoran su propia identidad?

La verdad de todo esto es mucho más extraña que ficción. Es algo verdaderamente extraordinario, asombroso e increíble.

He aquí los hechos que han estado ocultos todos estos siglos. ¿Por qué se habla con irrespeto y burla del “sábado de los judíos”? ¿Por qué cree todo el mundo que los judíos son los únicos israelitas que hay?

Israel perdió la señal

La Biblia nunca llama judíos a la nación de Israel. Este nombre se aplica únicamente a la tribu de Judá. Los judíos de hoy sí son israelitas . .. ¡pero no son los únicos!

Tan pronto como ascendió al trono, Jeroboam comenzó a temer que sus súbditos, viajando a Jerusalén para las fiestas anuales, desearan de nuevo a Roboam como rey. Tomó, pues, rápidas medidas para asegurar su posición.

La tribu de Leví formaba el sacerdocio. Eran los dirigentes, los mejor educados, y gracias al diezmo recibían ingresos dos o tres veces superiores a los ingresos de los demás. Con un golpe certero, Jeroboam degradó a los levitas poniendo como sacerdotes a los más bajos e ignorantes entre el pueblo. Así los podría controlar a ellos y podría controlar la vida religiosa de toda la nación, tal como hacían los reyes gentiles. Ante esto, la mayor parte de los levitas regresaron al reino de Judá y se llegaron a conocer como judíos también.

Jeroboam procedió a establecer dos grandes ídolos para que el pueblo los adorara. Ordenó que las fiestas de Dios se celebraran en el mes octavo, en vez del séptimo, y en un lugar del norte de Palestina que él mismo escogió, en vez de Jerusalén como lo había ordenado Dios (I Reyes 12:28-32). Además, Jeroboam cambió el día de reposo del séptimo al octavo (es decir al primero de la semana). Así, el día fijado por él para el culto coincidió con el día del Sol pagano (llamado hoy domingo).

A lo largo de 19 reyes y siete dinastías, Israel persistió en los dos pecados de Jeroboam: idolatría y quebrantamiento del sábado. Algunos de los reyes añadieron otras prácticas malas y pecaminosas.

En los años 721 a 718 A.C., Dios hizo que el reino de Asiria invadiera y conquistara a Israel, sacando a sus habitantes de sus granjas y ciudades, y transportándolos como esclavos a la costa sur del mar Caspio. Pero la casa de Judá, una nación distinta e independiente, no fue invadida hasta el año 604 A.C.

Transcurridas dos o tres generaciones desde el cautiverio de Israel, surgió la primera potencia de dominio mundial, el imperio de los caldeos (Babilonia) que invadió a Judá entre los años 604 y 585 A.C. Antes de ese momento, los asirios habían abandonado su tierra al norte de Babilonia y habían emigrado rumbo al noroeste pasando por las tierras que hoy son Georgia, Ucrania, Polonia, hasta llegar a lo que hoy es Alemania. Los descendientes de aquellos asirios son hoy el pueblo alemán.

Las 10 tribus de Israel también emigraron hacia el noroeste, pero no siguieron como esclavas de Asiría en Europa. Continuaron su viaje un poco más lejos, hasta Europa Occidental, Escandinavia y las islas Británicas.

¿Por qué se conocen como las tribus perdidas? ¡Porque perdieron la señal que las identificaba como nación! El rey Jeroboam cambió el día de culto del séptimo al primero, que era el día del Sol, y los reyes que le sucedieron mantuvieron esta práctica así como la práctica de la idolatría.

Mientras permanecieron en su tierra y se llamaron por el nombre “reino de Israel” conservaron su identidad. Pero en Asiría dejaron de ser una nación con su propio gobierno y su rey. En condición de esclavitud, con el paso de las generaciones adoptaron el idioma asirio y así perdieron su lengua hebrea, tal como lo había predicho la profecía, y perdieron su identidad nacional.

Transcurridas varias generaciones, la tribu de José, dividida en las dos tribus de Efraín y Manasés, tomó el nombre de British. Retuvo algunos indicios de su identidad hebrea: berith o b’rith en idioma hebreo significa “pacto”, y la terminación ish significa “hombre”. Así, British (británico) significa “hombre del pacto”, y precisamente eso son.

La tribu de Rubén se asentó en el país que hoy es Francia. Aunque había perdido su identidad nacional, los franceses hoy tienen las mismas características de su padre Rubén. Nuestro folleto gratuito Les pays de langue française selon la prophétie ha revelado este ancestro y esta identidad nacional a millares de franceses. (Nota: El mencionado folleto es publicado únicamente en francés.)

Las 10 tribus, conocidas como la casa de Israel, perdieron el rótulo que las identificaba: el sábado de Dios. Por eso perdieron su identidad nacional.

¿Por qué los judíos se reconocen como tales?

En cambio, ¡Judá guardó el sábado! No lo mantuvieron muy santo ni lo guardaron a la manera de Dios, pero al menos lo reconocieron y lo siguen reconociendo como el día de reposo que se guarda y se observa. ¿El resultado? ¡El mundo piensa que son todo Israel!

Los judíos no han perdido su identidad. Como efectivamente se conoce su identidad como descendientes directos de la antigua Israel, y como no se conoce la de las 10 tribus restantes (aunque mucho más numerosas), entonces el mundo cree que los judíos son Israel, y no solamente Judá. ¡Los mismos judíos lo creen! En esto también está engañado el mundo: en que no conoce cuál es el pueblo de la primogenitura de Dios.

El sábado, pues, es el día de guardar para todos los descendientes de la antigua Israel. Y más aún: es el día para todas las personas que son de Dios … incluso las de origen gentil.

¿Por qué fue esclavizada Israel?

¿Sabe el lector por qué el reino de Israel fue invadido por Asiria y su pueblo exiliado en la esclavitud? ¿Sabe por qué Judá fue conquistada y dispersada por el mundo? Ambas casas sufrieron este castigo nacional y se vieron obligadas a abandonar Palestina ¡por haber quebrantado el sábado de Dios!

¿Carece de importancia para Dios? ¡Ciertamente no! Y El no ha cambiado, porque es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13:8).

Veamos primero por qué Nabucodonosor conquistó a los judíos y se los llevó esclavos a Babilonia en los años 604-585 A.C.

Setenta años después de ese cautiverio, de acuerdo con la profecía de Jeremías (Jer. 29:10), gran parte de los judíos regresaron a Palestina para reedificar el templo y restaurar el culto allí. El profeta Nehemías cuenta por qué cayeron en la esclavitud 70 años antes: “En aquellos días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en el día de sábado, y que acarreaban haces, y cargaban asnos con vino, y también de uvas, de higos y toda suerte de carga, y la traían a Jerusalén en día de sábado; y los amonesté acerca del día en que vendían las provisiones … Y reprendí a los señores de Judá y les dije: ¿Qué cosa tan mala es ésta que vosotros hacéis, profanando así el día del sábado? ¿No hicieron así vuestros padres, y trajo nuestro Dios todo este mal sobre nosotros y sobre esta ciudad? ¿Y vosotros añadís ira sobre Israel profanando el día del sábado?” (Nehemías 13:15-18).

Allí está claro: El quebrantamiento del sábado fue causa primordial del cautiverio de Judá. Fue algo tan importante para Dios que El castigó de esta manera severísima a su propio pueblo escogido: con la derrota en la guerra y el cautiverio en un país extranjero. Dios define el pecado como infracción de su ley (I Juan 3:4), y su ley dice: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo … el séptimo [día] es sábado para el Eterno tu Dios; no hagas en él obra alguna” (Éxodo 20:8-10). Trabajar el día sábado o profanarlo buscando el placer propio, haciendo negocios, etc., ¡es un gran pecado, y su castigo es la muerte eterna!

Advertencia a los judíos

Los judíos no tenían excusa, pues ya los profetas les habían advertido. Leamos las palabras de Jeremías: “Así dice el Eterno: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en el día de sábado … ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el día de reposo, como mandé a vuestros padres… Pero si no me escucháis en cuanto a santificar el día de sábado, y para no traer carga ni meterla por las puertas de Jerusalén en día de sábado, yo prenderé fuego a sus puertas, y consumirá los palacios de Jerusalén, y no se apagará” (Jeremías 17:21-22, 27).

Los judíos no hicieron caso de esta advertencia. Veamos lo que ocurrió luego: “Y en el mes quinto, a los diez días del mes, que era el año diecinueve del reinado de Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén Nabuzaradán, capitán de la guardia, que solía estar delante del rey de Babilonia. Y quemó la casa del Eterno, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén; y destruyó con fuego todo edificio grande” (Jeremías 52:12-13).

Cuando Dios advierte, ¡el castigo es seguro!

¿Por qué fue derrotada Israel?

Ahora veamos lo que le ocurrió a la otra nación, Israel, 117 años antes del cautiverio de Judá. Dios le había dado a escoger al pueblo en tiempos de Moisés, mucho antes de que se dividiera en dos naciones. Esto lo vimos en detalle cuando se habló de Levítico 26. Ahora veamos lo que dijo Dios al respecto por medio del profeta Ezequiel.

Ezequiel recibió de Dios un mensaje para la casa de Israel (no para Judá). El profeta se hallaba entre los cautivos judíos más de 100 años después de la conquista de Israel, cuando los asirios ya habían emigrado desde el mar Caspio hacia la tierra que hoy llamamos Alemania.

El pueblo de la casa de Israel emigró con ellos rumbo al noroeste, pero no se detuvo en Alemania sino que continuó hasta llegar a Europa Occidental: Francia, Bélgica, Holanda, los países escandinavos y las islas Británicas … y allí se encuentran hoy con excepción de la tribu de Manasés que emigró mucho después a Norteamérica y vino a formar los Estados Unidos de América.

