Empuje: Cuarta ‘ley del éxito’ de HWA

Empuje: Cuarta ‘ley del éxito’ de HWA

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COGwriter

En su folleto, Las Siete Leyes del Éxito, el finado Herbert W. Armstrong escribió lo siguiente relacionado con la cuarta ley del éxito:

La muy importante Cuarta Ley

Una persona puede escoger su meta, y el tenerla presente seguramente le despierta una enorme ambición por alcanzarla. Esa persona puede empezar por educarse y entrenarse con el propósito de alcanzar su meta, e incluso puede disfrutar de buena salud; sin embargo, es posible que aun así no progrese hacia su objetivo.

Después de todo, el éxito es realización, es ACCIÓN. Se dice que cualquier pez perezoso puede flotar río abajo, pero que sólo el pez vivaracho nada río arriba. Una persona inactiva no triunfa en nada. El triunfo requiere que se HAGA algo.

Llegamos, pues, a otra ley, la cuarta ley del éxito, que es ¡EMPUJE!

Un esfuerzo a medias nos puede impulsar un poco hacia nuestro objetivo, mas nunca lo suficiente para alcanzarlo.

El jefe ejecutivo de una organización próspera y vigorosa siempre despliega empuje. Constantemente se impulsa, y no solamente a sí mismo, sino a aquellos que están bajo sus órdenes, pues de otra manera podrían rezagarse, relajarse y acabar por estancarse.

Tal ejecutivo puede sentirse amodorrado y tener que levantarse por la mañana,, pero rehúsa ceder ante las flaquezas de la carne.

Recuerdo las luchas que yo tuve con esta situación. Sucedió cuanto tenía 22 años, durante uno de mis viajes como “hombre de ideas” de la revista que representaba. Tenía una lucha constante con la modorra. Había adquirido el hábito de contestar las llamadas que me hacían en los hoteles para despertarme, tirándome nuevamente a la cama a dormir. Después compré un despertador que siempre llevaba conmigo, pero pronto me acostumbré a levantarme a apagarlo y después echarme otra vez a la cama sin darme cuenta de lo que hacía. No estaba lo suficientemente despierto como para ejercer la fuerza de voluntad y forzarme a permanecer de pie, darme una ducha y despertarme por completo.

Aquello se había convertido en un hábito que necesitaba romper. Tuve que aguijonearme. Me hacía falta un despertador que no pudiera ser apagado hasta que estuviera lo suficientemente despierto para darme cuenta de lo que hacía.

Por lo tanto, cierta noche llamé al botones del hotel. En esos tiempos se acostumbraba dar de propina un décimo, por lo que medio dólar surtía el efecto que haría hoy un billete de 10 dólares. Poniendo, pues, un medio dólar de plata en el tocador, le dije al botones:

–¿Ves ese dinero, muchacho?

–¡Sí, Señor!– me contestó con los ojos brillantes de expectación.

Después de asegurarme que él estaría de guardia a las 6:30 de la mañana siguiente, le dije:

–Si aporreas la puerta a las 6:30 hasta que yo te deje entrar, si te quedas en el cuarto e impides que regrese a la cama, y si no te vas hasta que me haya vestido, será tuyo el medio dólar.

Descubrí que esos botones, con tal de obtener la propina, estaban dispuestos a luchar y hasta a pelear conmigo para evitar que me volviera a acostar. Así, con ese aguijón que me hizo levantarme y movilizarme, ¡Acabé con el hábito de la somnolencia matutina!

Muchos trabajadores nunca se superan en su empleo porque les falta EMPUJE. Se detienen, trabajan lentamente, se aletargan y descansan cuanto les es posible. En otras palabras, si no tuvieran un patrón que los impulsara, probablemente morirían de hambre. Tales trabajadores nunca se convertirían en agricultores prósperos, porque un agricultor que busca el éxito tiene que levantarse temprano y trabajar hasta tarde, impulsándose siempre a sí mismo. Esta es la razón por la cual muchas personas tienen que trabajar para otros. Por cuanto no confían en sí mismos, otros, con más energía y visión, tienen que impulsarlos.

Sin energía, brío y constante EMPUJE, una persona no puede esperar ser verdaderamente exitosa.

A pesar de que varios en las COGs no están particularmente interesados en las metas de proclamar el evangelio o de cambiar y construir el tipo de carácter que Dios desea, la proclamación del evangelio necesita seguir de acuerdo a Mateo 24: 14; 28: 19-20, como la necesidad de arrepentimiento personal.

Note algo que el apóstol Pedro escribió:

Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 1: 2-11)

En esta era Laodicena, ¿Es usted verdaderamente diligente? ¿Está usted satisfecho con donde usted está y que usted no siente que usted necesite cambiar o cambiar mucho? Jesús advirtió contra ese tipo de complacencia:

Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo;(H) sé, pues, celoso, y arrepiéntete. (Revelación 3: 14-19).

El empuje ayuda a la gente a vivir más de su potencial y a llevar a cabo más, no sólo por ganancia personal o retribución, sino para que ellos puedan dar más amor. ¿Tiene usted verdaderamente el empuje de la era de Filadelfia?

Publicado en: Enseñanzas