El profeta Ezequiel recibió la comisión de ir desde donde estaba, entre los judíos, a la casa de Israel: “Ve y habla a la casa de Israel” (Ezequiel 3:1) y “Entra a la casa de Israel” (versículo 4). Pero Ezequiel nunca llevó aquel mensaje a la casa de Israel. No podía llevarlo porque era esclavo también. Hoy, sin embargo, sí está llevando el mensaje, escrito en su libro en la Biblia y comunicado a ese mismo pueblo por medio de los siervos de Dios a quienes ha sido revelado el verdadero significado de la profecía.

Una profecía para hoy

Refiriéndose primero a la antigua Israel, Dios dice en Ezequiel 20:10-12: “Los hice salir de la tierra de Egipto, y los traje al desierto, y les di mis estatutos, y les hice conocer mis ordenanzas, por las cuales el hombre que las cumpla vivirá. Y les di también mis sábados, para que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy el Eterno, que los santifico”.

Nótese que este pasaje repite las palabras exactas del pacto eterno de Éxodo 31:12-17. Luego prosigue: “Mas se rebeló contra mí la casa de Israel en el desierto; no anduvieron en mis estatutos, y desecharon mis ordenanzas … y profanaron en gran manera mis sábados” (Ezequiel 20:13).

Una generación más tarde, Dios contendió con sus hijos: “Y dije en el desierto a sus hijos: No andéis en los estatutos de vuestros padres, ni guardéis sus ordenanzas, ni os contaminéis con sus ídolos. Yo soy el Eterno, vuestro Dios; andad en mis estatutos, y guardad mis ordenanzas, y ponedlas por obra; y santificad mis sábados, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy el Eterno, vuestro Dios” (versículos 18-20).

Los versículos anteriores hacen una distinción enfática entre los estatutos, preceptos y sábados de Dios por una parte, y los sábados, estatutos y preceptos de sus padres por la otra. El pueblo estaba observando un día distinto; ya había adoptado el día de los paganos, que hoy se llama domingo pero que era el día del Sol.

Mas los hijos se rebelaron contra mí”, prosiguió Dios en Ezequiel 20:21, .. profanaron mis sábados”.

Entonces, ¿qué hizo Dios generaciones más tarde? Los dispersó en cautiverio y esclavitud (versículo 23). ¿Por qué? “Porque no pusieron por obra mis ordenanzas, sino que desecharon mis estatutos y profanaron mis sábados, y se les fueron los ojos tras los ídolos de sus padres” (versículo 24). ¡Esa es la respuesta! ¿Tenía importancia para Dios?

Continuemos leyendo esta asombrosa profecía, que es para nuestros días. Dios les dice a los actuales descendientes de Israel y, por ende, a todos los pueblos del mundo: “Vivo yo, dice el Señor Eterno, que con mano fuerte y brazo extendido, y furor desencadenado, he de reinar sobre vosotros” (Ezequiel 20:33).

La expresión “furor desencadenado” se refiere a las últimas siete plagas que ocurrirán a la llegada de Cristo (ver Apocalipsis 16:1). ¿Cuándo es que Cristo ha de reinar? A su segunda venida. Por consiguiente, esta es una profecía para nuestros tiempos.

Todas las profecías bíblicas que muestran dónde estarán los pueblos actuales de habla inglesa (Israel) cuando regrese Cristo y cuando se produzca el gran éxodo a Palestina, indican que estarán ¡cautivos y esclavizados de nuevo!

La profecía continúa: “Y os sacaré de entre los pueblos, y os reuniré de las tierras en que estáis esparcidos, con … furor desencadenado; y os traeré al desierto de los pueblos [este es el éxodo venidero; ver Jeremías 23:7-8], y allí litigaré con vosotros cara a cara” (Ezequiel 20:34-35).

Es el Verbo quien habla: ¡Cristo! Estará sobre la Tierra en persona y contenderá con los pueblos del mundo cara a cara.

Este hecho es inminente, ¡y es sumamente serio!

¿Que es una voz aislada la que dice esto? Sí, pero Dios se valió de una sola voz para advertirle al mundo en tiempos de Noé; una sola voz en tiempos de Elias; una sola voz en tiempos de Juan el Bautista; y encarcelado Juan, una sola voz que fue ¡la de Cristo mismo! El que ponga su confianza en la voz de la mayoría pecadora, ¡sufrirá las consecuencias con ella!

Sepamos cómo Él va a contender; “Como litigué con vuestros padres en el desierto de la tierra de Egipto, así litigaré con vosotros, dice el Señor Eterno… y apartaré de entre vosotros a los rebeldes, y a los que prevarican contra mí… y sabréis que yo soy el Eterno” (Ezequiel 20:36-38).

¿Cómo litigó con ellos? Instándoles a santificar sus días de reposo y no los de sus padres, “para que sepáis que yo soy el Eterno”. Los que vayan entonces a Palestina sabrán que Él es el Eterno.

¿Cómo lo sabrán? ¡Por su señal del sábado!

Léanse los versículos 42-44 en la Biblia. Dios dice que cuando los pueblos cesen su rebelión y guarden el sábado, se acordarán de sus caminos profanos y se aborrecerán por haber quebrantado el sábado.

Estas son afirmaciones muy fuertes. ¡Pero es la Palabra de Dios que nos habla a cada uno de nosotros!

Capítulo XII

LA PROMESA DE LA PRIMOGENITURA EN SU CENIT

¿Cuánta grandeza, cuánto poderío y cuánta riqueza alcanzaron a tener los pueblos británico y norteamericano? ¿Qué les está ocurriendo ahora? ¿Por qué ha perdido Inglaterra la mayor parte de sus colonias, sus posesiones, sus recursos, su riqueza, su poderío y su influencia en el mundo? ¿Por qué no es ya la Gran Bretaña, una gran potencia mundial?

¿Por qué se han desacreditado tanto los Estados Unidos? ¿Por qué gran parte del mundo los desprecia y los odia? ¿Por qué fueron incapaces de ganar la guerra de Corea? ¿Por qué ese gran país no pudo vencer al pequeñísimo Vietnam del Norte?

Primero, comprendamos realmente cuál fue el grado de poderío y grandeza alcanzado por Inglaterra y los Estados Unidos.

El ser humano no siempre se da cabal cuenta de lo que tiene, ni lo aprecia. Son relativamente pocos los ingleses, australianos o canadienses que han viajado por las zonas más atrasadas de la China, la India, los países del Medio Oriente o del Africa. No conocen esos pueblos azotados por la enfermedad, la miseria y el analfabetismo. No imaginan el estado calamitoso en el que vive la mayor parte de la humanidad.

Por su parte, los norteamericanos tampoco conocen la escualidez ni la inopia de esas vastas zonas menestero­sas … la mayoría ni siquiera conocen Europa, próspera en comparación con el resto del mundo pero nunca tan opulenta como ellos. No, los pueblos de habla inglesa no se han dado cuenta de lo que tienen ni han estado agradecidos. No han dado gracias a Dios … ni han cumplido con los deberes que acompañaron sus profusas bendiciones.

Pocos comprenden que toda posesión deseada y valiosa conlleva la obligación de usarla correctamente. El niño de ocho años que acaba de recibir una flamante bicicleta, ¿acaso tiene noción de lo que ésta implica, a menos que sus padres se lo inculquen? ¿Entiende, sin que nadie le diga, que debe cuidarla y usarla con prudencia para no lastimarse ni lastimar a los demás?

Cuando los pueblos británico y norteamericano obtuvie­ron una riqueza y un poderío que ningún otro pueblo había tenido jamás, ¿apreciaron ellos lo recibido? ¿Reconocieron su obligación de hacer buen uso de todo ello?

¡NO! Ni siquiera se dieron cuenta de lo grandes que fueron sus bendiciones. Jamás cayeron en cuenta de las obligaciones que tenían ante su Creador por haberles dado en custodia tan inmensa cantidad de bienes. ¿Cuánto abarcó esta primogenitura?

La riqueza

Leamos de nuevo las promesas proféticas de Génesis 22:17. Dios le dijo a Abraham: “De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos”.

Tomemos nota también de la bendición profética que se le dio a Rebeca cuando ésta abandonó su familia para desposarse con Isaac: “Y bendijeron a Rebeca, y le dijeron: Hermana nuestra, sé madre de millares de millares, y posean tus descendientes la puerta de sus enemigos” (Génesis 24:60).

Como explicamos antes, las “puertas” son las puertas marítimas situadas estratégicamente a la entrada de esas naciones. Si bien el dinero proviene de la tierra, la prosperidad a escala nacional siempre se debe a la industria y el comercio. El comercio internacional se ha efectuado por barco, mediante las vías marítimas del mundo, y en el continente por medio del tren.

Es tremendamente significativo, pues, que Roberto Fulton haya echado a andar el primer barco de vapor en 1803, precisamente cuando Inglaterra y los Estados Unidos comenzaron a multiplicar vertiginosamente su prosperidad nacional. Y también que los ferrocarriles hayan florecido en ese mismo siglo 19.

Como la primogenitura se refiere a naciones, las “puertas” de los enemigos serían pasos estratégicos como Gibraltar, Suez, Singapur, el canal de Panamá, etc.

Gran Bretaña y los Estados Unidos llegaron a poseer todas las “puertas” principales del globo, de manera que ¡tienen que ser la Israel actual! Dichas puertas fueron el factor decisivo en la segunda guerra mundial, pues llegaron a ser no sólo pasos estratégicos sino las fortificaciones más importan­tes del mundo. Pero ahora, la mayoría de ellas han quedado en manos de otros. El canal de Panamá fue la más reciente y parece que Gibraltar no tardará. ¿Por qué?

Veamos Génesis 39:2, 23: “Mas el Eterno estaba con José, y fue varón próspero … el Eterno estaba con José, y lo que él hacia, el Eterno lo prosperaba”. Asimismo, Dios hizo prosperar a los descendientes de José dándoles la fabulosa primogenitura que les había prometido.

Recordemos la bendición profética pronunciada por Moisés, en la cual predijo lo que le ocurriría a cada una de las tribus en estos últimos tiempos:

A José dijo: Bendita del Eterno sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del sol, con lo que brota a cada luna, con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos, y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud … venga sobre la cabeza de José [Efraín y Manasés en conjunto] … Como el primogénito de su toro es su gloria, y sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; tales son los diez millares de Efraín, tales son los millares de Manasés” (Deuteronomio 33:13-17).

Los países que en la actualidad sean Efraín y Manasés tienen que haber poseído lo más selecto de la riqueza agrícola, minera y otra: las grandes minas de oro y plata, el hierro, el petróleo y el carbón, la madera y otros recursos.

¿Cuáles son las naciones que cumplen estas profecías? ¡Inglaterra y los Estados Unidos!

Más de la mitad de la tierra cultivable de zonas templadas la obtuvieron estas dos potencias después del año 1800: las fértiles tierras agrícolas del valle del Misisipí; los vastos campos de trigo y cereales del Medio Oeste norteamericano, de Canadá y de Australia; las enormes extensiones forestales de la costa norte del Pacífico; los yacimientos de oro de Sudáfrica, Australia, Alaska y los Estados Unidos; las abundantes minas de carbón de los Estados Unidos y las islas Británicas; las caídas de agua, fuente de energía eléctrica y origen de los prósperos distritos industriales de Inglaterra y el oriente de Norteamérica; las selectas zonas frutales de la Florida y California. ¿Qué otras naciones han poseído tanta abundancia material? ¡Y llegaron a poseer casi toda ella después del año 1800!

Estadísticas concretas

En estos últimos tiempos, a partir de 1800, el Dios Todopoderoso ha cumplido en esos dos pueblos, descendien­tes de José, las promesas de “los más escogidos frutos del sol… el fruto más fino de los montes antiguos … y … las mejores dádivas de la tierra y su plenitud”. ¿En qué grado las ha cumplido?

El Sr. Charles M. Schwab, magnate del acero, hizo la siguiente afirmación ante la Asociación de Banqueros de Massachusetts el 5 de enero de 1921: “Nuestros Estados Unidos han sido dotados por Dios con todo lo necesario para ser y conservarse como la primera nación industrial y comercial del mundo”.

La producción petrolera mundial en 1950 fue de casi 3800 millones de barriles, y más de la mitad (casi el 52%) de este petróleo era producido por los Estados Unidos. Ese país, junto con la Mancomunidad Británica, producía el 60% del crudo (sin incluir sus enormes inversiones en el exterior). Pero ya en 1966, año en que la Oficina Colonial de Londres cerró sus puertas, señalando la muerte oficial del Imperio Británico, ese 60% se había reducido al 32%.

Inglaterra y los Estados Unidos llegaron a explotar un 50% más carbón del que explotaban todos los demás países juntos … pero en 1966 su parte había caído a menos de un tercio de la producción mundial: el 30,9 %.

La Mancomunidad Británica y los Estados Unidos producían en 1950 el 75% del acero del mundo, y en 1951 este último país produjo — él solo — casi el 60%. También llegaron a producir un 30% más hierro en lingote del que producían los demás países.

En 1966, este índice básico de riqueza se había reducido así: el 33,6% del acero y apenas el 17,8% del hierro en lingote.

Poseyeron casi el 95% del níquel en el mundo (prove­niente principalmente del Canadá), el 80% del aluminio, el 75% del cinc. ¿Y en 1966? Apenas el 3,6% del níquel, el 40,2% del aluminio y el 12,4% del cinc.

En 1950 la Mancomunidad Británica dominaba comple­tamente la producción de cromita (de Sudáfrica). Inglaterra y los Estados Unidos producían dos tercios del caucho mundial y dominaban en la explotación de cobre, plomo, estaño, bauxita y otros metales preciosos. Pero ya en 1966 sacaban sólo el 2,3% de la cromita mundial, el 23,4% del cobre, el 9,9 % del plomo, el 6,3 % de la bauxita y nada de estaño.

La Mancomunidad Británica produjo las dos terceras partes del oro mundial en 1950 (alrededor de 266 millones de libras esterlinas o 642 millones de dólares), y las reservas de oro de los Estados Unidos eran el triple de las de todo el resto del mundo. Pero llegado el año de 1966, las reservas de oro norteamericanas estaban tan agotadas que el dólar se vio seriamente amenazado.

Aquellos países producían y utilizaban las dos terceras partes de la energía eléctrica en el mundo, los Estados Unidos con 283.000 millones de kilovatios-hora en 1948 y el Reino Unido y Canadá muy adelante de Rusia, Alemania y Francia juntas. Pero en 1966 la cifra había descendido a apenas el 20,1%.

En cuanto a flotas mercantes, más de la mitad del tonelaje perteneció a Gran Bretaña y los Estados Unidos .. . pero en 1966 esta cifra era apenas el 32,5%. Gran Bretaña construía más barcos que cualquier país del mundo… pero antes de transcurrir dos décadas, esa nación y los Estados Unidos iban a la zaga de dos o tres naciones no sajonas. En 1950 poseían aproximadamente la mitad del kilometraje ferroviario en el mundo; en 1966 poseían en conjunto sólo el 26%.

Hubo un momento en que los Estados Unidos estaban fabricando el 73% de todos los automóviles; pero en 1966 fabricaban apenas el 44% (y añadiendo el Reino Unido, el 55%). El Japón, Alemania, Francia e Italia han avanzado a pasos agigantados.

¿Cómo lo obtuvieron?

¿Cómo llegaron a obtener riquezas tan formidables? ¿Las adquirieron por su propia sabiduría, visión, energía y capacidad humanas?

Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos, responde: “Nos encontramos como poseedores pacíficos de la porción más favorable de la Tierra en cuanto a fertilidad del suelo, extensión territorial y salubridad del clima. .. No fue por dura faena que las conseguimos ni establecimos”.

Luego, en su proclama del 30 de abril de 1863, en la cual convocó a un día nacional de ayuno y oración, aquel gran presidente declaró: “Es deber de las naciones, así como de los individuos, reconocer su dependencia en el poder predomi­nante de Dios … y reconocer la verdad sublime, anunciada en las Sagradas Escrituras y demostrada por toda la historia, de que son benditas solamente aquellas naciones cuyo Dios es el Señor… Hemos recibido las bendiciones más escogidas del cielo. Hemos sido conservados estos largos años en paz y prosperidad. Hemos crecido en número, en riqueza y en poder como ninguna otra nación ha crecido jamás; ¡pero hemos olvidado a Dios! Hemos olvidado la mano dadivosa que nos preservó en paz y que nos multiplicó, enriqueció y fortaleció; y hemos creído vanamente, en el engaño de nuestro corazón, que estas bendiciones fueron producidas por nuestra propia sabiduría y virtud”.

Lincoln vio una nación que había olvidado a Dios, una nación ebria de un éxito que no había cosechado por su propia labor, una nación que se creía merecedora de toda ala­banza … y ese gran presidente convocó a la nación a un día de ayuno y oración para confesar el pecado nacional delante de

Dios. El destino de la nación estaba en juego cuando él emitió esa proclama. Pero Dios escuchó y respondió a la gran oración nacional… ¡y preservó a la nación entonces!

Pero hoy el futuro de los Estados Unidos y Gran Bretaña está amenazado mil veces más, y falta el presidente o el primer ministro con la visión, el entendimiento y el valor suficientes para poner a esas naciones de rodillas ante Dios.

Abraham Lincoln sabía que esas bendiciones materiales no las habían ganado sino que el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel se las había dado.

Hoy es importante comprender que Dios entregó esa riqueza material sin precedentes porque Él la había prometido incondicionalmente a Abraham, quien lo obedeció y guardó sus leyes y mandamientos.

Dios les negó la bendición de la primogenitura a los israelitas en tiempos de Moisés porque ellos rehusaron vivir según la ley divina. Hoy Dios advierte al mundo, especialmente a los países de la primogenitura, por medio de muchas profecías de Jeremías, Ezequiel, Isaías, Miqueas y otros, que si esta generación no se arrepiente de sus pecados y vuelve a Él con ayuno, con llanto y con oraciones fervientes, Él destruirá sus ciudades y sus fortalezas con la espada extranjera; los castigará entregándolos en manos de un invasor cruel; y aquellos países serán derrotados y reducidos a la esclavitud.

En conclusión podemos preguntar: Si Gran Bretaña y los Estados Unidos no son Israel, las llamadas “10 tribus perdidas”, la Israel o José de la prosperidad y la primogenitura, los herederos de las bendiciones que habrían de prodigarse a partir de 1803, entonces ¿quién puede ser Israel hoy día? No hay otra nación ni conjunto de naciones que posean tales bendiciones, porque ellas dos poseyeron casi las tres cuartas partes de las materias primas, los recursos y la riqueza de todo el globo, mientras las demás naciones unidas tenían sólo una pequeña parte.

Todo lo anterior es prueba contundente de que la Santa Biblia es la Palabra revelada del Dios vivo. ¿Sería posible para unos mortales, carentes de inspiración divina, escribir las profecías que hemos analizado en este libro, hacer esas promesas a Israel (José) y después de 2520 años, comenzando exactamente entre 1800 y 1803, hacerlas cumplir en forma precisa? No se trata de cualquier promesa; es una promesa que incluye la posesión de enorme prosperidad y vastísimos recursos naturales.

Este es un reto para los ateos y agnósticos. ¿Pueden ellos indicar quién, fuera del Eterno Creador, habría podido hacer y escribir tales promesas hace miles de años para luego cumplirlas siglos más tarde en el momento predicho?

Frente a un cumplimiento tan formidable y estupendo, ante semejante demostración del poder y la lealtad del Dios Todopoderoso, quienes ven y entienden lo que son esas bendiciones mal pueden hacer caso omiso de las advertencias que las acompañan. No podemos menos de ver que los pecados van en aumento y que sobre los países de la primogenitura y sobre el mundo entero se cierne hoy un peligro espantoso.

Capítulo XIII

LAS PROFECÍAS PARA EL FUTURO INMEDIATO

Las bendiciones de la primogenitura fueron estupendas, .asombrosas, algo sin igual entre las demás naciones e imperios. Pero ¿qué han hecho estos pueblos con aquellas bendiciones? Seguían siendo israelitas, aunque ellos mismos no lo supieron. Seguían siendo rebeldes y testarudos.

Una vez que los pueblos británico y norteamericano (los israelitas, creyéndose gentiles) se hallaron gozando de gran riqueza y poderío, estuvieron menos dispuestos que sus antecesores a entregarse a Dios y someterse a sus caminos. No sentían ninguna necesidad de El. Parece que nadie busca a Dios mientras no se encuentre desesperado o en grandes apuros.

Dios había retenido la primogenitura 2520 años. Luego, cuando los pueblos de habla inglesa no merecían nada, de repente El les prodigó bendiciones sin par en la historia, ¡cumpliendo así la promesa incondicional hecha a Abraham! Ahora, Dios ya no está obligado a continuar prodigando riquezas, prestigio ni grandeza. Una vez otorgada esta situación privilegiada, el seguir o no disfrutando de ella dependía del pueblo mismo.

Volvamos ahora a Levítico 26. Ya hemos visto los versículos 1 al 18. Dios dijo que si con todos estos castigos los israelitas seguían renuentes a escucharlo y obedecerlo, El los castigaría durante 2520 años. Y luego, ¿qué ocurriría?

Si transcurridos los 2520 años de retención de labendición de la primogenitura, los pueblos (una vez recibida ésta) continuaban rebelándose, traerían sobre sí la sentencia que se encuentra en el versículo 19: “Y quebrantaré la soberbia de vuestro orgullo, y haré vuestro cielo como hierro, y vuestra tierra como bronce”. ¡Ya ha comenzado a hacerlo!

La soberbia de su orgullo

Dios no podía hablar de quebrantar el orgullo nacional hasta después de otorgar el poderío de la primogenitura. Dios hizo que esas naciones alcanzaran el poderío más grande que país o imperio alguno haya tenido jamás. Y ha sido grande su orgullo por este motivo.

El presidente Teodoro Roosevelt habló del orgullo que él sentía por el poderío de su país y describió cómo había hecho gala de él estando en la presidencia. Los alemanes enviaron un buque de guerra hacia la bahía de Manila amenazando con apoderarse de las islas Filipinas, que eran a la sazón una posesión de los Estados Unidos. El presidente Roosevelt envió al Kaiser una nota lacónica en la cual exigía el retiro inmediato de ese buque.

Más tarde explicaba: “El Kaiser no sabía que yo lo decía en serio, de manera que envié otra nota, pero esta segunda no era para el Kaiser sino, para el almirante Dewey, comandante de la flota norteamericana en el Pacífico. Era una orden de que la flota entera se dirigiera a toda velocidad hacia el buque de guerra alemán, y si éste no se devolvía, ¡que lo hundiera! El Sr. Roosevelt narraba este incidente con fuerza y altivez. En aquella época, antes de la primera guerra mundial, los Estados Unidos tenían absoluta confianza en su poder.

… pero lo perdieron

En cambio hoy, incluso las naciones más pequeñas proceden a insultar, pisotear o quemar la bandera de los Estados Unidos, y ese país, tan poderoso como siempre, escasamente emite una débil protesta. ¿Qué le pasó a su soberbia? ¡La ha perdido! Dios dijo: “Quebrantaré la soberbia de vuestro orgullo”, y así lo hizo.

Otras profecías revelan que los próximos castigos serán sequías, hambre y epidemias que segarán millones de vidas. Cuando el cielo esté como hierro y la tierra como bronce, el pueblo comprenderá que el hierro no da lluvia y que una tierra endurecida como el bronce por la falta de lluvia tampoco produce alimento.

Levítico 26:20 dice: “Vuestra fuerza se consumirá en vano, porque vuestra tierra no dará su producto, y los árboles de la tierra no darán su fruto”.

¿Escucharán las naciones? ¡Nunca lo han hecho! Entonces, ¿qué? Después de todo aquello, ¿qué ocurrirá?

Versículo 21: “Si seguís en vuestra rebeldía contra mí, y no me queréis oír, yo añadiré sobre vosotros siete veces más plagas según vuestros pecados”.

Aquí, como en el versículo 18, encontramos la palabra shibah. En hebreo, idioma en el cual escribió Moisés, no se emplean dos palabras para decir “siete veces”, sino una sola: shibah.

Como se explicó anteriormente, esta palabra significa “siete veces” y también “siete tiempos”. En el primer caso se refiere a la intensidad del castigo, en el segundo la duración del mismo.

Ahora, castigo más intenso

Por la manera como está empleada esta palabra, por la construcción de la frase y por lo que realmente ocurrió, es seguro que en el versículo 18 la palabra hebrea shibah se refiere a la duración del castigo: siete tiempos proféticos, o sea 2520 años.

Mas en el versículo 21 la frase tiene una estructura muy diferente; y como tampoco puede retenerse otros 2520 años lo que ya se ha otorgado, queda bien claro que shibah en este versículo 21 se refiere a una intensidad de castigo siete veces mayor.

Nótese cómo la estructura del versículo 21 es distinta de la del versículo 18. Aquí no dice “siete veces más por vuestros pecados”, sino “siete veces más plagas”. La expresión “siete veces” en el versículo 21 califica las plagas que sobreven­drán.

Por consiguiente, si las actuales tribus de Efraín y Manasés (Gran Bretaña y Estados Unidos) se niegan a volver a Dios en obediencia y rehúsan seguir el camino de vida que produce, conserva y aumenta las bendiciones, entonces Dios las castigará de una manera mucho más intensa … incluso las privará totalmente de esta colosal bendición y las devolverá al cautiverio y la esclavitud, tal como lo dicen los siguientes versículos de esta profecía.

¿Cree el lector que potencias tan fuertes como Gran Bretaña y los Estados Unidos no pueden caer de esa manera? ¿Cree que eso no les puede suceder a ellas? ¿Cree que el Gran Dios que pudo darles esa posición de dominio mundial no puede también quitársela y lanzarlas a la esclavitud otra vez, como sucedió a sus antepasados?

Hay que abrir los ojos ante el hecho de que el Sol ya se puso en el Imperio Británico. Hay que darse cuenta de que los Estados Unidos, aunque todavía conservan su poderío, tienen miedo … miedo de usarlo, tal como Dios lo había predicho: “Quebrantaré la soberbia de vuestro orgullo”. ¿Quién puede negar que los Estados Unidos ya no ganan guerras, que con todo su tremendo poderío fueron incapaces de vencer al diminuto Vietnam del Norte? Los Estados Unidos se dirigen rápidamente hacia la caída más estruendosa que haya sufrido nación alguna. ¡La escritura está en la pared!

Todos debemos entender el resto de esta profecía de Levítico 26, así como Deuteronomio 28 y muchas más que se refieren a estos hechos y que hablan de acontecimientos que nos afectarán a todos de manera violenta.

Debemos estudiar las profecías de Jesucristo, de Jeremías, de Isaías y otros que describen cuán intenso ha de ser el castigo de Dios para los pueblos de habla inglesa … y también para los demás pueblos de la tierra. Son muchas las profecías que advierten con toda certeza que este será un dolor como nunca sufrió nación o pueblo alguno.

Conociendo ya la identidad de los pueblos británico y norteamericano en las profecías, es preciso que veamos lo que al respecto se habla en Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Joel, Oseas, Amos y otras profecías, así como lo que predijo el mismo Jesús.

Es preciso que entendamos por qué un Dios justo y lleno de amor va a castigar a su pueblo, al pueblo que El escogió para un propósito glorioso pero que éste se ha negado a cumplir.

El castigo en sí implica corrección. Hay que entender que las medidas correctivas se aplican para enderezar lo que está mal, lo que a nosotros nos hace daño. Se aplican para que dejemos esos caminos y sigamos los correctos, pues estos últimos son los que producirán las bendiciones deseadas. Dios castiga a todos los hijos que El ama (Hebreos 12:6).

Es preciso que entendamos también la naturaleza humana. La naturaleza humana quiere ser buena; quiere considerarse buena y que los demás también la consideren así. Pero al mismo tiempo, quiere obrar mal. Quiere los buenos resultados, pero pretende recibir el bien mientras siembra el mal, y no parece entender que lo que siembra, eso mismo segará. Es cuestión de causa y efecto.

El castigo de Dios es un reflejo de su amor. Nos hace cambiar para que no sigamos produciendo resultados malos sino buenos. Dios está a punto de detenernos para que no traigamos unos males colosales sobre nosotros mismos. Dios no se enoja porque le hagamos mal a El, sino porque nos hacemos mal a nosotros mismos, y El nos ama.

El castigo es corrección

Las profecías no se limitan a revelar la intensidad multiplicada de un castigo que ya comienza a infligirse en los Estados Unidos y la Gran Bretaña, sino que indican también el resultado de ese castigo intensificado. El resultado será un pueblo corregido, un pueblo que abrirá los ojos y comprenderá lo que ha traído sobre sí mismo. El castigo supremo enseñará al pueblo su lección. Quebrantará un espíritu rebelde, levantará a los seres de la bajeza en que se hallan sumidos y les enseñará el camino hacia una gloriosa paz, prosperidad, felicidad y bienestar.

Más allá de las calamidades nacionales atroces que ya están a punto de desatarse, se vislumbra una bendición inconmensurablemente más grande que la primogenitura material y nacional.

Hay que darse cuenta de que los bienes materiales no son la fuente de la felicidad. Hemos conocido a muchos hombres ricos, hombres cuyas cuentas bancarias estaban repletas pero cuyas vidas estaban vacías. La prosperidad material es algo deseable, ciertamente, pero no es lo que da la felicidad.

A fin de cuentas, la verdadera felicidad es algo espiritual.

La primogenitura fue sólo una de las dos grandes promesas hechas por Dios a Abraham. La promesa del cetro no se refería solamente a una dinastía de reyes humanos; y lo que es más, ni siquiera tenía que incluirla, pues los israelitas habrían podido ser obedientes a Dios y mantenerlo a El como rey. El cetro señalaba ante todo a Cristo y nuestra salvación espiritual por medio de El.

Los pueblos de la tierra aún tienen que aprender algunas lecciones básicas. La ley de Dios es una ley espiritual. Entran en juego acciones físicas, pero se basa en principios espirituales, y para cumplirla se necesita tener el Espíritu Santo de Dios morando en la mente.

El castigo significa corrección. La corrección es un cambio de dirección; significa arrepentimiento, el cual es dar media vuelta y tomar un rumbo diferente.

Ahora, antes de ver estas sensacionales profecías, entendamos por qué es necesario el castigo nacional y quién necesita tal corrección. Solamente la necesitan aquellos que están obrando mal, aquellos que están violando los caminos de Dios: su ley. Ellos son los que están trayendo sobre sí mismos los males que resultan de la transgresión.

Entiéndase lo siguiente: Aunque las naciones en general han de sufrir este castigo sin precedentes, aquellos individuos que acepten la corrección divina sin haber sido castigados, recibirán protección. ¡Nadie tiene que sufrir esta intensa tribulación!

Siete veces más plagas

Ahora veamos de nuevo lo que se plantea en Levítico 26. Después de retener la primogenitura nacional durante 2520 años y de otorgarla luego, después que Dios otorgó a los pueblos británico y norteamericano un gran poderío nacional y después de haber quebrantado su orgullo a causa de la rebeldía contra su ley, después que los haya castigado con sequías y epidemias sin precedentes, si dichos pueblos persisten en sus caminos malos y continúan renuentes a arrepentirse y volver a Dios, entonces El advierte: “Yo añadiré sobre vosotros siete veces más plagas según vuestros pecados” (versículo 21).

Los hombres no parecen comprender que es el pecado lo

que les acarrea las consecuencias de sus malas acciones, las plagas del sufrimiento. La Biblia define el pecado como la infracción de la ley de Dios (I Juan 3:4), y la ley de Dios es espiritual (Romanos 7:14).

¡Entendamos! Hemos dicho que el dinero no es la fuente de la felicidad; más bien sólo sirve para comprar cosas y servicios materiales. La felicidad requiere un componente espiritual y no sólo físico, pues las cosas materiales por sí solas no pueden producir un gozo completo. La ley de Dios es espiritual; en otras palabras, es el camino de la paz, la felicidad y el bienestar. Es el camino que Dios ha provisto para que nos produzca la verdadera felicidad.

Inversamente, debemos ver que la transgresión es el camino que produce infelicidad, dolor, sufrimiento, vacío, penas, temores, angustias y frustraciones. Todos estos males son causados por la infracción de la ley de Dios. El pecador se azota a sí mismo con estas plagas que trae sobre sí.

Ahora estudiemos de nuevo el versículo 21 de Levítico 26. El castigo es corrección. Para enseñarle al pueblo la lección que éste no ha querido aprender por experiencia, Dios le va a enviar siete veces más plagas … más de las que la gente ya ha traído sobre sí por su rebelión. Ese castigo siete veces más intenso también será una corrección siete veces mayor.

De nuevo la esclavitud

Los versículos 23 al 25 dicen: “Y si con estas cosas no os corregís, sino que seguís rebelándoos contra mí, yo también procederé en contra de vosotros, y os heriré aún siete veces por vuestros pecados. Traeré sobre vosotros espada vengado­ra … y seréis entregados en manos del enemigo”. ¡Otra vez la esclavitud!

Entendamos el significado de esto. Los pecados han traído un castigo, y si el pueblo sigue negándose a aprender la lección y a corregirse por su propio bien, Dios dice que lo castigará siete veces más. El hombre ha traído sobre sí las consecuencias del pecado; ahora Dios le enviará un castigo siete veces mayor, y este castigo es corrección.

Ahora leamos desde el versículo 27: “Si aun con esto no me oís, sino que procedéis enfrentándoos conmigo, yo procederé en contra de vosotros con ira [las últimas siete plagas de Apocalipsis 15:1], y os castigaré aún siete veces por vuestros pecados … Haré desiertas vuestras ciudades … y a vosotros os esparciré entre las naciones …” (Levítico 26:27-28, 31, 33).

Dios va a multiplicar el castigo, la corrección, de sus pueblos hasta que éstos abandonen sus malos caminos y adopten los senderos que llevan a la paz, la felicidad, la prosperidad y todo lo bueno.

Parece inconcebible que el Creador tenga que obligar a la gente a que sea feliz, a que goce de la paz, a que disfrute su prosperidad y a que acepte la vida eterna de alegría y bienestar. Parece increíble que la naturaleza humana, deseando estas bendiciones, se haya empeñado tercamente en ir por un camino que se las niega y, en su lugar, conduce al castigo y la corrección … y que luego se niegue a aceptar tal corrección hasta que su intensidad se multiplique siete veces. Sí, siete veces, y en tres ocasiones.

¡Cuán grande es nuestro Dios! ¡Cuánto amor manifiesta por su pueblo al tolerarlo y corregirlo pacientemente hasta que éste se digne aceptar sus infinitas bendiciones!

Capítulo XIV

LO QUE ESTÁ PROFETIZADO PARA GRAN BRETAÑA, ESTADOS UNIDOS Y EL MUNDO ENTERO

Así como Dios prodigó en las naciones de habla inglesa /A unas bendiciones materiales sin par en la historia, también va a traer sobre ellas — con el fin de que se corrijan y puedan gozar luego de las bendiciones — una calamidad nacional que el mundo jamás ha visto antes. ¡Está escrito en muchas profecías!

La formidable profecía de Miqueas

En el libro de Miqueas encontramos una importante prueba adicional de la identidad de Israel. En el capítulo 5:7-15 se habla muy específicamente, y con gran detalle, del Israel actual.. . dondequiera que esté. Se describe su opulencia y su predominio entre las naciones, y en seguida ¡la CAIDA de los Estados Unidos y la Gran Bretaña!

El resto de Jacob será en medio de muchas naciones como el rocío del Señor o lluvia sobre el césped, que no tiene que esperar a los hombres ni aguardar a nadie” (versículo 7, Nueva Biblia Española). Recordemos que el rocío y las lluvias son absolutamente esenciales para la productividad agrícola y que son símbolo de la bendición y la prosperidad provenientes de Dios.

Asimismo el remanente de Jacob será entre las naciones, en medio de muchos pueblos, como el león entre las bestias de la selva, como el cachorro del león entre las

manadas de las ovejas, el cual si pasa, huella y arrebata, y no hay quien libre” (versículo 8).

En lenguaje simbólico se describe a la última generación de Israel como una gran potencia, como un león entre las demás naciones.

Tu mano se alzará sobre tus enemigos, y todos tus adversarios serán destruidos” (versículo 9). Efectivamente, fueron destruidos a partir de 1803 cuando Dios derramó su bendición sobre Inglaterra y los Estados Unidos, y durante las dos guerras mundiales hasta el momento decisivo de la guerra de Corea en 1950. Desde entonces, ¡sus bendiciones les están siendo quitadas!

Esta profecía muestra que mientras estaban recibiendo las bendiciones de Dios, estaban dando también a otras naciones, como se evidenció en el Plan Marshall, el programa Punto Cuatro, la Alianza para el Progreso, las toneladas de trigo enviadas a la India y otros países donde se padecía hambre, etc. El Programa Hoover acumuló cantidades enormes de alimentos después de la primera guerra mundial y ayudó a otras naciones donde había escasez de alimentos.

En tiempos antiguos, José guardó trigo y alimentos y los compartió con otros. José en la actualidad ha hecho otro tanto. Sin embargo, sigue siendo rebelde contra Dios y su ley, a diferencia de su antecesor quien sirvió a Dios y lo obedeció de todo corazón.

Ha sido como un “león” entre las demás naciones de la tierra, ayudando a conservar la paz y la estabilidad del mundo durante las dos guerras.

Destrucción repentina

Pero la profecía también dice: “Acontecerá en aquel día, dice el Eterno, que haré matar tus caballos [caballos de guerra, o sea tanques, buques, cohetes] de en medio de ti, y haré destruir tus carros. Haré también destruir las ciudades [¿la bomba de hidrógeno?] de tu tierra, y arruinaré todas tus fortalezas” (Miqueas 5:10-11).

Dios dice que lo hará, y es El quien determina el desenlace de las guerras (Salmos 33:10-19).

¿Podría ser más claro? Dios está identificando aquí a las grandes potencias de la tierra.. . pero precisamente cuando su poder llega al máximo, Él “quebranta” su orgullo (ver Levítico 26:19), destruye sus medios bélicos y arrasa sus ciudades. ¿Por qué?

Por sus hechicerías, sus agoreros y sus imágenes: sus religiones idólatras que no enseñan los mandamientos y los caminos de Dios. Por lo tanto, Él va a castigar y destruir a aquellas naciones, a menos que se arrepientan … y luego, AL final de esta era y a la segunda venida de Jesucristo como Rey de reyes, ¡destruirá a todas las naciones que “no prestaron oídos”! (Miqueas 5:15).

No hay ningún otro pueblo que encaje ni remotamente dentro de estas profecías; pero ¡los Estados Unidos y la Mancomunidad Británica encajan perfectamente!

A medida que se sigue quebrantando “la soberbia de su orgullo”, a medida que Inglaterra sigue perdiendo sus puertas marítimas y los Estados Unidos van sufriendo el menoscabo de su prestigio e influencia a nivel internacional, y mientras se deshacen sus reservas de oro y siguen en auge las per­turbaciones meteorológicas, esta profecía clave señala como prueba los países que hoy constituyen el “remanente” de Israel.

¡Castigo para todas las naciones!

Las advertencias proféticas de Dios nos dicen claramente que el castigo, en su mayor intensidad, caerá sobre los Estados Unidos y los pueblos de la Mancomunidad Británica … ¡en primera instancia!

Pero no son éstas las únicas naciones que sufrirán catástrofes con fines correctivos. ¡Dios es Creador de todas las naciones! Él ama también a los gentiles, pues éstos están hechos igualmente a imagen y semejanza de Él y llevan el mismo potencial de convertirse en seres con su carácter espiritual. Dios envió al apóstol Pablo a los pueblos gentiles.

Toda la humanidad se ha rebelado contra Dios, rechazando y despreciando sus caminos. No habrá paz hasta que todas las naciones se entreguen a Él, sigan sus caminos y se sometan a su gobierno supremo.

La humanidad entera está siendo arrastrada hoy hacia una crisis que amenaza con destruirla. La civilización actual, construida por el hombre pero inspirada por Satanás, está a punto de ser destruida totalmente.

Por medio de Jeremías, Dios dice: “Llega el estruendo hasta el fin de la tierra, porque el Eterno tiene pleito contra las naciones; él es el Juez de toda carne; entrega los impíos a espada, dice el Eterno … He aquí que el mal irá de nación en nación, y gran tempestad se levantará desde los confines de la tierra” (Jeremías 25:31-32).

Dios está instando no sólo a Israel sino a todos los pueblos, a que vuelvan a El. ¿Cómo lo está haciendo? En este momento tanto el presente libro como la revista La Pura Verdad llevan sus palabras a todo el mundo; pero el mundo, salvo muy pocos individuos, hace caso omiso de las advertencias pronunciadas en tiempo de paz. Por eso, Dios se valdrá de una Europa unida para castigar a Inglaterra y los Estados Unidos; luego usará las huestes comunistas para destruir ese Imperio Romano revivido.

Estamos entrando en una época de convulsión mundial. Hay guerra, lucha y violencia en Asia, Africa, Centro y Suramérica, Europa y Norteamérica. La explosión demo­gráfica es una amenaza global a la existencia humana. El crimen, la violencia, la enfermedad, la desigualdad, la pobreza, la miseria, la escualidez, la degeneración, el sufrimiento, ¡son azotes que afligen a todos los países!

Pero así como la salvación es dada primero a Israel, también lo es el castigo correctivo.

La gran tribulación

Leamos otra profecía de Jeremías: “Porque así dice el Eterno: Hemos oído voz de temblor; de espanto, y no de paz. Inquirid ahora, y mirad si el varón da a luz; porque he visto que todo hombre tenía las manos sobre sus lomos, como mujer que está de parto, y se han vuelto pálidos todos los rostros. ¡Ah, cuán grande es aquel día!, tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob” (Jeremías 30:5-7).

Al dar la primogenitura a los dos hijos de José: Efraín y Manasés (Génesis 48:16), Jacob había dicho: “Sea perpetuado en ellos mi nombre”. Por lo tanto, son éstas las naciones sobre las cuales caerán tan penosas calamidades: Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Ahora bien, ¿cuándo han de ocurrir? No nos engañemos creyendo que estas cosas ya le sucedieron a la antigua Israel, pues los versículos 7 al 9 nos dicen cuándo se ha de cumplir la profecía: .. tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será

salvado [una vez que haya aprendido la lección]. En aquel día, dice el Eterno de los ejércitos, yo quebraré su yugo de tu cuello [el yugo de esclavitud], y romperé tus coyundas, y extranjeros no lo volverán más a poner en servidumbre, sino que servirán al Eterno su Dios y a David su rey, a quien yo les levantaré”. Esto habla de la resurrección de David, ¡a la segunda venida de Cristo!

El momento del cumplimiento, pues, será inmediatamen­te antes de la venida de Cristo … y El liberará al Israel moderno tal como Moisés liberó al antiguo.

Jesús lo predijo

Otras profecías también hablan de ese mismo tiempo de calamidad nacional, el cual será peor que cualquier época del pasado. En el Nuevo Testamento, la profecía esencial es la pronunciada por Jesús en el monte de los Olivos (Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21).

Los apóstoles le habían preguntado a Jesús en privado cuándo sería su segunda venida y cuándo se acabaría este mundo y comenzaría el maravilloso mundo de mañana. Jesús les respondió que la señal que indicaría la inminencia de estas cosas sería la predicación de su verdadero evangelio en todo el mundo, como testimonio a todas las naciones (Mateo 24:14). Pero ¿qué más habría de ocurrir inmediatamente antes de su llegada?

Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás. Y si aquellos días no fuesen acortados, no se salvaría nadie [nadie quedaría con vida]; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados” (Mateo 24:21-22).

Lo anterior describe un tiempo de tribulación y angustia como nunca lo ha habido ni lo habrá. Jeremías lo describió como “tiempo de angustia para Jacob”, tan terrible “que no hay otro semejante a él”.

Daniel también describió esta época, la peor de toda la historia. Hablando de un momento que está cercano, dijo: “En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe [arcángel] que está de parte de los hijos de tu pueblo; y será tiempo de angustia, cual nunca lo hubo hasta entonces, desde que existen las naciones” (Daniel 12:1).

Este es el mismo castigo intenso que azotará a Gran Bretaña y los Estados Unidos. ¿Cuándo? Prosigamos: “… pero en aquel tiempo serán salvados [de la esclavitud] todos los que de tu pueblo se hallen escritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra [los muertos] serán despertados [la resurrección], unos para vida eterna ..(versículos 1-2).

El momento es inmediatamente antes de la resurrec­ción, a la venida de Cristo. Así como Moisés sacó a los antiguos israelitas de la esclavitud en Egipto, Cristo vendrá para liberar a Inglaterra y los Estados Unidos de la esclavitud en Babilonia (ver Deuteronomio 18:5; Hechos 7:37; Jeremías 23:5-8), la cual es ya inminente.

Jeremías habló de un yugo. Yugo ¿de quién? Isaías responde. El mensaje profético de Isaías 47 va dirigido a la hija de Babilonia (versículo 1). No se refiere a la Babilonia de épocas antiguas ni a la de Nabucodonosor que existió 600 años antes de Cristo sino a una hija de ella que ha de existir ahora, en nuestro siglo 20. En lenguaje simbólico una mujer o una hija representa una iglesia, un organismo religioso.

En esta profecía la mujer es una ramera voluptuosa y una “señora de reinos” (versículo 5), es decir una gran iglesia que reina sobre naciones. La misma Babilonia moderna aparece en el capítulo 17 del Apocalipsis, donde la vemos como una “gran ramera” que se sienta o gobierna sobre “muchas aguas”, siendo estas últimas “pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas” (versículo 15). Su nombre es “Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra” (Apocalipsis 17:5). En otras palabras, esta es la religión de Babilonia, la misma de tiempos antiguos pero engrandecida ahora y con dominio sobre muchas naciones de diversos idiomas. – k .

Los reinos que gobernó fueron los del Sacro Imperio Romano, entre los años 554 y 1814 d.c., imperio que fue revivido brevemente por Mussolini y que pronto resucitará por última vez como una unión político-militar de 10 países europeos (Apocalipsis 17:8-14). En tiempos de esta “gran ramera” sentada sobre la “bestia” político-militar, dichos reinos librarán batalla contra Cristo glorificado a su segunda venida (Apocalipsis 17:14).

Ahora regresemos a Isaías 47, donde Dios le dice a esta señora de reinos: “Me enojé contra mi pueblo [Israel: Inglaterra, EE.UU.], profané mi heredad, y los entregué en tu mano [de tortura y esclavitud]; no les tuviste compasión, sobre el anciano agravaste mucho tu yugo” (versículo 6).

¡Ese yugo de esclavitud despiadada será impuesto en los Estados Unidos y la Gran Bretaña por las naciones unidas de Europa! Ya existe el Mercado Común Europeo, cuyos líderes hablan constantemente de la unión política .. . que implica también la militar. Hasta ahora no han podido lograr una unión política completa, pero será posible mediante los “buenos oficios” del Vaticano, que es el único símbolo de unidad factible. Ya dos papas han ofrecido contribuir a tal fin.

Según las actuales indicaciones, la sede de esta nueva potencia mundial será en Europa Central, si bien la profecía no lo dice literalmente. Dicha potencia iniciará la tercera guerra mundial, y en esta ocasión ¡la ganará!

Los antiguos asirios emigraron rumbo al noroeste desde su tierra al sur del mar Caspio y se asentaron en el centro europeo, de la misma manera como la casa de Israel emigró de la tierra de su cautividad hasta el noroeste de Europa. Por lo tanto, las profecías para nuestros tiempos que hablan de Asiría, se están refiriendo a Europa Central.

Así pues, la historia se repetirá. Fueron los antiguos asirios quienes invadieron la casa de Israel y se la llevaron de Samaría a su propia tierra.

¿Qué es la gran tribulación?

Ahora va quedando claro … ¡dolorosamente claro! La gran tribulación es el castigo correctivo multiplicado siete veces en su intensidad, el cual Dios enviará pronto a las naciones, comenzando por los Estados Unidos y Gran Bretaña. Veamos cómo la describe el profeta Ezequiel:

Una tercera parte de ti morirá de pestilencia y será consumida de hambre en medio de ti; otra tercera parte caerá a espada alrededor de ti; y la otra tercera parte la esparciré a todos los vientos [la esclavitud], y tras ellos desenvainaré espada. Así se desfogará mi furor [las últimas plagas] y saciaré en ellos mi enojo, y tomaré satisfacción; y sabrán que yo el Eterno he hablado en mi celo, cuando haya desfogado en ellos mi enojo” (Ezequiel 5:12-13).

Luego añade: “Dondequiera que habitéis, serán desiertas las ciudades” (Ezequiel 6:6). Esto no habría sido posible antes de la invención de las armas nucleares: ¡todas las ciudades serán asoladas y desiertas!

Primero: sequía y hambre

Veamos lo que agrega el profeta Joel. Su profecía era para un futuro muy lejano (versículos 1-3 del primer capítulo). El profeta describió una plaga de langostas de distintos tipos que devorarán los frutos y las cosechas y que arrancarán la corteza de los árboles: “Asoló mi viña, y descortezó mi higuera; del todo la desnudó y derribó; sus ramas quedaron blancas” (Joel 1:7).

Luego seguirá una sequía desvastadora: “El campo está asolado, se enlutó la tierra; porque el trigo fue destruido, se agotó el mosto, se perdió el aceite … porque se perdió la cosecha del campo .. . todos los árboles del campo se secaron, por lo cual se extinguió el gozo de los hijos de los hombres” (versículos 10-12). Esto ocurrirá inmediatamente antes de las horrendas plagas del “día del Señor” (versículos 14-15).

La profecía continúa: “El grano se pudrió debajo de los terrones, los graneros fueron asolados, los alfolíes destruidos; porque se agotó el trigo. ¡Cómo mugen las bestias!, ¡cuán consternados vagan los hatos de los bueyes, porque no tienen pastos! También perecieron los rebaños de las ovejas. A ti, oh Eterno, clamo; porque el fuego consumió los pastos del desierto, y llama abrasó todos los árboles del campo. Hasta las bestias del campo jadean tras de ti, porque se secaron los arroyos de las aguas, y el fuego consumió las praderas del desierto” (Joel 1:17-20).

Luego: ¡la invasión y la derrota militar!

Siguiendo en orden, el capítulo 2 de Joel toca la alarma de guerra: “Tocad trompeta en Sión [alarma de guerra], y dad alarma en mi santo monte; tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día del Eterno, porque está cercano” (versículo 1).

Por eso pues, ahora, dice el Eterno, convertios a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertios al Eterno vuestro Dios; porque es clemente, compasivo, tardo para la ira y grande en misericordia, y presto a revocar el castigo” (versículos 12-13).

Por fin: el arrepentimiento

Cuando Dios haya añadido estos castigos multiplicados a los pueblos de la primogenitura, cuando se les haya quitado su riqueza, su tierra, su primogenitura y todo lo que poseyeron y amaron, ¡entonces por fin se humillarán y clamarán a Dios pidiendo perdón y liberación!

En este momento, el mensaje de advertencia se está proclamando con fuerza al mundo entero por medio de las páginas de La Pura Verdad, la cual llama la atención, como testigo, a las horrendas perturbaciones que se vislumbran ya.

Sabemos, desgraciadamente, que la gran mayoría no hará caso. Agradecemos que Dios abra los corazones de unos cuantos millares cada año para hacerlos escuchar el mensaje y tomarlo en serio, para que se arrepientan y vengan a Dios por medio del Salvador Jesucristo. Sí, son unos cuantos millares cada año, millares que son inestimablemente preciosos. Pero no la humanidad en general… al menos no todavía.

Sabemos muy bien que la verdadera cosecha de nuestra labor en la obra de Dios, la cual prepara el camino para la venida de Cristo, ¡no se ha de ver todavía! Pero cuando los pueblos de habla inglesa pierdan todo lo que tienen, cuando estén esclavizados en tierras extrañas, cuando hayan recibido un trato cruel, despiadado, incluso el martirio en manos de sus verdugos, y cuando el MUNDO ENTERO sufra los horrores de la gran tribulación, entonces será el momento de cosechar los resultados de la obra de Dios. ¡Entonces millones recordarán haber oído el verdadero mensaje de Dios!

Entonces dirán: “Aquél era el mensaje verdadero, enviado por Dios”. Muchos lo tomarán a la ligera ahora, tal como los antiguos israelitas cuando Dios les enviaba su mensaje por medio de los profetas. Pero cuando estas cosas se hagan realidad, cuando la gente vea que nadie más les advirtió, ¡entonces podrán distinguir entre los profetas falsos y los verdaderos! Entonces sabrán cuál es la verdad de Dios.

Lamentablemente, la mayoría no se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde para que sean preservados de la tribulación. Pero ¡no será demasiado tarde para recibir la salvación y el don de la vida eterna!

La conversión de millones

Las profecías hablan de esto mismo. El capítulo 30 de Jeremías, que ya citamos, termina con estas palabras: “En el fin de los días os percataréis de esto”. ¡Es una profecía para nuestros días!

Siguiendo en el capítulo 31, leemos: “En aquel tiempo, dice el Eterno, yo seré por Dios a todas las familias de Israel, y ellas me serán a mí por pueblo. Así dice el Eterno: El pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto; sí, Israel cuando voy a hacerle descansar”. En otras palabras, los que queden con vida encontrarán por fin la gracia.

Continúa: “De nuevo te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel; todavía seréis adornada con tus panderos, y saldrás a danzar con gente festiva… Vendrán con llanto, y los guiaré con plegarias, y los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho [la ley de Dios] en el cual no tropezarán; porque soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito. Oíd la palabra del Eterno, oh naciones, y hacedlo saber en las islas que están lejos, y decid: El que esparció a Israel lo reúne y lo guarda, como un pastor a su rebaño” (Jeremías 31:4, 9-10).

Más tarde, Jeremías escribió: “En aquellos días y en aquel tiempo, dice el Eterno, vendrán los hijos de Israel, ellos y los hijos de Judá juntamente; e irán andando y llorando, y buscarán al Eterno su Dios. Preguntarán acerca de Sión, vueltos sus rostros hacia acá, diciendo: Venid, y juntémonos al Eterno con pacto eterno [el nuevo pacto] que jamás se ponga en olvido. Ovejas perdidas era mi pueblo; sus pastores [ministros que se dicen cristianos] las hicieron errar . ..” (Jeremías 50:4-6).

Y en el mismo capítulo agrega: “En aquellos días y en aquel tiempo, dice el Eterno, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo haya dejado como remanente” (versículo 20).

Oseas lo resume

En el libro de Oseas encontramos un resumen de la historia de la rebelión de Israel contra el camino de Dios; cómo Dios la aparta de sí, se divorcia de ella y le retiene la primogenitura durante 2520 años; y luego la redención de Israel después de sufrir tres multiplicaciones de su castigo, cada una siete veces más intensa que la anterior.

Al mismo tiempo, Oseas muestra una descripción muy concisa, directa y específica de la actitud que tienen ahora los pueblos de Inglaterra y los Estados Unidos.

Para representar esta historia de infidelidad, rechazo, retención de la bendición, la corrección extrema y el despertar de Israel, Dios le ordenó al profeta que se casara con una ramera, pues eso era Israel para Dios. Esta le dio un hijo, que había de llamarse Jizreel, o Dios dispersará, porque Él dijo: “.. . haré cesar el reino de la casa de Israel… quebraré yo el arco de Israel en el valle de Jizreel” (Oseas 1:4-5). El reino y su gobierno cesaron, efectivamente, con el cautiverio en Asiría.

La esposa-ramera de Oseas concibió otra vez y dio a luz una hija. Dios ordenó que se le pusiera por nombre Lo-ruhamá, esto es, No compadecida, “porque no me compadeceré más de la casa de Israel, sino que los quitaré del todo” (versículo 6).

Más tarde, tuvo otro hijo. “Y dijo Dios: Ponle por nombre Lo-ammí [que significa No pueblo mío], porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (versículo 9).

Aún hallarán la verdadera riqueza

Con todo”, prosigue el Eterno, “será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar. Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho: Sois hijos del Dios viviente.

Y se congregarán los hijos de Judá [los judíos] y de Israel [las 10 tribus perdidas], y nombrarán un solo jefe, y subirán de la tierra; porque el día de Jizreel será grande” (Oseas 1:10-11).

Allí, en pocas palabras, está representada la historia del trato de Dios con Israel. Hoy, el actual pueblo de Israel dice que no lo es, ¡que no es el pueblo de Dios! Cree que solamente los judíos lo son. Pero muy pronto sabrán su identidad. Millares se enterarán por este mismo libro. Millones se enterarán cuando Cristo regrese.

Respecto a la posesión de las grandes riquezas de la primogenitura, Dios dice en Oseas 2: “Pues ella no reconoció que YO LE DABA el trigo, el vino y el aceite, y que le multipliqué la plata y el oro que ellos usaban para Baal. Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo a su tiempo, y mi vino a su sazón, y quitaré mi lana y mi lino que había dado para cubrir su desnudez [su pecado]” (versículos 8-9).

Cuando la corrección sea bien intensa, ¡los pueblos reconocerán sus infracciones, se arrepentirán y buscarán a su Dios!

Por fin, el pueblo de Dios

En aquel tiempo, dice el Eterno, me llamarás Ishí [mi marido], y nunca más me llamarás Baalí [mi señor]” (Oseas 2:16).

Este segundo capítulo termina diciendo: “… porque apiadarme he de aquella que fue llamada No más misericordia. Y al que dije que no era mi pueblo, le diré: Pueblo mío eres tú; y él dirá: Tú eres mi Dios” (versículo 23, versión Torres-Amat).

Luego viene el mensaje de Dios para sus pueblos hoy: “Oíd palabra del Eterno, hijos de Israel [Gran Bretaña y los Estados Unidos], porque el Eterno tiene pleito con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjuran, mienten, matan, hurtan, adulteran y oprimen, y se suceden homicidios tras homicidios. Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella . ..” (Oseas 4:1-3).

A los actuales ministros de las iglesias, Dios dice: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos. Conforme a su multitud, pecaron contra mí; también yo cambiaré su honra en afrenta” (versículos 6-7).

Hablando del castigo, cuya intensidad será multiplicada, Dios afirma: “En su angustia me buscarán” (Oseas 5:15).

A la Gran Bretaña de hoy

Hablando de Inglaterra en la actualidad, Dios dice: “Porque se ha encabritado Israel como novilla indómita, ¿los apa­centará ahora el Eterno . ..?” (Oseas 4:16). Dios “apacienta” a su pueblo con su Palabra, su evangelio del reino de Dios, su advertencia de lo que ha de venir. El gobierno británico prohibió, dentro de su territorio, los medios de transmisión radiofónica que pudieran ser aprovechados por los siervos de Dios para proclamar el mensaje de Dios al pueblo de esa nación.

Pero Dios estaba decidido a comunicarles su mensaje. Así, en la primera semana de 1953 el mensaje comenzó a llegar a Inglaterra desde el continente europeo, cuando nuestro programa El Mundo de Mañana empezó a transmitirse por las ondas poderosas de Radio Luxemburgo. Cuando esa emisora dejó de servir, Dios levantó estaciones transmisoras colocadas en buques fuera de la jurisdicción inglesa, y El Mundo de Mañana se escuchó con fuerza todos los días, proveniente de siete buques. Eso no fue ilegal, no violaba ninguna ley humana, ¡pero se estaba proclamando fielmente la ley de Dios! Sin embargo, las autoridades británicas tildaron los buques de “piratas”. No eran buques piratas; no estaban merodeando; no invadían ni saqueaban ni robaban; ¡no le hicieron mal a nadie!

Pero en muchos casos los gobiernos del hombre gustan de controlar lo que el pueblo escucha o no escucha. Quieren controlar lo que piensan sus súbditos. ¡El gobierno inglés y la iglesia nacional de Inglaterra no veían inconveniente en legalizar esa perversión repugnante que es la homosexualidad! Dan el visto bueno a lo que Dios tiene por pecados nefandos, ¡pero no hay una puerta dentro del Reino Unido por donde se pueda transmitir el mensaje de Dios!

Sin embargo, Dios hizo que su mensaje llegara a Gran Bretaña.

Dios lo dijo, ¡Dios lo hizo!

Dios ha dicho: “Porque no hará nada el Señor Eterno, sin que revele su designio a sus siervos los profetas” (Amos 3:7). Y en el versículo anterior, declara: “¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alarmará el pueblo?”

Dios dijo, en la Biblia, que haría llegar su advertencia a su pueblo Efraín-Gran Bretaña: “Efraín será asolado en el día del castigo; en las tribus de Israel hago saber cosa segura” (Oseas 5:9).

También dijo, hablando de Inglaterra y de los Estados Unidos: “Efraín se ha mezclado con los demás pueblos; Efraín es como una torta a la que no se le ha dado vuelta. Los extranjeros devoran su vigor sin que él se dé cuenta; se ha llenado de canas, y aún no se ha enterado. Y la soberbia de Israel testifica contra él en su cara; y aun así no se volvieron al Eterno su Dios, ni lo buscan con todo eso. Efraín es como una paloma incauta, sin entendimiento; llaman a Egipto, acuden a Asiría [Alemania]. Mientras vayan, tenderé sobre ellos mi red; les haré caer como aves del cielo; les castigaré conforme a lo decretado contra sus maldades” (Oseas 7:8-12)… ¡conforme han escuchado en las emisiones de El Mundo de Mañana y leído en las páginas de La Pura Verdad!

Sí, Dios dijo hace mucho tiempo que haría llegar la advertencia a Inglaterra, y lo hizo desde fuera de la jurisdicción inglesa. ¡Ese país ha sido advertido! Asimismo, el gobierno británico no tiene poder alguno para detener el castigo, de intensidad multiplicada, que un Dios amoroso le va a enviar. ¡El propósito de Dios se cumplirá!

Se darán cuenta

Algún día la gente se despertará y comprenderá que esta es la obra de Dios.

De las iglesias en Inglaterra y sus miembros, Dios dice: “Efraín está ligado a los ídolos; déjalo. Cuando se les pasa la embriaguez, se dan a la fornicación; cambian la gloria por la ignominia. El viento los envolverá en sus alas, y serán avergonzados de sus sacrificios” (Oseas 4:17-19).

Luego añade: “Voy a volverme de ellos a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán. Venid y volvamos al Eterno; porque él ha desgarrado, y él nos curará; él hirió, y él nos vendará. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos levantará, y viviremos delante de él” (Oseas 5:15-6:2). La gran tribulación probablemente durará unos 2’A años, el “día del Señor” alrededor de un año, ¡y luego será la resurrección y la segunda venida de Cristo!

El libro de Oseas, en su totalidad, ¡lleva un mensaje candente y una grave advertencia para el pueblo británico hoy!

Podemos escapar tal castigo

Dios advierte por medio de la profecía que los pecados del hombre están multiplicándose rápidamente. La espada extranjera ya ha atacado a los pueblos de habla inglesa. En nuestra miedosa era nuclear, la tercera guerra mundial comenzará con la devastación de las principales ciudades inglesas y norteamericanas: Londres, Birmingham, Manches- ter, Liverpool, Nueva York, Washington, Filadelfia, Detroit, Chicago, Pittsburgh, ¡sin previo aviso! ¡Ojalá esas naciones se despierten antes que sea demasiado tarde!

El pueblo de Israel y sus descendientes actuales no fueron escogidos para prodigarles favores mientras se rebelaran contra su Dios, sino para que cumplieran un servicio que no han querido atender.

Ellos deberían alegrarse enormemente al saber su verdadera identidad … luego deberían arrepentirse, con­vertirse a Dios y apoyar esta cruzada para advertir a sus conciudadanos. Deberían clamar a Dios y pedirle liberación.

El castigo que pronto descenderá sobre los pueblos británico y norteamericano — y de allí A TODOS LOS PUEBLOS DE LA TIERRA — es la misma gran tribulación de que habla la Biblia, ¡un tiempo de angustia cual no lo hubo jamás!

Pero usted, lector, ¡no tiene que sufrirlo!

Aquel castigo terriblemente severo es la corrección que el hombre ha hecho necesaria para obligarlo a andar por los caminos de vida que traen, en lugar de maldiciones espantosas, bendiciones. Es una corrección ¡para el bien del hombre!

El castigo no tardará. El presente libro ha dado la voz de advertencia. Los Estados Unidos, Gran Bretaña y las demás naciones ¿harán caso? Todavía podrían prevenir esta terrible catástrofe…

Pero si usted, lector, como individuo, está dispuesto a corregirse voluntariamente antes de que Dios suelte este golpe castigador; si usted se arrepiente verdaderamente, compren­diendo cuán errados y malos han sido sus caminos; si puede verse tal como usted es: como una persona rebelde, descarriada, que actúa mal; y si es capaz de entregarse al DIOS Todopoderoso, que al mismo tiempo es Dios de amor y de compasión; si usted puede seguirlo a El incondicionalmente por medio de Jesucristo viviente como su Salvador personal, entonces ¡las plagas no le tocarán! (Salmos 91:8-11). Será tenido por digno de escapar estas cosas horrendas y de estar en pie delante de Cristo cuando El regrese (Lucas 21:35-36).

Los que forman parte del verdadero cuerpo de Cristo serán llevados a un lugar de protección hasta que pase la tribulación (Apocalipsis 3:10-11, que se aplica a quienes participan directa y activamente en la obra de Dios; Apocalipsis 12:14; Isaías 26:20).

Usted, lector, tiene que tomar la decisión; y no tomar ninguna es ¡tomar la errada!

La mayor parte de las personas — ya lo sabemos — tomarán con ligereza esta grave advertencia, la harán a un lado y pensarán en otras cosas de interés más inmediato pero de ninguna importancia en comparación. Por eso, precisa­mente, el omnipotente Dios les quitará esos intereses insignificantes y les aplicará una corrección tan intensa que por fin volverán en sí y se convertirán a El y a su camino.

No es necesario que usted sufra esta corrección, la cual será peor que cualquier cosa que el hombre haya expe­rimentado jamás.

Bajo la dirección y la autoridad de Dios, hemos expuesto la verdad ante los lectores. Hacer caso omiso de ella será mucho más trágico de lo que se puedan imaginar. Tomarla en serio traerá bendiciones, felicidad y gloria indescriptibles.

¡La decisión es suya!

Publicado en: Enseñanzas, Español